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    El silencio también comunica

    ¿Qué nos pasó para que la ausencia en una red social se lea como un mensaje sobre la relación?; ¿en qué momento empezamos a medir el afecto o el respeto en seguidores, en reacciones, en el aviso de que alguien vio lo que publicamos?

    Columnista de Búsqueda

    Hace un mes borré mi cuenta de Instagram. No fue una decisión heroica ni el resultado de un retiro espiritual. Fue algo más simple, casi aritmético. Me di cuenta de que le estaba dedicando demasiado tiempo a algo que, si era honesto conmigo mismo, no me importaba tanto. Y había otra razón que me incomodaba más. Les pido a mis hijos que dejen el celular, que levanten la cabeza en la mesa, que no pierdan tiempo con videos sin sentido. Difícil sostener ese discurso con el pulgar deslizándose por historias ajenas y videos que aparecen com resultado de algoritmos inentendibles.

    Lo que no esperaba fue lo que vino después. En estas semanas, varias personas me escribieron o me frenaron para preguntarme si me habían hecho algo. “Me bloqueaste de Instagram”, me dijeron, con un tono que oscilaba entre la broma y la herida. Alguno incluso repasó en voz alta nuestro último intercambio, buscando dónde se había equivocado.

    No había bloqueado a nadie. Simplemente ya no estaba ahí. Pero la conclusión inmediata de algunos fue que algo se había roto entre nosotros. Y eso me dejó pensando. ¿Qué nos pasó para que la ausencia en una red social se lea como un mensaje sobre la relación? ¿En qué momento empezamos a medir el afecto o el respeto en seguidores, en reacciones, en el aviso de que alguien vio lo que publicamos?

    Creo que la respuesta tiene menos que ver con Instagram que con algo más profundo. Vivimos interpretando silencios. Cuando alguien no responde, no aparece o desaparece sin explicación, completamos el vacío con la peor hipótesis disponible. Y lo curioso es que, mientras nos inquieta que un conocido ya no nos siga, toleramos con bastante resignación un silencio mucho más concreto y costoso, el del mundo real.

    Todos lo conocemos. El mail que nunca vuelve. La llamada que no se devuelve. El mensaje que queda en visto durante días, con esos dos tildes azules que funcionan como una pequeña humillación. La reunión que se pide con respeto y se posterga sin fecha, hasta que uno entiende que la postergación era la respuesta. En inglés le dicen ghosting, y aunque el término nació para describir citas que se esfuman, hace tiempo que se instaló en las oficinas.

    Si uno quiere entender hasta dónde llegó esto, alcanza con escuchar a los más jóvenes hablar de sus vínculos. Para ellos el ghosting no es una anomalía sino una categoría más, con diccionario propio. Está el ghosting clásico, el que desaparece sin dejar rastro. Está el orbiting, el que no te contesta un mensaje pero mira todas tus historias, como un satélite que nunca aterriza. Está el breadcrumbing, el que te tira miguitas, un like por acá, un emoji por allá, lo justo para que no te vayas. Y está mi preferido, el zombieing, el que se esfumó hace seis meses y un martes a las dos de la mañana resucita con un “hola, perdido”. Uno escucha esta taxonomía y se siente un antropólogo frente a una tribu recién descubierta. Hasta que cae en la cuenta de que la tribu no es tan nueva. Los adultos hacemos exactamente lo mismo, solo que con corbata, con copia al gerente y con la excusa de que estamos muy ocupados. El zombi corporativo existe. Es el que no respondió durante un año y un día te escribe, muy cordial, porque necesita algo.

    Investigadores de la Universidad de Jyväskylä, en Finlandia, entrevistaron en abril de este año a un conjunto de trabajadores para entender este fenómeno y llegaron a una clasificación que me parece muy útil. Hay quien desaparece por agenda, porque la urgencia del día se come todo lo demás. Hay quien lo hace por desorganización, simplemente porque el pedido se perdió en una bandeja caótica. Hay quien lo hace por evitación, porque responder implica decir que no, dar una mala noticia o enfrentar una conversación incómoda. Y hay quien lo hace por irritación, como forma silenciosa de marcar molestia. La conclusión de los autores es incómoda. El silencio rompe la norma básica de reciprocidad, y lo hace de manera asimétrica, porque al que calla le resulta cómodo y al que espera le cuesta.

    Esa asimetría se vuelve más evidente cuando entra en juego el cargo. Todos conocemos a alguien que, al subir un escalón, empezó a responder menos. No necesariamente por maldad. A veces es algo más sutil y más preocupante. Silvia Bellezza, profesora de Columbia, estudió cómo la ocupación se transformó en un símbolo de estatus. En sus experimentos, las personas atribuían sistemáticamente más estatus a quienes mostraban agendas desbordadas y ningún tiempo libre. Estar ocupado dejó de ser una queja para convertirse en una forma elegante de presumir. Y si estar ocupado es señal de importancia, no tener tiempo para responder termina siendo, consciente o inconscientemente, una manera de comunicar jerarquía. Mi silencio dice que mi tiempo vale más que el tuyo.

    Lo más interesante del trabajo de Bellezza es que el efecto no es universal. En Italia, por ejemplo, ocurre lo contrario, y el tiempo libre sigue siendo el verdadero signo de estatus. Eso significa que la relación entre importancia y falta de tiempo no es una ley natural sino una construcción cultural. Algo que aprendimos y que, por lo tanto, podemos desaprender.

    Pero sería injusto quedarse solo con la explicación de la soberbia. Emma Russell, psicóloga organizacional de la Universidad de Kingston, cuenta el caso de un jefe de departamento con más de mil mails sin leer, tan abrumado por esa montaña que directamente no podía enfrentarla. Desde afuera, su silencio parecía desprecio. Desde adentro, era parálisis. Muchas veces lo que leemos como arrogancia es saturación, y lo que interpretamos como desinterés es miedo a abrir una puerta que traerá más trabajo.

    También vale la pregunta inversa. Antes de indignarnos con el que no contesta, conviene revisar nuestra propia bandeja. ¿Cuántos mails tengo marcados para responder “cuando tenga tiempo”? ¿Cuántas llamadas dejé pasar sabiendo que la conversación iba a ser incómoda? ¿A cuántas personas les dije que nos tomábamos un café y nunca puse la fecha? Es fácil reconocer el ghosting cuando lo sufrimos y muy difícil cuando lo practicamos. Casi siempre tenemos una buena razón para nuestro silencio y ninguna para el ajeno.

    Ahí aparece la conexión con mi pequeña historia de Instagram. En los dos casos el problema es el mismo. Dejamos que el silencio hable por nosotros, y el silencio casi siempre se interpreta de la peor manera. El que borró una aplicación es leído como alguien que se enojó. El que no contesta es leído como alguien que desprecia. A veces la lectura es injusta y a veces es exacta, pero en ambos casos la relación paga el costo.

    Para quienes lideran, esto tiene una implicancia concreta. Cuando uno tiene un cargo, su silencio pesa más. Un mensaje sin respuesta de un par es una molestia. El mismo silencio viniendo de un gerente, un director o un inversor puede frenar un proyecto, generar ansiedad en un equipo o hacer que un emprendedor dude de sí mismo durante semanas. El poder amplifica todo, también lo que no hacemos.

    No se trata de responder todo al instante ni de vivir esclavos de la bandeja de entrada. Se trata de algo más modesto y más difícil, que es cerrar los círculos. Un “ahora no puedo” es infinitamente más respetuoso que la nada. Un “no me interesa, gracias” libera al otro para seguir adelante. Un “te respondo el jueves” convierte la espera en un acuerdo. Ninguna de esas respuestas lleva más de 30 segundos, y todas dicen algo que el silencio nunca dice, que el otro existe. A veces es bueno pensar cómo nos hubiera gustado que nos trataran a nosotros hace 20 años.

    Dejé Instagram con el objetivo de recuperar algo de tiempo o al menos de invertirlo mejor. Lo que estoy aprendiendo es que el tiempo que de verdad importa no es el que dejamos de mirar pantallas, sino el que dedicamos a no dejar a nadie esperando. Quizás la verdadera señal de estatus no sea estar demasiado ocupado para responder, sino tener la grandeza de hacerlo igual.