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    Vivan las cadenas, la soberbia y la suspicacia perezosa

    Sr. Director:

    “‘¡Vivan las cadenas!’ es un supuesto grito dado por algunos españoles en 1823 al ser restablecido el absolutismo de Fernando VII con el auxilio de Luis XVIII de Francia y del Ejército del duque de Angulema. Ese año se puso fin al trienio liberal iniciado con el golpe de Estado de Rafael del Riego en 1820. (…) El sarcástico grito reaccionario de ‘¡Vivan las cadenas!’ se habría dado por primera vez en Sevilla. El movimiento contrarrevolucionario de esta ciudad había hallado imitadores en casi todos los pueblos de la provincia en junio de 1823. El vulgo, ebrio de alegría, cometió excesos y tropelías persiguiendo a los liberales, saqueando en algunos puntos las casas. Según Ramón de Mesonero Romanos, desbordadas las pasiones, el odio y los rencores con el pronunciamiento de Riego y soliviantados los ánimos por la acción de las sociedades públicas y secretas y de la prensa periódica, los revolucionarios de Madrid habían emprendido un ataque duro y grosero contra el rey, a quien ultrajaban públicamente. En contraste, tras restablecerse su poder absoluto en 1823, en Madrid se llegó a escenificar un recibimiento popular en el que se desengancharon los caballos de su carroza, que fueron sustituidos por personas del pueblo que tiraron de ella” (este pasaje fue extraído de Wikipedia).

    Cuando el juez Recarey falló sobre un recurso de amparo y determinó la suspensión de la vacunación contra el Covid-19 a los menores de 13 años, un centenar de uruguayos celebraron ese resultado como triunfo glorioso, lloraron de emoción, se abrazaron entre sí y se cubrieron con la bandera nacional.

    Por cierto, no me considero autorizado para identificar con precisión los motivos de su euforia ni los argumentos que para ellos justificaban ese festejo. Por ejemplo, no sé si son los mismos energúmenos que en el homenaje a los integrantes del GACH los acosaron y denunciaron como “genocidas”. En cambio, al margen de lo que cada uno de ellos albergaba en su fuero íntimo, me animo a perfilar algunas implicaciones públicas del mensaje que nos transmitieron al resto de los ciudadanos con su festejo del fallo en cuestión.

    I) Para aquellos padres que, aconsejados por médicos especializados y por la Sociedad Uruguaya de Pediatría, estaban dispuestos a vacunar a sus hijos, el mensaje es claro: festejaron como si fuera un gol en una final de campeonato que dicho fallo impidiera a esos padres cumplir con su propósito. Dicho de otra manera, festejaron una prohibición que limitaba la capacidad de otros ciudadanos de decidir sobre lo que consideraban más apropiado para cuidar la salud de sus hijos. En otras palabras, al igual que los partidarios de Fernando VII celebraron el recorte de las libertades. Es por eso que traje a cuento su grito inolvidable: “Vivan las cadenas”.

    II) Para los que nos hemos tomado el trabajo de informarnos (sin mucho esfuerzo de por medio, porque todo estaba disponible a quien rastreara con buena fe en fuentes confiables y accesibles) acerca del largo proceso de más de seis décadas de investigaciones sistemáticas que desembocó en la puesta a punto del mecanismo de una nueva generación de recursos de inmunización —las vacunas de ARN mensajero—, para todos nosotros, el mensaje que nos transmiten quienes festejaron el fallo del juez Recarey puede traducirse como un respaldo a la soberbia epistemológica, así como a esa modalidad de suspicacia perezosa que se encandila con las luces superficiales y los detalles de último momento, soslayando así las acumulaciones en los largos plazos.

    En efecto, no tomaron en cuenta la prolongada secuencia de trabajos llevados a cabo por institutos financiados con fondos públicos en el Reino Unido, Alemania y EE.UU. Tampoco se preocuparon de enterarse cómo los mencionados institutos intercambiaron gratuitamente los avances que cada uno iba logrando ni de las perspectivas grandiosas que esas innovaciones biotecnológicas han abierto para la cura de todo tipo de enfermedades —en particular, el cáncer y el Alzheimer— y para dar paso a una generación de medicamentos “editados genéticamente”. En vez de registrar la cadena de premios Nobel que fueron galardonando esos avances paso a paso, los aportes recientes del instituto Max Plank de Alemania y su utilización por el laboratorio Biontech, toda su curiosidad se centró exclusivamente en el eslabón último. Me refiero a aquellas maniobras que realizaron algunas empresas farmacológicas, como Pfizer y Moderna, para capitalizar en su provecho esa acumulación de conocimientos y procedimientos tecnológicos a lo largo de varias décadas, aprovechando su capacidad industrial, sus instalaciones y su personal entrenado para imponer condiciones a los gobiernos y para hacer negocios muy rentables con la comercialización de las vacunas en el momento en que explotó la demanda de inoculantes para combatir el avance del virus a escala mundial.

    P.D.: los genuinamente interesados en informarse sobre esa secuencia indagatoria de largo aliento pueden leer del libro de Walter Isaacson: El código de la vida. Jennifer Doudna, la edición genética y el futuro de la vida humana. Agradezco al ing. Jorge Cabrera por haberme recomendado su lectura. (Jeniffer Doudna recibió el premio Nobel en 2020 por sus investigaciones sobre el ARN y los mecanismos que permiten transmitir instrucciones de edición genética a otras células).

    Carlos Pareja

    C.I. 575.187-6