Me queda mucho por conocer del mundo, pero creo tener la cantidad suficiente de viajes arriba como para afirmar que, por lo pronto, será difícil aterrizar en un destino que me resulte más exótico que Bonito.
Flotaciones por aguas cristalinas, adrenalina en cascadas, contemplación de monumentos naturales e imponentes formaciones geológicas, además del encuentro espontáneo con animales diversos y exóticos: todo eso convierte a Bonito, en Mato Grosso do Sul, en la capital del ecoturismo de la región y en un destino tan difícil de comparar como de olvidar
Me queda mucho por conocer del mundo, pero creo tener la cantidad suficiente de viajes arriba como para afirmar que, por lo pronto, será difícil aterrizar en un destino que me resulte más exótico que Bonito.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Bonito? ¿Dónde queda eso?, me preguntan todas y cada una de las personas a las que les cuento sobre este lugar al que tuve la suerte de viajar dos veces, porque con una no fue suficiente.
Sudamérica, como es obvio, está llena de lugares asombrosos, de paisajes de todo tipo que te dejan boquiabierto. En general, sin embargo, solemos tener alguna referencia previa de aquellos que, por lo impactantes, se consideran imperdibles; sabemos más o menos dónde quedan y hemos visto, seguramente, una buena cantidad de fotos.
Cuando hace algunos años surgió la posibilidad de hacer un viaje familiar a Bonito por recomendación de un extranjero, lo primero que hice fue buscar en internet. Lo segundo: no creer lo que estaba viendo. ¿De verdad estas aguas cristalinas pueden existir en pleno Mato Grosso del sur brasileño?, me pregunté, con el perdón de todas mis profesoras de Geografía, si es que esta información alguna vez llegó a mis oídos para quedar sepultada en el olvido.
Cualquier sospecha de imagen editada quedó completamente desterrada cuando, al arribar, fui testigo de esas aguas, cascadas, cuevas y cavernas, por no mencionar primero la exuberante naturaleza habitada por tucanes, monos, cigüeñas, nutrias de cola larga y otros animales que son parte del atractivo para todo el que llega a la que se conoce como capital del ecoturismo de Brasil.
Digamos que su nombre sí hace justicia a la pequeña y pintoresca ciudad de 23.000 habitantes que funciona como base para la estadía. Ubicada a 273 kilómetros de Campo Grande —la capital de Mato Grosso do Sul— tiene todo lo que una ciudad suele ofrecer cuando se sostiene a base de turismo: posadas, hoteles, restaurantes varios, supermercados, agencias de viajes. Según su prefectura municipal, en 2025 la visitaron casi 300.000 turistas, o sea, unas 13 veces su población.
Pero sus principales puntos de interés turístico se encuentran fuera del área urbana, entre los seis y los 70 kilómetros de distancia. “Hoy tenemos más de 55 atractivos de aguas cristalinas que se dividen en grutas, cuevas, flotación en los ríos de aguas cristalinas, senderos, cascadas y actividades de aventura”, señala a Galería el director de Promoción y Mercado de la Fundación de Turismo de Mato Grosso do Sul, Breno Amorim. Para todo ese ecosistema, el nombre con el que fue bautizado, Bonito, se queda muy corto.
Entre tantas actividades del itinerario, una de ellas era la flotación. Al principio no entendí si nos pondrían flotadores para nadar, o si nos meterían a todos en botes de goma. Pero de todas las suposiciones posibles, lo que seguro no imaginé sería que nos darían un simple traje de neopreno y un esnórquel y que, tras un brevísimo instructivo sobre cómo utilizar el tubo de respiración y cómo flotar, nos tirarían directamente al río.
Para mi sorpresa, la flotación consistía simplemente en colocarse en posición horizontal, boca abajo, con las extremidades extendidas y, sobre todo, en relajarse para dejarse llevar por la corriente.
Para esta actividad, la más importante de Bonito, no hace falta ser un buen nadador; en las dos horas y dos kilómetros de recorrido —con una embarcación de soporte al frente, tan cercana o alejada como el turista quiera— la corriente suave hace todo el trabajo, mientras que el traje de neopreno es responsable de esa extraña y natural flotabilidad.
El primer impacto se produce al comienzo, al sumergir la cabeza en el agua y encontrarse con la abundancia de vida que se contempla con una nitidez extraordinaria: el río Sucuri —uno de los dos principales para hacer este tipo de actividad— es uno de los más cristalinos del mundo. Esa transparencia es producto de la filtración natural a través de suelos ricos en piedra caliza.
Al dejarse llevar por estos ríos uno puede elegir qué universos paralelos contemplar: si el de abajo del agua, de miles de peces multicolores y vegetación —entre otras cosas que más excepcionalmente pueden aparecer— o el mundo de tucanes, mariposas, monos y papagayos que viven la vida tranquila y libremente alrededor del río sin percatarse de lo conmovedora que puede resultar su existencia para quienes pasan flotando.
Son varios los ríos donde se puede hacer esta actividad, con aguas igual de cristalinas: además del río Sucuri están Nascente Azul, Aquário Natural, Olho d’Água y río da Prata, entre otros. Pero son el primero y el último los que ofrecen el recorrido más extenso. La flotación por el río da Prata es la más larga, ya que son 2,2 kilómetros en un paseo que también incluye un recorrido por el bosque que rodea al río.
El paseo es apto para todo tipo de personas. No obstante, no es un juego de Disney: la propia diversidad del paisaje natural lo convierte en una experiencia única para cada persona. La mía en uno de los ríos tuvo su buena dosis de adrenalina. Además de los peces, también nos cruzamos con un par de yacarés en pleno reposo: más allá de su intimidante aspecto, no hay nada que temer, ya que son animales esquivos que no atacan humanos.
Pero no fue ese el mayor sobresalto del paseo. En determinado momento, alejada del resto del grupo que iba muy por delante, saqué la cabeza del agua y vi, a unos metros, una masa cilíndrica, larga, robusta y brillante moviéndose de manera sinuosa. En silencio, me detuve un segundo a comprobar si aquello era lo que creía que podía llegar a ser. Como parte del instructivo previo, los guías se habían referido a la presencia de anacondas, que habitan de forma natural en varios de los ríos; no era un escenario exagerado ni creado de la nada en mi cabeza.
Pero la inquietud habrá durado como mucho dos segundos, cuando esa forma que confundí con una anaconda salió del agua y vi que no era sino la larga cola de una simpática y excesivamente tierna Lontra longicaudis; en criollo, un lobito o nutria de río.
Luego comprobé que aquel susto que me tomó en solitario es una confusión muy típica entre los turistas, ya que la cola parda y brillante del lobito puede medir hasta 84 centímetros de largo.
De todas maneras, encontrarse con una anaconda en Bonito tampoco es peligroso, siempre y cuando se mantenga una distancia prudencial del animal. La posibilidad existe, aunque la gran mayoría de los turistas no tienen la suerte o el infortunio —según el nivel de valentía— de toparse con una sucuri, el tipo de anaconda que habita estos ríos y que no tiene ningún tipo de interés en los humanos, ya que no son presa. De hecho, como están acostumbradas a ver pasar a las personas, suelen permanecer tranquilas e ignorarlas por completo mientras las filman o les sacan fotos. Lo mismo hacen las lontras, sus mayores imitadoras.
Del traje de neopreno se pasa a los cascos de seguridad para conocer otro de los grandes atractivos de Bonito: la Gruta do Lago Azul, una experiencia puramente contemplativa, aunque también exige cierto esfuerzo físico.
A unos 20 kilómetros de la ciudad está este monumento natural al que se accede bajando alrededor de 300 escalones tallados en roca. Durante la bajada ya se aprecian las impresionantes formaciones geológicas de piedra caliza, aunque lo más impactante está al final del descenso, cuando se avista el lago subterráneo con más de 80 metros de profundidad y un color azul turquesa o cobalto ultratransparente. Curiosamente, su color no es consecuencia de ningún tipo de pigmento del agua, sino de un efecto óptico producido por la interacción de la luz del sol con el agua a través de la abertura de la gruta y los minerales que se encuentran al fondo del agua.
Aunque es de los paseos más famosos, el atractivo se limita a observar, ya que no se permite el nado ni la flotación.
Para los más aventureros, sin embargo, algunas grutas sí permiten el ingreso al agua para nadar o hacer esnórquel: algunas de ellas son la Gruta do Mimoso, que ofrece todo el equipo para realizar la flotación, y Abismo Anhumas, una gigantesca caverna vertical y uno de los paseos ideales para los amantes de la adrenalina, ya que comienza con un descenso en rápel eléctrico hasta llegar a un lago subterráneo cuya extensión de 120 metros de largo suele compararse a la de una cancha de fútbol.
Una vez abajo es posible hacer flotación en sus aguas transparentes o bien dar un paseo en bote para ver las imponentes estalagmitas de hasta 20 metros de largo. Para los que buscan una experiencia más extrema hay varias propuestas para bucear por las profundidades de sus aguas.
También hay recorridos por joyas geológicas secas, como la Gruta de São Miguel, un paseo que comienza atravesando un largo puente colgante. Aunque no hay agua, su interior alberga la variedad más rica de la región de formaciones de cavidades —espeleotemas—. Además de cascos, los guías proporcionan linternas para explorar los pasadizos y las extrañas formaciones.
Por si no era suficiente con los ríos, las flotaciones y las grutas, entre las 55 atracciones también hay una gran variedad de cascadas y saltos de agua, con paseos para toda la familia como la Estancia Mimosa, que ofrece un circuito de senderismo por la selva que pasa por 10 cascadas de aguas cristalinas y varias paradas habilitadas para nadar en piscinas naturales, además de miradores hacia las sierras de la Bodoquena y almuerzo buffet con comida casera preparada en fogón a leña.
Otros de los principales paseos por cascadas son el parque das Cachoeiras, que atraviesa siete cascadas con varios puntos para bañarse, y las Cachoeiras da Boca da Onça, que incluye puntos como la Ventana al Cielo, una piscina natural infinita con vista a las sierras; el Agujero del Mono, donde es posible bañarse bajo una cascada, y el sendero Boca da Onça, donde se contempla la cascada más grande de Mato Grosso do Sul, con 156 metros de caída, desde donde también se puede admirar el paisaje que la rodea, como el cañón del río Salobra.
Uno de los típicos paseos por el día para familias y grupos de amigos es el ecoparque Porto da Ilha, ya que propone una variedad de excursiones y actividades con zonas de baño entre cascadas y pozos naturales del río Formoso, además de varias propuestas gastronómicas.
Entre las actividades hay paseos en kayak, stand-up paddle y los clásicos paseos en bote de rafting para entre 12 y 14 personas. Estos recorridos, en los que reman varios del grupo, están liderados por un guía que se ubica en la parte de atrás y se encarga de enseñar la técnica para atravesar las cascadas: justo antes de llegar a la caída de agua, el guía pide que se reme con fuerza y, al momento exacto de caer, da la orden de flexionar las piernas y sujetarse firmemente de las cuerdas que lo rodean. Es casi como una montaña rusa natural: al caer por las cascadas, el golpe del bote con el agua no solo empapa a todos, sino que provoca más de un grito y una carcajada. Aunque parezca una experiencia algo extrema, el paseo se puede hacer a partir de los cinco años.
Por mucho que se pueda decir sobre Bonito, lo cierto es que la esencia aventurera y enorme diversidad de sus paisajes lo convierten en un destino al que se llega sabiendo muy poco de lo que se vivirá, y del que se regresa con un sinfín de anécdotas. Y muchas ganas de volver.
Al no haber vuelos directos, una opción para llegar a Bonito es vía San Pablo, donde es posible conectar con el aeropuerto de Bonito, ubicado a 13 kilómetros de la ciudad. Otra alternativa es volar hacia el Aeropuerto Internacional de Campo Grande, la capital de Mato Grosso do Sul, y llegar hasta Bonito en un viaje de 300 kilómetros por tierra (en ómnibus, auto alquilado o transfer compartido), un viaje que toma unas cuatro horas.
Una vez definidas las fechas del viaje conviene organizar los paseos con anticipación, ya que los atractivos naturales admiten un número limitado de visitantes por día y funcionan mediante un sistema de voucher único, con entradas que se reservan a través de agencias de turismo habilitadas. El turista puede elegir previamente qué atractivos quiere visitar y la agencia organiza el itinerario según los cupos y horarios, muchas veces con los traslados ya incluidos.
Para una primera experiencia completa en Bonito se recomienda viajar entre cuatro y cinco días que combinen paseos por grutas, flotaciones y cascadas.