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    Esperando el “milagro”

    La agenda procrecimiento desplegada hasta ahora por el gobierno y otras acciones esbozadas tienen la orientación correcta, aunque es posible que resulten insuficientes para mover la aguja de la inversión privada

    En varios eventos recientes, el último la semana pasada organizado por la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), el ministro de Economía, Gabriel Oddone, volvió a desafiar al empresariado a esperar menos del Estado y a estar más dispuesto a asumir riesgos.

    Después de repasar los ejes de su gestión y diversas medidas impulsadas y otras por venir, señaló la necesidad de que, más allá de los megaproyectos, los empresarios locales en general también “tengan una tasa de inversión más acelerada, y eso requiere generar mejores condiciones de rentabilidad”.

    “La única razón por la cual al final del día la inversión privada tiene lugar es por la rentabilidad. (...) Y está bien que así sea; en una economía descentralizada, una economía de mercado, la rentabilidad es la que lleva a los empresarios a tomar decisiones de mayor inversión, y eso es lo que las condiciones de políticas públicas tienen que promover”, opinó el ministro.

    La tasa de inversión en capital fijo en Uruguay, del orden del 16% del Producto Interno Bruto, es de las más bajas de la región y, salvo en años en que hubo megaproyectos como los de las plantas de celulosa o del tren para UPM, esa cifra no despegó. En ese sentido, a corto y mediano plazo no hay perspectivas de que eso cambie, y la esperanza parece puesta en algún emprendimiento para la producción de hidrógeno verde o en la instalación de data centers.

    Como dijo recientemente Nicolás Herrera, abogado y exsocio principal del estudio Guyer & Regules, entrevistado en el podcast Nominal del Observatorio de la Coyuntura Económica de la Universidad Católica conducido por Javier de Haedo, “venir a invertir en Uruguay, estando todo el planeta a disposición, es un milagro”.

    Es cierto que Uruguay da certezas institucionales y garantías de respeto a las normas y los contratos que no se consiguen en gran parte de América Latina, aunque sí en otras zonas del mundo, no solo en economías desarrolladas. Pero la contracara de ese entorno de estabilidad es un país con un mercado interno reducido y que tampoco ofrece un trampolín más allá de Sudamérica al carecer de una red amplia de acuerdos comerciales; los costos productivos en general son elevados; las normas laborales resultan demasiado rígidas para algunas actividades, sobre todo las vinculadas con las nuevas tecnologías, y el riesgo de pérdidas derivadas de un poder sindical que muchas veces se expresa a través de medidas de lucha duras y desgastantes, como se vio a lo largo de este año en el Puerto de Montevideo. Así, la ecuación de rentabilidad no siempre cierra y los empresarios piensan dos veces al momento de contratar un nuevo trabajador o de invertir en una máquina o en mejoras edilicias.

    La agenda procrecimiento desplegada hasta ahora por Oddone y su equipo, así como las acciones esbozadas para modernizar el área portuaria, logística y energética, tienen la orientación correcta, aunque es posible que resulten insuficientes para mover la aguja de la inversión privada. Por eso, la idea del ministro, para hacer a Uruguay más competitivo, de poner en discusión la tributación sobre la renta empresarial orientada a un abatimiento de la carga —aunque no se ejecute en este período de gobierno— parece oportuna. Los uruguayos nos merecemos más que depender de la ocurrencia de “milagros”.