Populares, censuradas, irresistibles

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Nº 2106 - 14 al 20 de Enero de 2021

escribe Silvana Tanzi

Nicolas Cage está sentado en una sala elegante con estufa a leña, barcito con cognac y biblioteca. De golpe se para, abre los brazos y grita “¡Fuuuuuck!” durante algunos segundos, y de esa forma se despide hasta el próximo capítulo. Ese grito marca el tono de comedia de La historia de las palabrotas, serie documental que Netflix estrenó a comienzos de enero.

Cage es el anfitrión de esta serie que explica, mediante animaciones, escenas de cine y testimonios de comediantes, actores e investigadores, el origen y los variados usos que en inglés tienen las palabrotas. Cada capítulo de 20 minutos está dedicado a una de ellas: fuck (subtitulada como “carajo”), shit (mierda), bitch (perra), dick (pene), pussy (vagina) y damn (maldición).

“De todas las palabrotas en inglés, ninguna es tan maleable como fuck. Es capaz de expresar la gama de emociones humanas. El dolor, la maravilla, el conocimiento carnal ilícito, todo en una sola palabra”, dice Cage. Por esas características, a la lexicógrafa Kory Stamper le encanta la palabra. Ella trabajó en el diccionario Merriam-Webster con las blasfemias y considera que fuck es de las más versátiles porque se puede usar como interjección, adjetivo y adverbio. Una curiosidad que explica en la serie es que se piensa que proviene de Fornication Under Consent of the King (fornicación bajo el consentimiento del rey), porque supuestamente la gente cuando se casaba en la Edad Media tenía que pedirle permiso al rey para tener sexo. “Es una gran historia para una gran palabra. Pero son tonterías, lamentablemente. Nos gusta que las palabras interesantes tengan orígenes interesantes”, explica. Stamper piensa que probablemente el origen esté en el verbo holandés fukken, que significa “golpear” o “clavar”.

Melissa Mohr, investigadora de la Universidad de Stanford, es otra de las entrevistadas. Es autora del libro Holy Sh*t: A Brief History of Swearing en el que estudia las obscenidades y blasfemias desde la antigua Roma, pasando por la Biblia, hasta nuestros días. En su rastreo de fuck, encontró un vínculo con los nombres o apodos que se usaban antes de 1500, muchas veces derivados de oficios. Entonces aparece, por ejemplo, un John Lefucker, cuyo oficio no se conoce, aunque se puede imaginar. A su teoría se suma la de Ben Bergen, científico cognitivo, autor de What the F, quien explica que recién a principio del siglo XIV la palabra tomó un significado relacionado con el sexo. La cuestión es que fuck es de las palabras más populares en inglés y también de las más prohibidas, por eso se la nombra sin nombrarla como la F Word.

El crítico de cine Elvis Mitchell explica en la serie las consecuencias que hasta los años 60 tuvo el Código Hays (1934) que censuraba escenas de sexo, violencia y obviamente las palabrotas. “Al llegar las películas europeas que hablaban de sexo, las compañías se dieron cuenta de que estaban perdiendo público. Entonces comenzó la clasificación según las audiencias”. Hasta ahora, esa clasificación está vigente: PG acepta un poco de violencia y algunas palabrotas, en PG13 se puede usar fuck una sola vez y en R las personas hablan como en la vida real.

La comediante Sarah Silverman recuerda que cuando trabajó en la película Escuela de rock (2003), permitían decir fuck solo una vez. “Sugerí no decirla nunca y después de los créditos que todo el elenco gritara ¡fuck!, pero no lo hicieron”, dice.

A pesar de las restricciones, es la palabrota más frecuente en el cine. Para demostrarlo, la serie intercala escenas de películas, entre ellas, Pulp Fiction. Uno de sus protagonistas, Samuel L. Jackson, es para los entrevistados quien ha dicho más veces fuck en la historia del cine. Sin embargo, no es él sino Jonah Hill (Oscar a Mejor actor de reparto por El lobo de Wall Street). Sí, hay gente que cuenta los fucks.

El último capítulo de la serie está destinado a damn, una palabra hoy casi anodina en Estados Unidos, pero que tuvo sus problemas en el cine. Cuando se estrenó Lo que el viento se llevó en 1939, estaba prohibida, por lo que la producción tuvo que negociar con la Hays Office para que pudiera usarse tal como estaba en el libro original. Entonces se hizo una enmienda y Rhett Butler pudo decirle a Scarlett O’Hara una de las frases más célebres del cine: “Frankly, my dear, I don’t give a damn” (“Francamente, querida, me importa un bledo”, fue su traducción al español).

“Hay algo muy humano en las palabrotas. Están justo en la hermosa y fea intersección entre los cerebros conscientes y los cuerpos animales”, dice Cage al finalizar. La serie mantiene un buen equilibrio entre el humor y el análisis, aunque podría volverse monótona si continúa en una segunda temporada.

De puta madre

A propósito de este tema, Búsqueda consultó a personas vinculadas a la escritura, los libros o el periodismo sobre las palabrotas, o expresiones similares, más usadas por los uruguayos. Hubo una ganadora indiscutible: la puta madre. También una constatación: a la gente le encanta hablar sobre las malas palabras. Y usarlas.

La primera consulta fue en un grupo cerrado de Facebook llamado Profesionales de la Edición del Uruguay (PEU). Allí hubo varios consensos y también anécdotas personales, desde la de una docente que usa palabrotas específicas cuando maneja, hasta otro integrante a quien se le cayó un objeto filoso en un dedo del pie, se hizo un tajo profundo y estuvo varios minutos diciendo: “laputamadre, laputamadre, laputamadre”, hasta que se calmó y decidió ir a curarse. En ese sentido, en la serie de Netflix hay un experimento que quiere demostrar, un poco en broma, un poco en serio, que putear ayuda a enfrentar el dolor.

“Soy muy bocasucia, así que acá voy”, dice Rosanna Peveroni, estudiante avanzada de Lingüística y correctora en la diaria. “No sé qué mala palabra uso más. Supongo que ‘puta madre’ en toda la dimensión de usos y sentidos; a veces es expresión de bronca, a veces de elogio. Es casi una muletilla. Me gusta putear, colecciono puteadas. Para mí, son un terreno de alta creatividad en el habla coloquial. Por lo demás, me molestan en los medios y en el habla formal, a no ser que tengan una justificación estilística. En verdad, molesta más la guarangada que la mala palabra”.

Peveroni también señala los cambios que sufrieron en la última década. “Hay un abismo entre las malas palabras que uso yo y las que usan mi hijo adolescente y sus amigos. Cuando yo era niña, se usaban eufemismos, como ‘la punta de un sauce verde’. Me acuerdo de mi abuela horrorizada porque decíamos ‘guacho’ y ‘guacha’; a ella le resultaba ofensivo porque no podía separarla de su significado literal. Y mi abuela estaba lejos de ser formal o remilgada”.

Marcela Vitureira es profesora y adscripta en un liceo extraedad y en ese entorno “hijo de puta” es la expresión más usada con todos sus matices, desde “qué haces, hijo de puta!”, como insulto, a “¡qué hijo de puta!” como expresión de admiración. “Sigue siendo un detonador de peleas a golpes de puño por el honor tanguero ofendido: ‘insultó a mi madre’. Este año tuvimos una pelea tan grande entre dos gurises por este tema que terminamos todos declarando en la comisaría”.

Algunos señalan “mierda” y “carajo” como palabrotas cotidianas, y “la concha” y “la pija” con todos sus aderezos (el equivalente a pussy y dick en inglés), como las más groseras de los últimos tiempos.

Paula Scorza es periodista de prensa, radio y televisión. Ella confiesa usar muchas palabrotas y que por eso tiene un problema con sus hijos porque los corrige cuando ellos las dicen y a su vez ellos la “marcan” cuando se las escuchan. “Creo que ‘hijo de puta’ o ‘hija de puta’ debe ser de las más usadas. Las uso en distintos contextos —para criticar, para mencionar algo impactante (“qué hija de puta cómo canta”, por ejemplo), y no me molesta escucharlas en general en programas. Claro, dependiendo de la palabra y el contexto en que se la use. Sin embargo, pienso que justo esta que elijo tiene un origen cuestionable que no comparto y por eso también cada vez me rechina más usarla”.

A Christian Font, crítico de cine y murguista, le gusta la musicalidad de las palabrotas. “Saludo la destreza lingüística de las buenas y buenos puteadores. Cuando me caliento soy muy del ‘puto’, como adjetivo, sin el menor ánimo de despreciar una orientación sexual. Entre los insultos prefiero los esdrújulos ‘imbécil’ y ‘estúpido’”. A Font no le molestan las malas palabras en productos orientados a un público adulto, sí le “hacen ruido” si el público incluye a menores de edad.

Por su parte Jaime Clara, de larga trayectoria como periodista radial, también ha visto los cambios en el uso de palabrotas. “Cuando empecé a hacer radio en Montevideo, no se decía ‘joder’ (en todas sus variantes), ahora eso es lo mínimo que se dice y se lo escucha como oír llover”.

De otra generación, Diego González, periodista de radio y televisión, considera que en Uruguay no hay mucha creatividad para los insultos porque generalmente apuntan a los defectos físicos, a los aspectos de género o las palabras vinculadas a lo político como “zurdo” o “derechista”. “En los medios que trabajo las uso, más en la radio, pero con el contexto adecuado. La mala palabra es un recurso y hay una línea muy fina entre usarla en un contexto que puede darle fuerza a una idea, y el abuso”.

En junio de 2020, el programa que él integra, La mesa de los galanes (Del Sol), estuvo en problemas. El personaje humorístico Edison Campiglia, que interpreta Rafael Cotelo, cantó un cuplé referido a los riverenses y el coronavirus. Entre otras cosas, los trataba de “retardados”. Hubo declaraciones de políticos, rechazo de autoridades del departamento y una denuncia penal para todo el equipo. “Disculpas a todas las personas de Rivera que se sintieron heridas por lo dicho en el programa. El humor no justifica ninguna responsabilidad, sabíamos que era ofensivo, y aún así lo hicimos”, escribió González en su cuenta de Twitter. Las disculpas aparecieron también en la radio.

“Las vamos a necesitar”

Fue humorista gráfico y escritor. Nació en Rosario en 1944 y allí murió en 2007 a los 62 años de una enfermedad neurológica tremenda que le impidió dibujar. Pero Roberto Fontanarrosa nunca perdió el humor y así lo demostró en 2004, cuando participó en una mesa del Congreso de la Lengua Española en su ciudad. Rompió la solemnidad, hizo llorar de risa a los congresistas y a los integrantes de la mesa, entre los que se encontraba Julio María Sanguinetti. Su tema: las malas palabras.

“La pregunta que me hago es por qué son malas las malas palabras. ¿Quién las define, qué mala actitud tienen las malas palabras, les pegan a las otras palabras? (...). Tal vez sean como esos viejos villanos de las películas que al principio eran buenos, pero la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros al marginarlas las hemos derivado en palabras malas”, dijo al comienzo de su intervención.

Después de hablar del origen de mandar a alguien “al carajo”, de la contextura física y expresiva de la palabra “mierda”, cuyo secreto está en la “r”, pidió una amnistía para las malas palabras: “integrémoslas al lenguaje que las vamos a necesitar”, finalizó.

En estos días se está anunciando el estreno de La historia de las palabrotas en su versión española, que conducirá el escritor Arturo Pérez Reverte. En su momento, el Negro Fontanarrosa hubiera sido el mejor anfitrión para una versión rioplatense. Él conocía el poder terapéutico de las buenas palabrotas.

Vida Cultural
2021-01-13T18:28:00