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    Milei sostiene que al Mercosur hay que “eliminarlo”: ¿por qué los gobiernos deben regular “nuestras transacciones comerciales?”

    Para analistas políticos, periodistas, economistas y sociólogos argentinos Javier Milei es un nuevo —y para algunos inquietante— espécimen de estudio. En un podcast de la semana pasada en Radio Perfil se decía sobre él que “por ahora no es más que un brote de la televisión bizarra con modestos avales en el micromundo de las consultorías del establishment” que llega a la política. Lo cierto es que, tras haber obtenido su lista, La Libertad Avanza, el 17% de los votos en la Ciudad de Buenos Aires —la tercera fuerza política del distrito en las elecciones legislativas del domingo 14—, este histriónico economista liberal de 51 años asumirá una banca en Diputados el próximo 10 de diciembre, según él, para combatir desde adentro un sistema corrompido.

    Pocos días antes y en el rol de orador sobre las ideas libertales que lo fogueó para los actos de masas, Milei estará el 1° y 2 de diciembre en el Movie de Montevideo Shopping, en un evento organizado por Café Jurado que iba a hacerse en Parva Domus. ¿Aprovechará la ocasión para entrevistarse con políticos uruguayos?, le preguntó Búsqueda, pero su respuesta fue difusa: “Si durante la visita se llegaran a dar situaciones en las cuales pudiera encontrarme con personas importantes del arco político uruguayo, sin lugar a dudas. Hay tratativas, como siempre. Este tipo de cuestiones llevan un proceso de charlas. Si se dan, bienvenidas”. Con similar recurso contestó también que tiene “afinidad con todos aquellos que estén dispuestos a abrazar las ideas de libertad”, sin nombrar a nadie.

    En torno a esa “batalla cultural” a favor del liberalismo, los “desequilibrios altamente preocupantes” que hoy atraviesa su país, el ascenso de la derecha en un Chile que “ahora está despertando” y las “restricciones” que enfrenta el presidente Luis Lacalle Pou para poner en práctica su “perspectiva liberal”, giró la cerca de media hora de conversación telefónica mantenida el lunes 22. Para Milei, al Mercosur hay que “eliminarlo”, en vez de buscar flexibilidades como reclama el gobierno uruguayo. A continuación, una síntesis de la entrevista.

    —En La acción humana, Ludwig von Mises, padre de la llamada Escuela Austríaca y uno de sus referentes, dice: “Nadie duda de que, si hubiera mayor abundancia de bienes, todo el mundo estaría mejor. El problema, sin embargo, estriba en dilucidar si, para conseguir la tan deseada abundancia, existe algún método distinto del de acumular nuevos capitales. La ampulosidad verbal del dirigismo deliberadamente tiende a ocultar esta cuestión, la única que en verdad interesa”. Si el liberalismo pleno es el mejor modelo, ¿por qué hoy parece tener pocos defensores?

    —Esa definición de Mises es maravillosa. El mismo Ludwig von Mises tiene un par de libros sobre los detractores del capitalismo.

    En rigor, caído el muro de Berlín, el socialismo se reordenó bajo la premisa gramsciana de tomar la cultura, la educación y los medios de comunicación para empezar a instalar el socialismo. Ahí nadie niega la superioridad cuantitativa en términos de generación de bienestar por parte del capitalismo y lo que se cuestiona es la base moral. Es una discusión muy interesante, porque frente a los resultados, los liberales se quedaron muy cómodos con la cuestión cuantitativa. Y el socialismo avanzó sin ningún tipo de resistencia en la discusión moral. Por eso para mí es muy importante la discusión moral. Cuando se la lleva al extremo, lo que vas a encontrar —la anteúltima valla u obstáculo— es una discusión sobre la teoría del valor. Los socialistas abrazan la teoría del valor —en concreto, del trabajo—, es decir, lo que subyace es la teoría subjetiva del valor. Y cuando se ve la evidencia empírica, decís: “Escuchame, a ver, si la teoría objetiva del valor fue refutada en la teoría y en la evidencia empírica, ¿por qué seguís sosteniendo esto?”. Eso permite dar el paso a la cuestión filosófica y es que, en el fondo, el socialismo se queda abrazado a la teoría objetiva del valor trabajo, porque es lo que le permite trabajar con la teoría de la explotación de (Johann) Rodbertus, que (Karl) Marx perfecciona en El capital y llega a la noción de la plusvalía. Les digo: “¿Vos seguís abrazando una teoría refutada por la teoría y por la evidencia empírica solo para sostener la teoría de la explotación?”. ¿Y cuál es la base moral de la teoría de la explotación? La envidia, el odio, el resentimiento, el trato desigual frente a la ley, el robo y hasta el asesinato. Entonces, yo con esos valores no quiero saber nada.

    —¿A quién siente que representa? ¿Es gente que comulga con su pensamiento liberal o son jóvenes rebeldes y pequeños empresarios enojados con lo que usted llama la “casta política”?

    —La casta política quiere mostrarlo como una posición de enojo para ningunear y menospreciar el trabajo que venimos haciendo desde hace años. Esta es una cuestión de batalla cultural; no es que aparecí de un día para el otro, no. Llevo años en esta batalla cultural y no soy el único; hay un montón de personas. De hecho, en 2019, después de tantos años de dar la batalla cultural José Luis Espert fue candidato presidencial. Muchos otros liberales se han estado volcando a hacer política, a involucrarse. Por lo tanto, creer que esto es un fenómeno de gente enojada es muy despectivo, pero muy funcional a la casta política.

    —Con la crisis por la pandemia los Estados recobraron protagonismo a escala mundial. No parece un momento fácil para dar esa batalla cultural a favor del liberalismo…

    —Una de las cosas que señalo en mi más reciente libro, Pandenomics, es que la pandemia le daba lugar a expandir el tamaño del Estado y el avance sobre las libertades individuales a aquellos gobiernos con vocación totalitaria. Cuanta más vocación totalitaria, más hicieron crecer el Estado. Para mí, es la demostración palmaria de que ese tipo de medidas y formato de encarar los problemas es un fracaso. De hecho, aquellos países que resolvieron la pandemia con mayores niveles de libertad terminaron muchísimo mejor.

    —Además de ocupar la banca de diputado ad honorem, ¿qué va a hacer para “dinamitar” el sistema por dentro, como dijo para justificar su ingreso a la política?

    —En principio, no ser un inmoral más de la casta política. Está lleno de inmorales. Jamás voy a ir contra la vida, jamás voy a ir contra la libertad, jamás voy a ir contra la propiedad, jamás voy a subir o crear nuevos impuestos. Por lo tanto, eso traza una línea moral que deja a un montón del otro lado. Eso, después, se puede aplicar en distintas cosas, ya sea por lo que hacés o por lo que no hacés. Entre las cosas que voy a hacer es impulsar un proyecto para eliminar la obra pública y fomentar la iniciativa privada, a la chilena. Así nos dejamos de tener que padecer a los políticos ladrones robando con la obra pública.

    —¿No le preocupa que su discurso antipolíticos pueda convertirse en un mensaje antipolítica y desacreditar la democracia como sistema?

    —La verdad es que los peores enemigos de la democracia son los políticos ladrones. Una forma de fortalecer la democracia sería producir una depuración en el sistema que haga que se queden las personas honestas y que los delincuentes sean condenados.

    —¿Cómo ve el escenario político y económico de Argentina tras las recientes elecciones legislativas?

    —En el plano económico Argentina está con unos desequilibrios altamente preocupantes. Para que tengas una idea: los desequilibrios ahora son peores a los que tenía previo a la crisis del “Rodrigazo”, pero con el agravante de que hoy tenés 10 veces más de pobres.

    En el plano político, veo fuerte fragmentación tanto en el oficialismo como en la oposición. Son cosas que estaban y se percibían, pero la irrupción de los liberales terminó de hacer evidente todas esas diferencias.

    —¿Ve al presidente Alberto Fernández terminando su mandato o, más débil en el Congreso, pueden complicársele las cosas?

    —Mi esperanza es que pueda terminar. Si llegara a ocurrir una renuncia —que espero que no pase—, tenemos los mecanismos institucionales para que el actual gobierno pueda terminar su mandato. Hay que acostumbrarse a que los mandatos están para eso, para ser cumplidos.

    No debería haber con esto una cuestión de discusión institucional. Pero la vida en Argentina, y en especial la política, es muy dinámica. Yo soy partidario de que el actual gobierno termine su mandato.

    —Si usted estuviera en los zapatos del ministro de Economía, Martín Guzmán, ¿qué medidas tomaría para sacar a Argentina de la actual crisis?

    —¡No, es imposible, porque con los orcos no podés gobernar! Eso lo dije antes y lo sigo sosteniendo ahora. Con los orcos no vas a tener el apoyo político que necesitás para hacer las reformas que Argentina requiere. Por eso es una discusión abstracta.

    —Mencionó a Chile por la cuestión de la obra. En la región, ¿lo más parecido a su modelo económico ideal visto en la práctica es el que impuso Pinochet?

    —El modelo de Chile tiene algunas cosas que resultaron muy exitosas y en otros aspectos… A ver, ese éxito de libertad económica se logró traducir y se pudo superar una situación de no libertad política. Y eso le permitió a Chile evolucionar en términos de desempeño económico brillante. Ahora, algo que está muy bien narrado en el maravilloso libro La fatal ignorancia, de mi querido amigo Axel Kaiser, es cómo en Chile se estaba perdiendo la batalla cultural. Y esa situación en la batalla cultural ganada por el socialismo y frente a la cual la derecha o los liberales no combatieron terminó gestando la base de una crisis política que, bueno, pareciera que ahora está despertando de ese horror. Así se manifestaron las urnas el domingo, con (José Antonio) Kast ganando la primera vuelta y yendo a un ballotage con alguien de izquierda; esperemos que la sociedad chilena se quiera abrazar por el lado de las ideas de la libertad.

    —Sobre el presidente uruguayo declaró hace unos meses en una entrevista en LN+ que no es “ni siquiera un liberal clásico”, sino un “keynesiano de verdad”. ¿Qué quiere decir eso?

    —No recuerdo sobre qué aspecto estaba comentando.

    Entre los neokeynesianos y los liberales clásicos, la línea que los separa es muy finita, ¿eh? Ojo con eso: todo lo que es el neokeynesianismo ha incorporado una determinada cantidad de resultados que tienen que ver con la coyuntura de corto plazo —que después uno puede adherir o no—, que tiene que ver con fallos en el mercado de bienes, con fallos en el mercado de trabajo, con fallos de coordinación, con fallos en el mercado de crédito. Yo no adhiero, ¿sí?, porque tengo otra postura sobre este tipo de cosas. Pero nadie de esa escuela niega los resultados de largo plazo, que están en línea con el corazón neoclásico, por decirlo de alguna manera. Entonces, la línea divisoria puede ser muy finita.

    —Lacalle Pou se dice liberal. ¿Usted lo encasillaría como tal?

    —Bueno, de vuelta. Cuando uno lo escucha y toma su discurso es alguien que tiene una perspectiva liberal. Lo que pasa es que hay distintas familias de liberales. Tenés liberales clásicos, minarquistas y anarcocapitalistas. Están los libertarios también, a los que otros llaman conservadores.

    Lo que sucede es que cuando vos te involucrás en la política están las restricciones del mundo real, las que están dadas, ¡está el río ahí! Se llama condición de Estado. Y después están las restricciones generadas por el propio sistema político. Ahora, la secuencialidad con que vos encarás esa lucha tampoco es trivial y eso está muy bien planteado en la Teoría del Segundo Mejor, de Lipsey y Lancaster; es cómo vas enfrentando la solución de esas restricciones. Entonces, a veces la evaluación de ese contexto sin tener en cuenta los zapatos de quien está tomando las decisiones puede ser desafortunada. Eso hace que, de repente, en la vida real, un liberal, aun cuando tuviera una posición filosófica anarcocapitalista, podría terminar —a los ojos de un anarcocapitalista— operando como un liberal clásico.

    —Su reflexión en LN+ fue a propósito del planteo hecho por Lacalle Pou en la cumbre de presidentes de esos días en el que reclamó para Uruguay poder negociar tratados de comercio con terceros países. Para usted, ¿el Mercosur sirve para algo?

    —No, yo lo eliminaría.

    —Nada de “flexibilidad” como reclama el gobierno uruguayo. Eliminarlo.

    —Eliminarlo. Porque en el fondo es comercio administrado por los Estados en el Mercosur. ¿Por qué el gobierno tiene que estar regulando nuestras transacciones comerciales?, ¿a título de qué?

    —¿Qué mensaje pretende dejar a los uruguayos en sus charlas en Montevideo?

    —Básicamente, que no es una cuestión abstracta abrazar las ideas de la libertad, es una cuestión de índole práctica y cuantitativa. Porque aquellos países que son más libres son ocho veces más ricos que los reprimidos; su decil (de ingresos) más bajo de la distribución están 11 veces mejor que sus pares de los países reprimidos; tienen entre 25 y 50 veces menos pobres —según se tome la definición extrema o la estándar—; y la gente allí vive un 25% más. Cuantitativamente, la diferencia es notoria. Pero, además, está la cuestión moral: ahí también el sistema de libre empresa es superior en el plano moral. Porque los valores que abraza el socialismo son la envidia, el odio, el resentimiento, el trato desigual frente a la ley, el robo y el asesinato. Y del otro lado: el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, y cuyas instituciones son la propiedad privada, los intercambios libres, la libre competencia —en el sentido de Adam Smith y no el neoclásico—, la cooperación social, la división del trabajo. Aquel al que le va bien en el capitalismo es, en realidad, un benefactor social. Es un sistema que premia el esfuerzo, el trabajo y además conduce a la paz, porque como decía (Frederic) Bastiat donde entra el comercio no entran las balas. Por lo tanto, es un sistema no solamente superior productivamente, sino que además abraza valores morales que todo el mundo estaría de acuerdo en abrazar. Esto no es trivial, porque los valores morales que decida abrazar la sociedad eso se traduce en un conjunto de instituciones y es un pacto de crecimiento. Por eso, todos aquellos países que abrazan las ideas socialistas se hunden y a los que abrazan el liberalismo les va bien.

    • Recuadro de la entrevista

    “Me encantaría que las monedas vuelvan a manos del sector privado”

    Economía
    2021-11-24T19:44:00