Talvi, un cisne negro que sobrevuela a colorados y a la renovación

La columna de Gabriel Pereyra

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Nº 2082 - 30 de Julio al 5 de Agosto de 2020

La sorpresiva renuncia de Ernesto Talvi a la actividad política parece augurar para el grupo que fundó, Ciudadanos, la misma suerte que tuvieron otros sectores cuando, por otras causas, su líder desapareció: la extinción. Sin embargo, no parece esta la principal consecuencia de su renuncia a la vida política. Al menos se advierten tres ámbitos donde su decisión se hará sentir: el gobierno de coalición, el Partido Colorado y la política como actividad humana.

La vida política está llena de cisnes negros y de sorpresas, como lo es la propia renuncia de Talvi, pero hay algunas cosas que rompen los ojos: ¿qué figura de renovación tiene en el horizonte el Partido Colorado? Talvi había logrado aunar a su nombre ya conocido por todos los uruguayos, una idea de futuro, una imagen de renovación y transparencia, y votos. ¿Quién es el otro que ocupará el lugar de liderazgo? Hay quienes ya hablan de ir en búsqueda de Pedro Bordaberry. Es una posibilidad, porque si bien Bordaberry tiene algunas limitantes, como su apellido, que contribuyen a ponerle un techo, ha demostrado que tiene el suficiente apoyo para mantener el partido a flote. Los colorados tendrán que poner manos a la obra, no sea cosa que aquella recordada premonición del general Líber Seregni de que Uruguay iba hacia un bipartidismo se cumpla, y que no sea precisamente el Partido Colorado el que integre esa dupla. Antecedentes no faltan: lograr un 15% del electorado se consideró una recuperación. Ahora, mencionen uno, no dos, sino un dirigente al que hayan dejado crecer con perfil propio y alcance nacional, como Bordaberry primero y Talvi después, que pueda sacarlos del pozo. Si fuera colorado, estaría ¡otra que preocupado!

Gobierno multicolor

Hubo una época, ley de lemas mediante, en la que los que ganaban las elecciones eran sectores de dentro de los partidos, cuyo candidato conseguía más votos dentro del partido ganador y se erigía en presidente.

Hoy, cambios electorales mediante, nadie puede ser presidente sin un acuerdo interpartidario. El primero que ganó con esa modalidad fue el Frente Amplio, porque su composición es esa, una pluralidad de listas que votan juntas. Un candidato, un programa, fue la consigna del Frente para enfrentarse a la ley de lemas. Cuando la izquierda llegó al gobierno, la ley de lemas ya no existía y Vázquez hizo del cumplimiento del programa un catecismo. Hoy, que la coalición multicolor se haya formado en torno a unas ideas y a un programa es lo que asegura continuidad y evitará bandazos en la gestión, aunque uno de sus principales integrantes se vaya para su casa. Pero, claro, el programa no da respuesta a todos los vaivenes de una gestión. El ala menos derechizada del gobierno queda muy frágil, y la otra, con Cabildo Abierto cada vez más fuerte, ya no tendrá en frente la voz del que era, nada menos, el líder de la segunda fuerza de la coalición y, con quien el sector de ribetes militares ya había chocado más de una vez. No hablo de salir a trancar visiones hemipléjicas del pasado ni críticas a los fiscales sin una prueba (algo que afecta la credibilidad del Estado de derecho). Una vez que se acaben los temas del programa y se empiecen a escuchar medidas populistas de derecha, ¿quiénes serán los aliados con voz de peso que respalden al presidente Lacalle Pou para asegurarle votos que impidan aventuras con ribetes de interés electoral? Si ciudadanos no logra articular una fórmula que le permita seguir adelante en soledad y se ve absorbido por un acuerdo con el sanguinettismo en aras de salvar al partido, ¿será la oposición frenteamplista la que tendrá que ocupar el lugar de contención para Manini y toda su “barra”, que aún no queda claro cuánta afinidad tiene el líder con estos descarriados de la dictadura buena y las amenazas con irse de la coalición? Si yo fuera cabildante, me lamentaría hacia afuera, y disfrutaría íntimamente la ida de Talvi.

La política

Según el Latinobarómetro, una encuesta que se hace en diversos países de la región, en Uruguay los partidos políticos y el Parlamento tienen menos prestigio popular que la Policía, las Fuerzas Armadas, la prensa, etcétera. Una señal de fragilidad en momentos de tormentas mundiales que requieren organizaciones políticas sólidas, porque si son débiles, su debilidad se transmite a instituciones y valores fundamentales de una sociedad libre, y entonces el Estado de derecho cruje.

Si las organizaciones políticas carecen de simpatía, tienen que cambiar. Para cambiar se necesita visión de renovación. En una actividad dura, generalmente peor paga que en el sector privado, siempre permeable a que los choques políticos terminen embarrando de acusaciones a personas honestas, etcétera, la renovación no es fácil.

Personas que dieron el paso que dio Talvi son una esperanza para que otros lo hagan. Por eso, una cosa es si Talvi tiene o no razón en sus quejas, si actuó con ingenuidad, si lo traicionaron o no, si lo perjudicó el ego, si, si, si. Yo mismo me encontré más de una vez, tras algún disgusto de Talvi contado en la intimidad, diciéndole: “Pero, Ernesto, ¡esto es política!”. De alguna manera su respuesta se traduciría: lo será para vos, para el resto, pero yo vine a cambiar. Creo que los golpes recibidos (por acción u omisión) fueron demasiados y desgastantes. No sumamos aquí la peripecia personal que puede estar transitando en este momento la vida íntima de Talvi y que solo a él compete, pero que siempre juega un papel central en las decisiones de los seres humanos. En cualquier caso, en el error o el acierto, la realidad es que las encuestas le dan al economista una simpatía similar a la del presidente y por encima de casi todos los demás dirigentes, superior al 60%. Para muchos quedará grabada su imagen, preocupado hasta las lágrimas para traer gente del exterior varada por la pandemia. ¿Que eso es poca cosa? Bueno, al menos no para quienes fueron consultados por el Latinobarómetro.

No importa si Talvi es único responsable de su suerte, su decisión la va a sufrir la política toda. Si un hombre brillante en su profesión, lleno de ganas y con un importante apoyo popular se fue quemado con líos que hemos naturalizado como comunes en la política, ¿cuántas veces pensarán otros antes de dar ese paso?.