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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDesde hace 72 años los 16 de julio se renueva para siempre una gesta deportiva que inundó el planeta, y esos días y en esas fechas se identifican con un nombre: Obdulio Jacinto Varela, capitán al que el pueblo le otorgó la propiedad del Campeonato del Mundo jugado en Brasil en 1950 en el estadio de Maracaná ante 200.000 hinchas, ganado por Uruguay y considerado por el periodismo especializado internacional como la más grande hazaña del fútbol mundial de todos los tiempos. No habrá otra igual. El fue, sin duda, un factor decisivo en lo anímico y temperamental con envidiable espíritu de lucha el representante de lo más hondo de nuestro ser nacional. La capacidad de enfrentar y superar las mayores dificultades con una asombrosa intuición, discernir al instante percibiendo emociones escondidas en los gestos y palabras de los que tenía enfrente. Al retener la pelota bajo el brazo perturbó a sus adversarios incitados por el público con griteríos y amenazas. Ese día, en el túnel rumbo a la cancha les había instruido a sus compañeros lo que se conoce como el sermon de las siete palabras: “Los de fuera son de palo, ¿tamo?” y somos 11 contra 11. El triunfo final no lo inundó de egoísmo y se va del hotel a beber algo en algún cafetín, prefiriendo celebrar en soledad, encontrando por todas partes brasileños llorando la derrota. Se dio cuenta de que había dejado a un pueblo triste y le vienen ganas de pedirles perdón por haber tenido la tremenda maldad de ganar el partido. La victoria empieza a pesarle. Lo reconocen y comentan: “Es Obidulio, él nos ganó el partido. Todo fué por Obidulio”. Y se va juntando más gente, que en lugar de insultarlo o agredirle los que horas antes le gritaban todo tipo de improperios y amenazas lo admiran por su coraje y valentía alentando a sus compañeros. Esa misma gente ganada por la tristeza terminó generando un espacio de convivencia, un ejemplo de convivencia, que pasó de la ira y el fervor de una frustrada multitud al festejo fraterno con el admirado y solitario vencedor. Siguen caminando por las calles de Río, de bar en bar. Y así amanece, bebiendo y abrazado a los vencidos. Un incidente que, por lo positivo, no tiene comparación en las memorias del deporte del mundo. Un vencedor que sin saberlo ni premeditarlo esa noche fue vencido por su propia victoria, pasándose al equipo de los vencidos. Dijo Obdulio: esa noche me sentí muy feliz porque tenía la impresión de que había hecho algo necesario para los hermanos brasileños. Más que un jugador de fútbol tenía una dimensión humana y sensibilidad conmovedora, un gigante de la solidaridad, la amistad, sencillo y humilde, jamás rehusó compromisos que tuvieran que ver con su patria, el honor, la tan manida camiseta celeste (fundador de la Mutual U. de jugadores profesionales) y un entrañable amor por los niños en eventos que lo identifican, liderando la colecta para la Cruzada del Dr. Caritat para los niños afectados de poliomielitis en un desmantelado Hospital Pereira Rossell. Ejemplo que trasciende lo meramente deportivo, verdadero símbolo de liderazgo. Pese a todo, sería incorrecto no expresar que tuvo varias decepciones públicas que lo golpearon fuerte, siendo la más representativa el robo descarado de una abultada colecta nacional para regalarle una casa, que nunca se aclaró por la Justicia. La decepción más grande de su vida. La soportó en silencio, sin rencores, reproches o válidos reclamos se atrincheró en su casa de Villa Española. Y también agregar la discriminación racista encubierta en varios hechos, soportando el ronroneo de quienes a su sombra grande escribían con rapacidad oportunista para sacar tajada y engañar a los inocentes. Tambien el otorgamiento de medallas de plata a los campeones mundiales y de oro a todos los dirigentes de la AUF. La prohibición un día de entrar al estadio Centenario por olvido del carné de acceso. Demoró 30 años en volver conmigo a sus instalaciones. No soportaba la injusticia. “Son cosas de la vida, amigo, decía, qué v’a ser”. Habiéndolo acompañado en los 10 últimos años de su vida me brindó su afecto y confianza con intensas vivencias compartidas. Ajeno a todas las vanidades, halagos, homenajes, notas en la prensa del mundo, libros, estatuas, instituciones con su nombre, obras de teatro de las más destacadas, la Orden al Mérito de la Conmebol y la más resonante a nivel mundial: la Orden al Mérito otorgada por la FIFA en ocasión del Campeonato Mundial de Fútbol en Estados Unidos en 1994, al que asistió, previa cordial sugerencia del autor de esta nota, que lo acompañó junto con su esposa Catalina Keppel, 50 años casados. Único jugador uruguayo que ha recibido esta distinción. El 2 de agosto de 1996, fallece a los 78 años de edad. Nace el mito, queda el símbolo. Obdulio es Maracaná o lo representa pese al tiempo pasado, y las destacadas nuevas generaciones no impiden bajarlo del altar de gloria siempre vivo en el recuerdo de su pueblo.
Prof. Armando Fernández