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    El TLC con China

    Sr. Director:

    “No importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones”. Deng Xiaoping *

    Durante milenios, el hambre acechó a todos los regímenes chinos, desde el Emperador Amarillo hasta los comunistas rojos. Hace pocas décadas, China era sinónimo de escasez de alimentos.

    Decenas de millones de chinos murieron de hambre durante el desastroso Gran Salto Adelante, y los expertos predijeron repetidamente que el problema no haría más que empeorar. En el año 1974 se celebró en Roma la primera Conferencia Mundial de Alimentación y se dijo que no había manera de que China alimentara a sus mil millones de habitantes, que iba rumbo a una catástrofe.

    La realidad demostró que se encaminaba al mayor milagro económico de la historia. Desde 1974 se ha sacado de la pobreza a cientos de millones de chinos y aunque todavía hay otros tantos que sufren algún tipo de privaciones y desnutrición, por primera vez en la historia documentada, China está libre de hambrunas.

    El Partido Comunista chino continúa hablando de los ideales marxista-leninistas, en la práctica se guía por el lema de Deng Xiaoping *, el desarrollo es la única verdad firme. Hacer todo lo necesario para promover el crecimiento económico, no importa si se complace a Marx y a Lenin.

    China ofrece un reto serio a los detractores sociales de Occidente. A pesar de haber liberalizado su política y su economía, no es una democracia ni una verdadera economía de libre mercado. Ello no le ha impedido transformarse en el gigante económico del siglo XXI. Es un gigante económico que arroja sombras ideológicas.

    El auge de la superpotencia China presenta una imagen casi espectacular. Recela liberalizar su política doméstica, pero ha adoptado un enfoque mucho más liberal para el resto del mundo. De hecho, en lo que se refiere a libre comercio y cooperación internacional, ha dejado en segundo plano el marxismo-leninismo y parece encontrarse muy a gusto con el orden liberal internacional.

    Valores occidentales versus valores orientales

    Cuando hablamos de China y de su éxito económico y tecnológico, añadimos inmediatamente una crítica ética: es un sistema no democrático y no respeta los derechos humanos. El régimen chino responde acusándonos de adoptar una postura de superioridad moral y de intentar imponer a China unos valores que no son universales, sino exclusivamente occidentales.

    En la conferencia sobre derechos humanos celebrada en Viena en 1993, el bloque asiático e islámico se opuso a la declaración de derechos de 1948 por considerar que no era universal, sino occidental. El acceso a la presidencia de China de Xi Jinping marcó una posición de hostilidad hacia los valores universales. A principio de 2013 se indicó a las universidades “siete temas de discusión prohibidos”. A la cabeza, la discusión sobre los valores y los derechos universales. En un artículo de 2015 de la Universidad Tsinghua, un gran experto en civilización antigua de China, escribe:

    “Comparados con los valores occidentales modernos, los valores de la civilización china presentan cuatro características particulares:

    La responsabilidad es anterior a la libertad.

    El deber es anterior a los derechos.

    El grupo social es anterior al individuo.

    La armonía es superior al conflicto.

    La prioridad de la nación sobre el individuo y de la obediencia sobre la libertad forma parte de la ideología oriental. En Japón, tradicionalmente se había valorado la obediencia a la autoridad, y se consideraba como una muestra de soberbia el deseo de afirmar la propia autonomía. La virtud central era “amae”, la cálida sumisión al superior. En 1989, Wee Kim Wee, presidente de Singapur, consideró necesario reflexionar sobre cuáles eran los “valores comunes” a Oriente. Después de dos años de amplia discusión se publicó un Libro blanco sobre los valores asiáticos que coinciden aproximadamente con los atribuidos a la civilización china. El primer ministro Lee Kuan Yew señalaba las virtudes orientales que explicarían su prosperidad creciente: orden, disciplina, responsabilidad familiar, trabajo duro, colectivismo, moderación. Las oponía a los vicios que habían provocado a su juicio la decadencia de Occidente: excesos, indolencia, individualismo, crimen, educación inferior, falta de respeto a la autoridad y anquilosamiento mental.  Según Lee Kuan Yew, “los valores que la cultura asiática-oriental mantiene —tales como la primacía de los intereses del grupo sobre los del individuo—, apoyan el esfuerzo de la totalidad del grupo necesario para desarrollarse rápidamente. Esta ética laboral ha nacido de la doctrina que el grupo y el país son más importantes que el individuo”.

    Tenemos, pues, un enfrentamiento sobre los valores morales básicos y sobre los derechos que los protegen.

    Samuel Huntington, con su libro El choque de civilizaciones, plantea este problema de manera dramática. Los puntos más conflictivos se refieren a la relación entre el individuo y la sociedad, a la prioridad o no de la libertad y, como consecuencia, a un modo oriental de entender la democracia. En este momento China desea ejercer una función civilizatoria y piensa que puede conseguirse una ética universal basada en los valores orientales, que son fundamentalmente confucianos.

    A través de los Institutos Confucio está defendiendo esta postura ideológica.

    “¿Quién asumirá en el mundo la posición de guía de Occidente?”

    En 1974 el gran historiador Arnold J. Toynbee publicó un artículo con este título. Su esperanza estaba puesta en China, a la vista de que, a su juicio, Occidente no había sabido resolver los problemas planteados por la industrialización. Como dicen los críticos chinos actuales, no ha demostrado que la democracia liberal proteja bien los intereses de la gente, la desigualdad crece, y hay una gran agresividad en los comportamientos. Además, los intelectuales occidentales han demolido el concepto de verdad, la han reducido al poder y a la identidad, con lo que se han quedado sin argumentos para defender la universalidad de los derechos humanos.

    En las facultades de humanidades americanas y francesas se empieza a pensar que el “universalismo” no es más que un ardid del colonialismo y que la “descolonización del pensamiento” implica el rechazo del universalismo.

    Las sociedades han ido seleccionando las soluciones más eficientes, en un proceso largo y dramático de tanteos, éxitos y fracasos, en el que han colaborado las religiones, los maestros espirituales, los pensadores y la experiencia diaria de muchas personas:

    “Descubre una universalidad de los problemas y una diversidad de soluciones”.

    Estudiando esa evolución se puede enunciar una ley del progreso moral de la humanidad:

    “Todas las sociedades cuando se libran de la pobreza extrema, la ignorancia, el dogmatismo, el miedo al poder y la insensibilidad hacia el vecino se encaminan convergentemente hacia un modelo ético común que defiende los derechos individuales, la razón como medio de alcanzar soluciones, el rechazo de desigualdades no justificadas, la participación en el poder político, las seguridades jurídicas y las políticas de ayuda”.

    La marcha hacia el modelo ético se inicia cuando se consigue un nivel mínimo de bienestar, de información objetiva, de pensamiento crítico, de control democrático del poder, y de compasión generalizada.

    Puede resultar sospechoso que el modelo ético que se señala como culminación del progreso moral corresponda más a los valores occidentales que a los orientales.

    ¿Tendrán razón los pensadores orientales al pensar que se trata de una construcción meramente occidental, no universal?

    No obstante esto último, nadie parece comprender lo que piensan los chinos en este momento, ni siquiera ellos lo saben. En teoría el país aún es “comunista”, no lo es en la práctica. Algunos líderes y pensadores chinos manejan la idea de volver al “confucionismo”, en realidad otros dicen que solo se trata en una capa de barniz.

    Este vacío ideológico hace de China un caldo de cultivo para las tecnorreligiones provenientes de Silicon Valley (flujo de datos, inmortalidad y paraísos virtuales), cosas que aún demorarán décadas en prosperar en otras sociedades.

    Se viene un TLC con China, que en la realidad implica mucho más que profundizar el comercio. Es importante que el Uruguay piense desde ya sobre todos estos temas. Al respecto, ¿qué opinan los comunistas locales y sus socios?

    Rafael Rubio

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