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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAunque sea con sufrimiento, el deporte argentino siempre tiene un triunfo por festejar: el 12 de febrero, en Caracas, el seleccionado masculino de fútbol sub-23 venció 1-0 a Brasil y se clasificó para los Juegos Olímpicos de París 2024. El equipo dirigido por Javier Mascherano sobrevivió cuando estaba contra las cuerdas y contrarreloj: debía ganar el clásico para conseguir el pasaporte a Francia y el cabezazo goleador del delantero Luciano Gondou recién llegó a los 78 minutos del partido decisivo, cuando un empate clasificaba justamente a Brasil, que con la derrota, por el contrario, quedó eliminado. Pero para Argentina, además, fue mucho más que un gol de fútbol: fue un triple de básquet, un ace de tenis, un nocaut de boxeo, un ippon de judo, un tanto de vóley, un velero que cruza primero la meta.
Que el fútbol sea desde siempre el deporte omnipresente en Argentina no supone ninguna novedad pero es posible, también, que el Mundial ganado en Catar en 2022 haya potenciado ese liderazgo mediático sobre el resto de las actividades: todo lo que hagan o digan Lionel Messi y el resto de los campeones del mundo, más el día a día de River, Boca y el resto de los clubes, tendrá infinita mayor repercusión que, por ejemplo, una Liga Nacional de Básquet en decadencia o una Liga de Vóley con tribunas vacías, mientras que el tenis recorre un camino extraño, contracultural, con tribunas llenas en las series de Copa Davis y muy buenos jugadores pero sin estrellas, lejos de la idolatría popular de Juan Martín del Potro.
Los medios masivos, sumergidos más que nunca en la lógica del mercado bajo las leyes del clickbait —ya no quedan más esas secciones de diarios de papel que le dedicaban al menos dos páginas a noticias por fuera del fútbol—, hacen el resto: las declaraciones de Juan Román Riquelme o la transferencia del Diablito Claudio Echeverri de River al Manchester City tienen más rebote que la posible llegada de Franco Colapinto a la Fórmula 1 o que el Campeonato Mundial Juvenil de Ajedrez que ganó Candela Francisco, una joven bonaerense de 16 años.
En ese contexto, los Juegos Olímpicos suelen ser una ventana cuatrienal en la que la cultura deportiva de los argentinos excede, como un año bisiesto, a su disciplina más popular: son 17 días en los que, a través de la televisión, se dispara el interés por el taekwondo, se alienta por un remero y se festejan los triunfos de los regatistas que se entrenan en el río Paraná y el estuario del Río de la Plata, la gran base de medallas olímpicas de los últimos años. Sin embargo, especialmente por esta vez, la presencia asegurada del seleccionado de fútbol actuará como un magnífico disparador para potenciar ese interés por París 2024 y, sobre todo, para disimular una preparación dinamitada por un presupuesto pulverizado.
La motosierra de Javier Milei, que afecta a casi todas las dependencias del Estado, ya sea salud, educación, ciencia, transporte o cine —entre tantas otras—, no hizo excepciones con los discípulos de Lionel Messi, Diego Maradona, Emanuel Ginóbili, Guillermo Vilas, Gabriela Sabatini, Carlos Monzón o Juan Manuel Fangio. El gobierno no renovó el contrato de 48 trabajadores de la Secretaría de Deportes, en medio de acusaciones cruzadas: mientras desde el oficialismo sostienen que el Cenard (el centro deportivo del país) fue utilizado por los últimos gobiernos peronistas como un lugar para acomodar a amigos y militantes a su antojo, los delegados sindicales califican de “persecución política” a la mayoría de los recientes despidos.
En verdad, el único interés concreto que el presidente libertario ha demostrado hasta ahora por el deporte es, en alianza con Mauricio Macri, la incorporación de las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) a los campeonatos de fútbol. La medida privatizadora fue incluida en el megadecreto que lanzó a comienzos de su gestión pero chocó la semana pasada contra un fallo de la Justicia, aunque habrá nuevos intentos: un proyecto de ley reflotará el asunto en el Congreso en las próximas semanas y posiblemente termine en un triunfo oficialista. El resto del interés de Milei por el deporte es nulo o responde a la espada negra de la indiferencia y el ajuste también para los representantes en París 2024.
En concreto, el Enard —el organismo que se encarga del alto rendimiento deportivo en Argentina— tiene a disposición una partida para 2024 de 11.600 millones de pesos argentinos, que en 2023 equivalían a 20 millones de dólares y que este año, en medio de una inflación descontrolada, cotiza en la mitad, unos 10 millones de dólares. Es un monto anual que será destinado en su mayoría para la preparación de los atletas clasificados a París 2024 pero que también debe alcanzar para el resto del año, antes y después de los juegos. La conversión a dólares no es caprichosa: muchos egresos, por los viajes y las competencias en el exterior, son y serán en la moneda estadounidense. En ese total también se incluyen las becas para los deportistas clasificados a París 2024, que oscilan entre 170.000 y 390.000 pesos, es decir, de 200 a 450 dólares mensuales, mientras que quienes se preparan para los Panamericanos 2027 reciben entre 156.000 y 218.000 pesos, entre 180 y 220 dólares. Algunas de esas cifras sacuden porque están por debajo de la línea de la pobreza: en Buenos Aires se necesitan 194.000 pesos para no ser considerado pobre.
En realidad, el deporte argentino viene a la baja en los años recientes. Los últimos medalleros, tanto en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (celebrado en 2021) como los Panamericanos de Santiago 2023 —ambos en el gobierno peronista de Alberto Fernández—, ya encendieron una alarma naranja: en la capital japonesa se registró la menor cosecha en 29 años —ningún oro por primera vez desde Sídney 2000, una plata y dos bronces— y en Chile se redujo dramáticamente la cantidad de oros respecto a Lima 2019, de 33 a 17, una caída que hizo descender a Argentina del 5º al 7o lugar en el continente.
Fueron torneos en los que las selecciones colectivas —el hockey sobre césped, el rugby y el vóley, a falta de un básquet en crisis— maquillaron la falta de política deportiva del Estado de los últimos años. Aunque nunca hay que subestimar el amor propio y el talento de los deportistas argentinos —y el conocimiento de parte de su dirigencia—, para París 2024 no debería esperarse ningún milagro: las chances de medallas dependen en gran parte de las selecciones masculinas de rugby 7 y de fútbol —o del hockey sobre césped femenino—, equipos que son abastecidos por la enorme red de clubes del país y no por un Estado con otras prioridades —o, para la gestión actual, con un Estado cada vez más ausente—.
En realidad, si hubo algún momento en que Argentina apostó a cierta cultura deportiva fue hace mucho, en la década de los 50. Dijo Osvaldo Arsenio, director nacional de Deporte entre 2004 y 2014: “Políticas deportivas con continuidad en el país hubo una sola vez, con Juan Domingo Perón, y lo digo sin ser peronista: nunca me afilié ni milité. Quizás Perón utilizaba el deporte, pero quién no. Estados Unidos y China lo hacen. El comunismo y Hitler lo hicieron. Los que dicen que no lo utilizan son los que creen que el deporte es un acto hormonal de la juventud, cuando en verdad es un elemento en la cohesión social, la cultura y la salud. Perón profesionalizó hasta el waterpolo, pero además sostuvo el deporte social, creó infraestructura e inventó los torneos Evita. Y los medios ayudaban: la gente conocía a los esgrimistas. Ahora importa más lo que dice un futbolista que un resultado de vóley”.
Si el deporte suele ser un reflejo de sus gobiernos, el punto más bajo en la relación entre Argentina y los Juegos Olímpicos fue —lógicamente— en Moscú 1980, cuando las selecciones y los atletas que se habían clasificado a las competencias debieron cancelar su viaje porque la dictadura que sometía al país decidió adherir al boicot de Estados Unidos, en plena guerra fría contra la Unión Soviética. Pocos recuerdan que, ya en el regreso de la democracia, el gobierno de Raúl Alfonsín no proscribió a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 pero tampoco le concedió demasiada trascendencia, aunque por otros motivos: la Secretaría de Deportes a cargo de Rodolfo O’Reilly decidió que la enorme mayoría del presupuesto que le llegaba del Estado, que era poco, se destinara a la acción social del deporte por encima de la alta competencia.
Ya con un repunte desde Atenas 2004, cuando Argentina ganó medallas de oro después de ¡52! años de sequía —y repetiría en Pekín 2008—, en 2009 se creó el Enard, un ente mitad público y mitad privado (compartido entre la Secretaría de Deportes y el Comité Olímpico Argentino) que se subsidiaba de manera autárquica a través del 1% de las boletas de telefonía celular y que solventaba los gastos y las becas de los atletas olímpicos. Fue un oasis parecido a una política deportiva que, según los especialistas, resultó exitoso hasta 2014, cuando el deporte volvió a quedar relegado en sintonía con las turbulencias de la economía del país. Ya en 2017, la pérdida de la autarquía del Enard se convirtió en un traspié fuerte: en poco tiempo la financiación del deporte perdió cerca del 50% del monto original, un prólogo en el desguace del presupuesto que terminaría de acrecentarse con el actual gobierno de Milei.
En los últimos días fue natural, entonces, que se escucharan críticas de deportistas. “En diciembre de 2023 nos dijeron que, por falta de financiación, no podríamos competir en ningún torneo en el exterior durante el año”, lamentó Iván Nikilajuk, integrante de la selección argentina de tiro con arco. “Sacamos rifas para viajar al Sudamericano de Brasil pero la colecta no viene bien y no vamos a poder participar. Recién empezamos el 2024 y ya nos quedamos sin nada”, se resignó el triple campeón sudamericano.
Deportes con poca alcurnia o interés popular no parecen ser importantes pero Arsenio alerta sobre su trascendencia vital en los Juegos Olímpicos: “El 90% de las medallas que se reparten en los juegos son de los mal llamados ‘deportes amateurs’, y solo el otro 10% vienen del básquet, el rugby, el fútbol, el hockey, o sea, los deportes de conjunto, que nuestros clubes trabajan muy bien. Pero al resto de las actividades se le complica mucho: ¿en cuántos clubes hay esgrima, lucha o pesa? Cada vez menos. Los clubes son importantes pero sin el Estado son insuficientes”.
El presupuesto argentino para el deporte respecto al brasileño, en función de los Juegos Olímpicos, es proporcional al de dos economías totalmente diferentes, a pesar de ser vecinas: la confederación brasileña de deportes se prepara para París 2024 con un piso de 50 millones de dólares, cinco veces más que Argentina. Acaso por eso, también, el gol de Gondou en el Preolímpico de Caracas valió mucho más que un triunfo en un clásico. El fútbol, que sufre esa descompensación en la Copa Libertadores —ganada por clubes brasileños en las últimas cinco ediciones—, esta vez tapará los huecos de los deportes destratados hace mucho tiempo por todos los gobiernos y ahora también ignorados por el gobierno de Milei.
(*) Colaborador de El País de Madrid y autor de diversos libros, como El partido. Argentina vs. Inglaterra 1986.