Brasil cuenta con un amortiguador externo. “Es un exportador neto de petróleo, con una producción cercana a 4 millones de barriles diarios. Por lo tanto, este contexto global de mayores precios del crudo por el conflicto en Medio Oriente supone un shock de términos de intercambio positivo para la economía”, comentó Alejandro Vallcorba, analista de la consultora Exante.
El punto de fondo, sin embargo, no está solo en la tasa de expansión del PIB. Para Silvia Matos, investigadora del Instituto Brasileño de Economía de la Fundación Getulio Vargas (FGV IBRE), el país estuvo creciendo “por encima de su potencial, lo que llevó a una aceleración de la inflación. Era necesario reducir el ritmo de crecimiento para llevar la inflación a la meta de 3%”, respondió a Búsqueda.
Estimó que la tasa de crecimiento potencial está en torno a 1,8%. Por eso, el crecimiento de 3,4% de 2024 y la expansión de 5,1% del consumo de los hogares ese año configuraron, según ella, “un ritmo insostenible”. La razón principal está en la productividad. Según datos del Observatorio de Productividad Regis Bonelli de FGV IBRE, entre 2020 y 2025 la productividad laboral creció apenas 0,3% anual. En ese período, explicó Matos, el ingreso per cápita creció 1,7% anual, pero por la recuperación del empleo, no por una mejora relevante de la productividad. Además, los avances estuvieron “altamente concentrados en la agricultura”.
En su Boletim Macro de mayo, FGV IBRE advirtió que la productividad del trabajo “ha contribuido poquísimo” al crecimiento económico brasileño y que ese patrón no es sostenible. El informe agregó que Brasil ya agotó los frutos del bono demográfico, por lo que pasa a depender cada vez más de ganancias de productividad.
“El modelo actual de crecimiento brasileño no es sostenible: hay un uso intensivo del factor trabajo con bajo crecimiento de la productividad”, resumió Matos. Si la economía crece apoyada en empleo y salarios, pero sin mejoras equivalentes de productividad, ese dinamismo puede transformarse en presión de costos e inflación.
La inflación no cede
El consumo sigue jugando a favor de la actividad. Vallcorba señaló que se observa “un buen desempeño del consumo doméstico, en un contexto de fuerte aumento de los salarios, un mercado laboral que se mantiene firme, caída del tipo de cambio y una dinamización del crédito en el marco de expectativas de una política monetaria menos restrictiva”.
Pero esa fortaleza limita el margen del Banco Central. La Selic, tasa de referencia de Brasil, se mantuvo en niveles muy altos durante todo el año pasado, “con tasas que en términos reales eran mayores a dos dígitos”, y aunque en marzo pasado empezó a bajar, todavía se ubica en 14,5%. Al mismo tiempo, la inflación subió a 4,5%, por encima del objetivo puntual de 3% y en el techo del rango de tolerancia.
“Todo esto limita el espacio de reducción de tasas en Brasil”, afirmó el economista de Exante. Al inicio del año se esperaba que la Selic cerrara 2026 en 12,25%; ahora los analistas apuntan a 13,25%, mientras el último Comité de Política Monetaria resaltó que se requiere mantener una política monetaria restrictiva “de un modo prolongado”.
Matos también ve poco margen para una baja más agresiva: “Lamentablemente, en nuestra visión, la tasa de interés debería ser reducida como máximo a 14%”. Aun ese nivel, advirtió, es “muy alto”, porque equivale a una tasa real cercana a 9% anual.
Para esa economista, el problema más difícil no son los shocks de oferta, que suelen disiparse, sino la inflación de servicios; “es la más difícil de combatir sin generar desempleo”. Esa preocupación vuelve a conectar inflación, mercado laboral y productividad.
El fiscal, el verdadero riesgo electoral
La atención también está puesta en las finanzas públicas. En un año electoral “la política fiscal suele tornarse algo más expansiva” y subsidiar el shock del precio del petróleo “pone presión a las cuentas públicas”, señaló Vallcorba.
Brasil tiene un déficit fiscal superior al 9% del PIB y se espera que la deuda bruta siga subiendo: cerró 2025 en algo menos de 80% del Producto y se proyecta en torno a 90% en 2028. Aunque existe una regla fiscal, ese analista señaló que en los últimos años hubo “muchas partidas declaradas excepcionales y excluidas del perímetro fiscal”.
Según estimaciones de analistas locales citadas por Vallcorba, Brasil necesitaría un superávit primario superior a 2,5% del PIB para estabilizar la deuda, “un nivel que resulta difícil de compatibilizar con la orientación del gasto de ambos candidatos”.
“Brasil necesita construir credibilidad sobre cómo consolidará las cuentas públicas”, sostuvo. Pero hasta ahora ese no fue un tema central de campaña y los principales candidatos no pusieron énfasis en un ajuste.
Matos coincide en que el problema es estructural. “Además de la baja productividad, Brasil tiene un problema fiscal crónico: un déficit estructural durante casi 10 años consecutivos, que es difícil de resolver porque ya tenemos la carga tributaria más alta y un nivel de deuda muy superior al de nuestros pares”, afirmó. Su conclusión fue tajante: “La deuda pública no es sostenible” a largo plazo.
Para la investigadora, detrás de esa fragilidad hay también un problema institucional: el Estado brasileño es vulnerable a la presión de grupos de interés que capturan parte del presupuesto mediante incentivos costosos y de baja efectividad. “Nuestras políticas públicas no generan ni eficiencia ni equidad. En otras palabras, el Estado no cumple su rol”, sostuvo.
La campaña puede agravar esa tensión. “Durante las elecciones, el gasto solo aumenta, empeorando la situación fiscal para el próximo gobierno, la llamada ‘herencia maldita’”, acotó Matos. Si el candidato ganador no logra convencer de que habrá consolidación fiscal, agregó, el escenario puede reflejarse “en un tipo de cambio más depreciado y en un empeoramiento significativo de las condiciones financieras, potencialmente llevando al país a una recesión”.
Para Vallcorba, ese es el principal riesgo macroeconómico de Brasil: “Puede derivar en un fuerte deterioro de expectativas, depreciación de la moneda, retroalimentar las expectativas de inflación y obligar al Banco Central a sostener una política monetaria muy contractiva que atente contra la actividad económica”.
El canal que mira Uruguay
Ese eventual cambio de escenario es el que Uruguay debe mirar de cerca. Vallcorba sostuvo que, desde la perspectiva uruguaya, el canal más importante a monitorear es el cambiario. “Si bien hoy somos menos dependientes de la región que hace algunos años, Brasil sigue siendo un socio clave, es el tercer principal destino de nuestras exportaciones de bienes y tiene una incidencia muy relevante en el sector turístico”, señaló.
Un informe del Instituto Uruguay XXI sobre Brasil muestra la densidad de ese vínculo. En 2025, Uruguay exportó a Brasil US$ 1.954 millones e importó desde ese país US$ 2.742 millones; la canasta exportadora incluyó vehículos, lácteos, plásticos, malta, trigo, arroz y concentrados de bebidas. Más allá de los bienes, Brasil importó más de US$ 103.000 millones en servicios en 2024, con demanda en áreas donde Uruguay es competitivo, como servicios empresariales e informática.
Vallcorba aportó que en el primer trimestre de este año, el gasto de turistas brasileños en Uruguay fue de unos US$ 100 millones, que representó el 12% de las divisas generadas por el turismo receptivo. También señaló que, según el indicador de precios fronterizos de la Universidad Católica del Uruguay, Artigas está alrededor de 50% más caro que Quaraí, con diferencias marcadas en rubros como bebidas alcohólicas, tabaco y productos para el hogar.
“Para Uruguay siempre es favorable que los países de la región crezcan y tengan estabilidad macro”, sintetizó. “En lo que respecta a Brasil, el principal riesgo, en mi lectura, viene por el lado fiscal y por la voluntad y la fuerza política que tenga el próximo gobierno para encarar el ajuste que se necesita. Si eso no se da, el riesgo es que volvamos a ver una depreciación de la moneda brasilera, con impacto directo para Uruguay en turismo, comercio exterior y comercio de frontera”.