Tienen “un problema de piel” y “están ofendidos” porque “les ocupé el lugar de presidente”, que “creen que les pertenece”

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Nº 2105 - 7 al 13 de Enero de 2021

La naturaleza transitoria de la fama y la riqueza, la predestinación, el libre albedrío, la fe y la razón. Esos son algunos de los temas a los que refiere el filósofo romano Boecio en La consolación de la filosofía. Lo publicó en el año 524 desde la cárcel, antes de ser decapitado, es considerado el libro más influyente en el Occidente cristiano medieval, y hoy es el material de lectura con el que se siente atrapado el expresidente José Mujica y lo muestra con orgullo, para definirse como “un viejo raro”.

En cierta forma lo es. Siempre lo fue y eso le ha generado muchas satisfacciones y también dolores de cabeza. Raro por sus formas, raro por haber pasado de guerrillero a presidente, raro por sus casi siempre polémicas declaraciones, raro por estilo, raro por la literatura que gira a su alrededor, en Uruguay y muy especialmente en la región, en Europa y en países tan alejados como Japón.

Pero desde otro punto de vista Mujica no es raro. Es bien uruguayo, típico, representante de toda una época y símbolo central de una de las dos mitades en las que el país parece dividido. Ya no está en la primera línea. Pasa sus días alejado, cosechando tomates o plantando boniatos, en su chacra, aunque sigue en comunicación con sus correligionarios y también con algunos adversarios. Y además, sigue hablando y generando polémica. Ha llegado al lugar en el que ya no puede ni quiere pasar desapercibido.

Para algunos es el ejemplo de todo lo que está bien. Ellos son los que hasta el día de hoy le recriminan que tendría que haber sido candidato presidencial en las últimas elecciones, en las que el Frente Amplio perdió con el actual presidente Luis Lacalle Pou. Para otros es el gran responsable de todo lo que está mal hoy en Uruguay y lo acusan de promover la decadencia cultural y la grieta. A ellos les responde que no le perdonan haber sido presidente, un lugar que tienen reservados para los “apellidos fundadores de este país”.

A todos ellos se refiere en una entrevista con Búsqueda, realizada en la mañana del martes 5.

—¿Cuál es su papel hoy en la política uruguaya?

—No estoy haciendo otra cosa que siendo un viejo consejero y dando alguna opinión a mis queridos compañeros. Lo más importante es que quede una barra de gente que me supere con ventaja; todo el mundo habla de renovación, pero nadie da oportunidades. Otro tiempo necesita otra gente.

—¿Usted tiene esa otra gente?

—Creo que he hecho todo lo que he podido y me siento representado por los compañeros.

—Retirado no está.

—¡No!

—¿Existe eso de retirarse en política?

—Sí, cuando no podamos más, o cuando quedemos medio lelos. Todavía me funciona la materia gris, entonces alguna opinión doy. Hace meses que no voy a una reunión de dirección, ni nada por el estilo.

—Usted había evaluado recorrer el interior del país este año, pero la pandemia cambió los planes. 

—A mí me echó del Senado la pandemia. Y no solo por edad, yo ni siquiera me puedo vacunar. Lo único que tengo es la prudencia. Me encanta la política, pero mucho más me gusta estar vivo. Tengo ese defecto: me gusta más la vida que otra cosa.

—La senadora blanca Graciela Bianchi le reclamó, con sarcasmo, que aproveche su supuesta fama internacional y salga a buscar la vacuna.

—Si yo la salgo a buscar el gobierno se ofende.

—¿No le dieron espacio para que moviera contactos?

—El presidente argentino habla, se ofrece a dar una cosa… Y a Bolivia le fue bien.

—¿Le pareció un error que el gobierno aceptara la oferta de colaboración del presidente argentino Alberto Fernández para acceder a la vacuna rusa?

—Con los vecinos se debe hablar, hasta por urbanismo, hasta por delicadeza.

—¿Cree que hay poco diálogo con Argentina?

—Gracias que vive Alberto Volonté todavía...

—¿Qué tiene que ver Volonté?

—Bueno, yo sé lo que te digo.

—El senador Danilo Astori dijo en una entrevista con En Perspectiva que el Frente Amplio, mientras estuvo en el gobierno, no le dio espacio a la oposición. ¿Está de acuerdo con ese análisis?

—Puede haber algo de eso. Y hoy hay mucho de eso también. En todo caso, es un grueso error del que me hago cargo, porque nada peor para el país que la polarización extrema. Todos los ejemplos en las sociedades contemporáneas de polarización sirven para que se creen situaciones muy difíciles dentro de la sociedad. Recuerdo un momento dramático del Uruguay y recuerdo al flaco Atchugarry de ministro de Economía. Él era abogado. Y recuerdo lo que me dijeron los paisanos que me encontré un día en la puerta del ministerio: “No nos arregló nada, pero qué bien que nos trató”. ¡Menos mal que estaba él!

—El senador del MPP Alejandro Sánchez dijo a El Observador que el gobierno de Lacalle Pou no busca el diálogo con la oposición. ¿Comparte esa crítica?

—El gobierno no habla con la oposición. No habla.

—Usted decía que se hacía cargo de lo que le correspondía. ¿Hay responsabilidad de los dos lados, o la responsabilidad del Frente Amplio es que antes, cuando era gobierno, no le dio entrada a la oposición?

—Es probable que hayan tenido esa sensación. Pero más bien lo establezco en el campo de un temperamento, de un carácter, de un hacerse cargo. Pero bueno, no es la historia del Uruguay. O cuando fue la historia, las cosas no anduvieron bien. La historia del Uruguay fue la otra. La historia del Uruguay es que se podía discrepar pero, de todas maneras, había diálogo y vínculo. Hay historias que son geniales. Cuando el gobierno americano le pide que manden un destacamento simbólico a Corea y Luis Batlle no podía decirle de frente que no, le dice: “Para que el gobierno pueda tomar un paso de esa naturaleza es importante que la oposición esté de acuerdo, vayan a hablar con el doctor Herrera”. Sabía que el doctor Herrera le iba a decir cualquier disparate al embajador, pero iba a ser el doctor Herrera y no él, que era el gobierno. ¡Y así fue! Y eso que estaban enfrentados y que se peleaban todos los días. Y podría encontrar otras anécdotas.

—¿Eso hoy no existe?

—No, no existe.

—¿El diálogo es cero? 

—Sí.

—Luis Alberto Lacalle Herrera dijo que prefería “hacer silencio” cuando fue consultado sobre usted en el programa El legado de Canal 10. Con Lacalle Pou no tiene ningún diálogo. ¿A qué lo atribuye?

—Con Lacalle veterano tuvimos líos duros, porque alguna vez fuimos jóvenes. Y alguna vez hubo un congreso de jóvenes del Partido Nacional y anduvimos mal, y tal vez hayan quedado ofensas de aquella época. Él estaba por la lista 8, de Árraga, y yo por la 41, de Erro.

—¿Cree que puede mediar una cuestión de clase?

—No sé, no sé. No tiene ninguna importancia. Las simpatías o no simpatías personales están en otro terreno, el problema es de carácter político. No soy yo, es el Frente, que en alguna medida representa a un pedazo del país, y me parece que quien esté en el gobierno algo tiene que hablarle.

—Usted decía que no hay diálogo, pero tampoco parece haber un interlocutor claro en la oposición. ¿Quién es el vocero del Frente Amplio? ¿La bancada de senadores, que el otro día sacó una declaración crítica con el gobierno? ¿El presidente Javier Miranda? ¿La Mesa Política?

—La bancada de senadores es una cosa importante, tiene bastante representatividad. Pero el Frente institucionalmente ha pedido diálogo y no tiene suerte. Es un estilo y hay que aceptarlo, esas son las reglas de juego. Pero creo que en el largo plazo es negativo.

—¿Por qué?

—Porque la democracia significa diálogo y significa intercambio, y negociar. Y nada es blanco y negro. Además, se cometen disparates. Por ejemplo, se dice que el Frente está contra la forestación. ¡Pero pará un poquito! Nosotros estamos con la forestación, pero no me reduzcan el concepto a plantar mil eucaliptos apretados por hectárea. Eso es una forma de producir materia prima para una industria que se llama celulosa. Pero la producción de robles, por ejemplo, ¿es forestación? ¿El silvopastoreo, con 100 o 200 árboles por hectárea, es forestación? El país va al cambio climático, de cajón. ¿Cuándo vamos a empezar con eso? Se cumplió una etapa, hay más que materia prima asegurada para las tres fábricas que va a tener Uruguay. Tenemos que hacer otro tipo de forestación. Sobre todo, reconciliar las vacas con el árbol. Hay que diversificar el país. Lo que queremos es discutir una cosa más global, no que estamos contra la forestación.

—El expresidente y secretario general colorado, Julio María Sanguinetti, dijo a Búsqueda la semana pasada que el proyecto de ley forestal votado por el Frente Amplio y Cabildo Abierto es “una herida muy fuerte a la credibilidad del país”. ¿Qué responde?

—No tiene nada que ver, es otra cosa. Y por qué lo propone Cabildo no tengo idea. También con el doctor Sanguinetti una vez tuvimos un acuerdo en un plebiscito nacional con el que paramos a un gobierno blanco. Estas cosas no son nuevas, no las inventamos nosotros, son más viejas que el agujero del mate. Parece que anda mal de la memoria.

—Se refiere al referéndum de 1992 para derogar una ley de empresas públicas aprobada por el gobierno de Lacalle Herrera.

—Sí, claro.

—¿Lo de Cabildo Abierto es circunstancial? Usted tenía buen diálogo con el senador Guido Manini Ríos. ¿Lo sigue teniendo?

—Como no voy al Parlamento, ya no hablo con él. Hablé bastante. Él tiene un pensamiento nacionalista. Ahora, ahí se juntó mucha gente, hay de todo.

—¿Ese pensamiento nacionalista está más cerca de ustedes que del herrerismo?

—Puede estar más cerca del herrerismo de Herrera, no de este herrerismo. Las épocas cambian. Estamos en un mundo tan cambiante, con terremotos institucionales. Resulta que Europa arregla con China un tratado de inversiones. Asia se transforma en una alianza en la que están Corea, Australia, Nueva Zelanda, etcétera, etcétera. ¡África! La abandonada y triste África saca una decisión de libre comercio entre ellos. Y nosotros los latinoamericanos andamos mirándonos de reojo. Parece que no se puede pensar 20 años para adelante. ¿Te das cuenta lo que podría haber sido negociando toda América Latina junta, el peso que tendríamos frente a los laboratorios? Pero cada cual va por su lado.

—Algunos dirigentes de su sector dicen que en ese sentido se extraña la Unasur…

—No sé si había que hacerlo con la Unasur o con otra cosa. Pero para esto de las vacunas teníamos que estar juntos. Es la mejor forma de presionar. Me doy cuenta de las dificultades del gobierno. Tenemos tres millones y medio de habitantes y competimos con potencias gigantescas de todo el mundo. Es lógico que no nos den pelota.¿Es culpa de nosotros? No. Es que nos tenemos que juntar con una barra para tener más peso.

—¿Está de acuerdo con Sanguinetti con que en Uruguay el Estado es socialdemócrata y eso no lo cambia nadie?

—En parte estoy de acuerdo. Es la impronta que dejó la política de José Batlle y Ordóñez a lo largo de años. Todos tenemos algo de batllistas, incluso los blancos. A su vez es el país que reparte mejor de América Latina y donde existe una especie de mentalidad social de clase media, que es la mayoría del país. Nuestra mentalidad es esa.

—La falta de diálogo con el gobierno a la que se refería, ¿no habilita al Frente Amplio a buscar también alianzas con el Partido Colorado, como lo hizo con Cabildo Abierto?

—Es que con Cabildo hubo una cuestión circunstancial. El Partido Colorado tiene más de una corriente y capaz que el día de mañana se plantea algo en lo que coincidimos. Pero esas cosas pasaron siempre en política. No es nuevo. Para poner solo un ejemplo: el golpe de Estado de Terra fue una alianza de parte del Partido Colorado y el herrerismo contra el batllismo. Siempre hubo divisiones profundas en los distintos partidos y alianzas circunstanciales.

—Lo que parece muy significativo es que el Frente Amplio haga su primera alianza con Manini Ríos, que muchos ubican en el otro extremo del espectro ideológico…

—No habría que extrañarse. El Partido Nacional y el Partido Colorado tuvieron enfrentamientos bélicos históricos. Anduvieron a los balazos y después se aliaron. Además, esto no es ningún casamiento. Es un acuerdo puntual y mañana pueden surgir otros.

—Esta el tema de la extranjerización de la tierra, con un proyecto presentado por el Frente Amplio que, en principio, contaría con el apoyo de Cabildo Abierto.

—Sí, pero ellos dijeron que quieren hacer algunas modificaciones. Igual capaz que hay acuerdo. El origen de ese proyecto es que entramos en una etapa de liquidez mundial, los bancos centrales están tirando plata y plata y plata. Ahora el déficit fiscal y todo eso no importa en el mundo rico. Están enfrentando la crisis con recursos monetarios que surgen de la confianza pública. Están imprimiendo papel, que después reparten. En algún momento, algo va a pasar. Por eso, si yo tuviera mucha plata, para evitar que se devalúe, compraría tierra. Y eso se viene. La tierra no se devalúa nunca y cada vez hay más demanda. Esta es la discusión que está por delante. Pero también hay que abrir las puertas a los inmigrantes que quieren venir a trabajar. Porque una cosa es el extranjero que compra para especular y otra muy distinta es la gente que quiere venir a laburar.

—El presidente Lacalle Pou también quiere atraer a extranjeros a Uruguay. ¿Coincide con el gobierno en esa estrategia?

—Uruguay precisa inmigración. Somos un país despoblado y con poco crecimiento, porque no tenemos muchos hijos. No va a cambiar esa conducta. Entonces tenemos que tener flexibilidad con la migración. El gobierno quiere que venga gente con plata que invierta. Yo no me opongo a eso pero no me jugaría la ropa solo con eso. Prefiero que la gente venga a hacer raíces. Pero no lo hemos discutido porque no podemos discutir nada con el gobierno. Ese es el problema.

—Recién se refirió a la actitud de los países más ricos, que están invirtiendo para tratar de revertir la crisis…

—Por supuesto. Hasta el Fondo Monetario les dijo hace poco: gasten, gasten y guarden los recibos.

—Aquí no es ese el camino elegido por el gobierno, aunque el senador blanco Juan Sartori reclamó seguir ese modelo y no estar tan preocupados por mantener el grado inversor. ¿Está de acuerdo con Sartori?

—Es así. El mundo rico decidió dar vuelta a la maquinita y repartir plata a cara de perro. Hasta Bolsonaro, que tantas cosas hay para criticarle, hizo un gasto cuantioso en lo social que repercutió en el mercado interno. Acá tendrían que mirar un poco más al mundo. Me acuerdo que Enrique Iglesias, ya antes de las elecciones, decía que habría que endeudarse y hacer un plan de obra pública gigantesco de inversión interna, que sea redituable. Y ahora más todavía. Lo decía Iglesias y no yo. Tendrían que prestarle más atención.

—Usted se queja por la falta de diálogo con el gobierno. Pero ellos también lo acusan de haber fomentado el odio y la grieta con sus discursos referidos a “ellos y nosotros”. ¿Se siente responsable?

—No, me siento víctima de eso. Porque son ellos los que se sintieron ofendidos porque un tipo de abajo, distinto, les ocupó el lugar de presidente, que creen que les pertenece a sus familias y a los apellidos fundadores de este país. Siempre me consideraron como un advenedizo. Ese es el problema de fondo, un problema de piel. Cuando yo renuncié al Senado el período pasado, le prohibieron a blancos y colorados que hablaran de mí, por más que hay una tradición en el Senado de que siempre se habla en esos casos. Esta vez, como me retiré con Sanguinetti, hablaron, pero lo mínimo necesario. De mi parte tienen las puertas abiertas para hablar siempre. Ahora están criticando al presidente porque le gusta el surf. No me interesa. Me parecen pavadas todas esas cosas.

—Usted también criticó a los profesionales universitarios.

—La separación la hacen ellos, que se creen que el único camino de la sabiduría es pasar por la Universidad. Es muy importante eso y ojalá hubiera universidades para todos. ¿Pero a qué universidad fue José Batlle y Ordóñez? Y, para mí, después de Artigas, fue el tipo más importante en la historia política de este país. ¿Y Luis Batlle? Esa es una forma clasista de clasificar a la gente. Estoy a favor de la academia pero no de separar a los que estudiaron y a los que no.

—¿No le parece que con esas opiniones está fomentando la división?

—No, yo los acepto como lo que son. Son parte de la realidad. Pero ellos que acepten a los otros también.

—¿No los aceptan?

—Claro que no. Yo fui presidente de la República. Los desafío a que busquen a un solo milico que yo haya estado persiguiendo de los que me torturaron o tuvieron preso. Y me crucé con cantidad por todos lados. No cultivo el odio y tengo un concepto de la libertad muy abierto.

—¿Se considera más liberal que los que se definen como liberales en Uruguay?

—Sin duda. Soy casi libertario. Voy mucho más allá. Lo que no ven los que se dicen liberales, como el presidente, es que si acentúo la desigualdad tengo menos libertad. La gran desigualdad le quita la libertad a algunos. Esto se discute desde la Revolución Francesa. Pero la libertad es una plantita que hay que cuidar. La sociedad consumista y la civilización de mercado significan una pérdida de libertad muy fuerte. Si dejo que mis necesidades materiales se multipliquen, voy a tener que trabajar cada vez más para cubrir esas necesidades. Y soy libre cuando no estoy sometido a la ley de la necesidad y puedo dedicar tiempo a lo que me motiva. Ese es mi concepto de vida y vivo de acuerdo a lo que pienso.

Contratapa
2021-01-06T23:27:00