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    No parece un gran plan

    Si el periodismo no fiscaliza al poder, ¿quién lo va a hacer? ¿Una arrocera? ¿Antel? ¿Un puñado de ciudadanos furiosos por el atrevimiento periodístico? ¿La directiva del Club de Bochas Nueva Palmira?

    Columnista de Búsqueda

    Cuando supe que Leonardo Haberkorn y Juanchi Hounie iban a tener un programa periodístico en televisión abierta pensé: ¿cuántos programas van a tardar en ser acusados de “fachosbolchesoperadores”? La abrumadora cifra fue dos. Tras un comienzo, digamos, “suave”, en el que eligieron arrancar entrevistando a un colega como Gabriel Pereyra, bastó un solo programa con un político para que fueran acusados de todo lo que habitualmente se acusa a los periodistas que hacen bien su trabajo: están atacando a los míos, los buenos, y sé perfectamente que no van a atacar a los otros, los malos.

    En un momento histórico en el que se habla de empoderamiento más que de educarse y entender, en una época en la que se trata a los adultos como si fueran niños eternamente irresponsables, no es inesperada una reacción tan claramente infantil: hay unos buenos, los míos, hay unos malos, el resto, y no hay ningún periodista que se interese por dar a conocer alguna verdad. Se podría agregar, además, que esta es una época en la que la dicotomía del álgebra booleana (una variable A solo puede ser 1 o 0, no existe una tercera opción) se convirtió en la norma, y a la posibilidad de encontrar un punto de acuerdo en el gris se le llama hoy tibieza.

    Como explica la geometría analítica, se necesitan al menos tres puntos para determinar de forma unívoca ciertas trayectorias. Es decir, todos los comentarios que se han leído sobre el trabajo de los dos periodistas son puramente especulativos. Todos los que los llaman bolches, fachos u operadores no tienen forma de saber qué va a ocurrir con esa trayectoria por el simple hecho de que no está trazada, no tiene suficientes puntos. Peor aún, cualquiera que se haya tomado la molestia de mirar la trayectoria previa de ambos periodistas (esa sí con suficientes puntos) y no tenga puesto un pesado balde partidario e ideológico en la cabeza podría darse cuenta de que muestra a dos periodistas incómodos para el poder. Lo encarne quien lo encarne y sea del partido u organización que sea.

    Haberkorn tiene una extensa trayectoria como periodista de investigación y ha revelado más detalles importantes de nuestra historia reciente que muchos historiadores, no hablemos ya del resto del periodismo. Y Hounie es reconocido como un entrevistador que no tiene reparos en repreguntar lo que le parece relevante cuando entrevista a alguien. Por supuesto, ninguno de los dos está claramente alineado con ningún partido político y lo que votan es, democráticamente, un asunto privado.

    Eso, en un país en donde la fidelidad a las divisas es tan antigua como el país mismo, es una especie de herejía que deja a cualquiera a la intemperie. Una intemperie que se ve agravada por la fragilidad (casi inexistencia) de una sociedad civil de verdad, con organizaciones que miren desde la perspectiva ciudadana y/o profesional. No hay que olvidarse de que Uruguay es un país en donde es habitual que los politólogos ejerzan de asesores de los partidos, incluso cuando se supone que están analizando la política desde su expertise. Tanto amor a las banderas tiene a la vez algo bueno, la solidez del sistema democrático partidario; y algo malo, el señalamiento furibundo de cualquiera que no esté alineado con los dogmas partidarios del momento.

    Por descontado, ni Haberkorn ni Hounie necesitan que los defiendan, llevan años haciéndolo solitos y de manera más que eficiente. Lo que resulta interesante es observar ese giro en el que, cuando un periodista ejerce la tarea central del periodismo, que es fiscalizar al poder, sistemáticamente aparece un grupo, pequeño o grande, de ciudadanos molestos justamente porque lo hace. Si el periodismo no fiscaliza al poder, ¿quién lo va a hacer? ¿Una arrocera? ¿Antel? ¿Un puñado de ciudadanos furiosos por el atrevimiento periodístico? ¿La directiva del Club de Bochas Nueva Palmira?

    Se podrá cuestionar y hasta exigir calidad a la tarea periodística. De hecho, eso es tan necesario e importante como la tarea misma del periodismo como fiscalizador. Pero no ver que el manejo de sus deudas o los detalles de la suspensión de su título de un exdiputado actualmente en vías de ser fundador de un nuevo partido son especialmente relevantes para el público es haber comprado el pack partidario completo. Es, además, colocarse como ciudadano en una posición especialmente vulnerable frente al poder. Si uno se siente en órsay cuando dos periodistas se toman en serio el asunto de la fiscalización, es que hace rato compró la historia de la realidad como bandos irreconciliables, que solo pueden dedicarse a una agonística sin final.

    Eso, creer que la vida política y social de un país es una agonística, un combate eterno sin resolución, termina convirtiendo la polarización en una estrategia permanente de gobierno y de supervivencia política. Que eso lo empujen (algunos) partidos políticos es esperable. Cuando no se tiene mejor herramienta que la polarización se echa mano a eso o a lo que sea. El problema es cuando esa simbiosis termina arrastrando al ciudadano a sospechar antes de las intenciones del periodismo (salvo cuando el periodismo confirma su prejuicio) que de las declaraciones de un político cuando es entrevistado (salvo cuando es de “los otros”). Una noción rica de lealtad democrática debería permitir la fiscalización de “los míos”.

    Los partidarios de la agonística parecen vivir en un mundo fantástico en donde todos lo que no piensan como ellos bien serán convencidos o bien desaparecerán del mapa en un éxodo a, qué sé yo, Paraguay. Los que humildemente creemos que esta es una sociedad de verdad diversa, nos interesamos más por el gris de lo real, en donde todos los que piensan distinto seguirán pensando distinto y conviviendo en un mismo país (casi pongo “territorio”, pero me contuve). Que la intemperie partidaria sea menos costosa socialmente podría ser una buena meta para cualquier organización de la sociedad civil que de verdad valore lo de “civil”.

    ¿Serán Haberkorn y Hounie igual de punzantes con los demás políticos que entrevisten? No hay razón para pensar que no, después de todo son dos periodistas que han dado sobradas muestras de su capacidad para incomodar a los poderosos, especialmente en el ámbito de la política. Incómodos como lo fue Daniel Figares, un periodista sin concesiones que no tenía el menor prurito en repreguntar todo lo que le pareciera necesario para encontrar lo que consideraba informativamente relevante. Claro, hay que ver cuántos políticos aguantan la tacada y se animan a ir al programa.

    Como dice esa vieja máxima que ha sido atribuida a una docena larga de periodistas: “Todo lo que un patrocinador quiere que se publique es publicidad; todo lo que quiere evitar que aparezca en el diario es noticia”. Así que, ¿exigirle calidad a la prensa?, por supuesto. ¿Enojarse porque hace su trabajo?, no tanto. Eso es ponerse a hacer los deberes de alguien más y, de paso, colocarse en una posición de indefensión ante los poderes políticos. No parece un gran plan para el ciudadano de a pie.