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    domingo 09 de junio de 2024

    Uruguay y sus obstáculos

    Nº 2227 - 1 al 7 de Junio de 2023

    El Índice de Clima Económico de América Latina que desde hace varios años elabora la Fundación Getulio Vargas (FGV) de Brasil, cuya última edición trimestral fue adelantada la semana pasada por Búsqueda, aporta algunos elementos de análisis interesantes que deberían servir para mirar con cierta perspectiva, más aún cuando la sensación es que la agenda pública nacional y los debates actuales no logran despegar vuelo.

    El análisis, basado en datos cuantitativos y opiniones de especialistas de los distintos países, mostró para el segundo trimestre un deterioro del “clima económico” del promedio de América Latina respecto a la medición de enero-marzo. En cambio, Uruguay mejoró el valor de su índice, pero no porque se esté viendo una situación actual favorable sino gracias a la expectativa de un panorama mejor para su economía en los próximos seis meses. Eso es consistente con la opinión de algunos economistas del sector privado que vislumbraban un año que iría de “menos a más”, confiados en que la sequía debería empezar a revertirse, que UPM 2 ya puso en marcha su maquinaria y empezó a embarcar pasta de celulosa y que, aunque lentamente, la mejora del poder adquisitivo salarial genera más consumo.

    Pero el informe de la reconocida fundación brasileña aporta otros datos jugosos para el análisis ya no solo pensando en lo inmediato sino en un horizonte más de mediano y largo plazo.

    Señala que, en América Latina, la “desconfianza en la política económica” y la “corrupción” son los principales frenos al crecimiento económico. Uruguay, sin embargo, escapa a ese promedio, y los factores identificados como más desafiantes son la “falta de competitividad internacional”, el “aumento de la desigualdad de ingresos”, la escasa innovación y la poca disponibilidad de mano de obra calificada.

    Nada del todo nuevo bajo el sol. Sin embargo, los resultados de ese estudio tienen el valor de reforzar lo que surge de otros análisis en cuanto a que Uruguay es percibido como más confiable y menos corrupto —más allá de algunos preocupantes episodios recientes— que varios países de la región. También reafirman que hay varios asuntos pendientes, ya muy bien diagnosticados, en torno a los cuales el ritmo de avance deja mucho que desear.

    Si bien es un dato relevante para los agroexportadores en lo inmediato, la competitividad va mucho más allá de si el dólar vale $ 39 o $ 46, y tiene que ver con aspectos estructurales en los que el país debe progresar: desde tener mejor infraestructura vial y menores costos portuarios hasta ofrecer mayor flexibilidad en el ámbito laboral, donde el trabajo y la forma de realizarlo han cambiado radicalmente.

    Los otros obstáculos al crecimiento económico que más puntuaron están conectados directa o indirectamente con lo anterior. Un país con desigualdad social es más inestable también para hacer negocios. Por otro lado, si no se es competitivo, no hay incentivos para innovar en la producción. Y, además, si no se cuenta con gente capacitada para emplear, ¿cómo producir de manera eficiente y competitiva?

    Por todo esto, parece claro que, para el Uruguay de hoy y el de las próximas décadas, se impone encarar una agenda procompetitividad sobre la base de diálogos amplios y pragmáticos.

    Porque está muy bien preocuparse por la coyuntura y buscar la forma de lograr que el tipo de cambio se adapte mejor a las necesidades de los que hacen negocios con el exterior, pero si no se arreglan los problemas de fondo nunca habrá una solución duradera ni un verdadero desarrollo, que es lo que hace falta.