Mientras todavía estaba en categorías menores, recibió el llamado para integrar la selección uruguaya U14 siendo jugadora U12. “Eso me dio confianza. Pensé: si llegué hasta acá, ¿por qué no puedo llegar más lejos?”, recuerda. A partir de entonces, el entrenamiento pasó a ocupar un lugar central en su vida. Horas extra, preparación física, alimentación y descanso empezaron a formar parte de una rutina que con el tiempo se volvió cada vez más exigente.
Ese crecimiento la llevó luego a Defensor Sporting, donde se unió a un plantel integrado únicamente por mujeres. Allí siguió desarrollándose como jugadora y encontró un entorno que, asegura, todavía hoy la acompaña. Cada vez que vuelve a Uruguay aprovecha para entrenar con las violetas.
Defensor Sporting
Lucía vistiendo la camiseta de Defensor Sporting.
Defensor Sporting
Pero el gran cambio llegó en pandemia —o “pandemía”, como todavía se le escapa en portugués—. Con apenas 14 años, recibió una propuesta para irse a jugar a Criciúma, en la costa sur del estado de Santa Catarina, en Brasil. La idea de emigrar sola siendo tan chica podía parecer una locura, pero para ella no había demasiadas dudas. “Me voy, me voy, me voy”, le repetía a su familia apenas llegó la oferta. Finalmente, sus padres la apoyaron y comenzó una aventura que terminaría cambiándole la vida.
Los primeros meses no fueron fáciles. No hablaba portugués, extrañaba a su familia y no sabía ni cocinarse un arroz. Sin embargo, con el tiempo encontró su lugar. Dominó el idioma, terminó el liceo y empezó a crecer no solo como jugadora, sino también como persona. “Maduré muchísimo”, resume.
Durante esos cuatro años en Criciúma, Lucía sintió además el impacto de competir en un contexto donde el básquetbol femenino tenía otro desarrollo. Entrenamientos más intensos, mayor estructura y la posibilidad de jugar tanto en categorías juveniles como con mayores aceleraron su crecimiento. “Allá el básquetbol está mucho más avanzado y eso me ayudó muchísimo”, explica.
Al poco tiempo, surgió otro desafío: una entrenadora brasileña que trabajaba en Estados Unidos la vio jugar y la contactó para ofrecerle una oportunidad en el básquetbol universitario. Una vez más, el cambio significaba empezar de cero: otro idioma, otra cultura y un nivel de exigencia todavía más alto. “Pensé: si pude hacerlo una vez, ¿por qué no otra?”, dice. Y otra vez se animó.
El sueño americano
Llegó al condado de Graham para jugar en la Eastern Arizona College, apenas sabiendo decir hello. Las primeras semanas, sus compañeras le hicieron de traductoras durante las clases; en la cancha, dice, no fue necesario porque “en el básquetbol se habla un mismo idioma”.
Según narra, la experiencia universitaria fue tal como la pintan las películas: dormitorios dentro del campus, gimnasios gigantes, tribunas llenas y una rutina en la que el deporte y el estudio tienen el mismo nivel de importancia. “Si te iba mal en clase, te ponían a correr o te sacaban de los entrenamientos”.
En lo deportivo, Lucía sintió rápidamente la diferencia en la intensidad de los entrenamientos, el roce y la competitividad diaria. “Tenía todos los brazos marcados”, dice entre risas al recordar las primeras prácticas. Sin embargo, lejos de incomodarla, ese estilo encajó con una forma de jugar que ya traía desde sus años enfrentándose a varones en Verdirrojo: choque, contacto y no dar una pelota por perdida. “Si tengo que jugar fuerte, físico, me encanta”, asegura.
Eastern Arizona 2
Durante la última temporada, la ala-pívot disputó 37 partidos, promediando 7,4 puntos y 5 rebotes.
“En pretemporada, corríamos a las seis de la mañana, después tenía clases desde las ocho hasta el mediodía, entrenábamos de una a tres y después seguíamos con físico. A veces, tenía clases otra vez de noche. Llegaba y me dormía enseguida”, relata Lucía.
De todas formas, siempre encontraba la manera de compartir tiempo con sus compañeras. Cuenta que la entrenadora organizaba actividades fuera de la cancha para fortalecer el grupo: iban juntas al cine, salían a comer o pasaban tiempo en la propia universidad después de las prácticas.
Un título histórico
Gracias al básquetbol, Lucía conoció casi todo Estados Unidos (en teoría). Los viajes eran constantes, pero el tiempo libre escaso: hoteles, entrenamientos, partidos y otra vez a la ruta. “Viajo, viajo, pero a jugar nomás”, cuenta.
Durante su primera temporada en el College Eastern Arizona no pudo mostrar todo su potencial. Distintas situaciones internas terminaron condicionando el cierre del campeonato y dejando la sensación de que había quedado algo pendiente.
La revancha llegó este año. Con la misma base de jugadoras, el equipo consiguió consagrarse campeón nacional y darle a Eastern Arizona el primer título de básquetbol femenino de su historia. En ese formato, explica Lucía, no hay margen de error: “Perdés un partido y te vas para tu casa”. Quizás por eso el campeonato tuvo un valor todavía más especial.
Campeonato con Eastern Arizona
Lucía Auza fue clave para que eastern Arizona obtuviera su primer título de básquetbol femenino.
La final fue contra New Mexico, en Louisiana. “El vestuario lo dimos vuelta”, resume Lucía. Y la fiesta siguió cuando volvieron a Arizona: estudiantes, otros deportistas y autoridades de la institución las esperaban para seguir celebrando el título. “Creo que fueron tres días de festejo”, dice, con una sonrisa de oreja a oreja.
Durante la temporada, Lucía disputó 37 partidos y promedió 7,4 puntos y 5 rebotes por encuentro, consolidándose además como una pieza habitual en la rotación del equipo, con más de 20 minutos en cancha por partido. También se destacó por su intensidad defensiva, su presencia física cerca del aro y el aporte constante en rebotes ofensivos y recuperaciones, gracias a sus 1,83 m de altura. De todas formas, las estadísticas no la obsesionan demasiado y asegura que le presta más atención a corregir detalles de su juego que a los números.
El gran salto
Ahora, el próximo desafío ya tiene nombre: Northern Kentucky University. Después de dos años en Arizona, Lucía dará el salto a División 1, el nivel más alto del básquetbol universitario estadounidense, un escenario donde la exigencia deportiva y la exposición vuelven a crecer.
El proceso para llegar hasta ahí también muestra cómo funciona el mundo del deporte universitario en Estados Unidos, cada vez más profesionalizado. Las universidades siguen a las jugadoras, analizan partidos, hacen ofertas y compiten entre sí para convencerlas de sumarse a sus programas. “Ellos te contactan y te dicen lo que tienen para ofrecer”, explica. En muchos casos, esas propuestas incluyen becas para estudiar, alojamiento, alimentación y un dinero extra destinado a los deportistas.
Lucía recibió más de una oferta antes de decidirse. Viajó a conocer las universidades, recorrió instalaciones, habló con entrenadores y convivió algunos días con parte del plantel antes de tomar la decisión final. En Kentucky encontró algo que la terminó convenciendo más allá de lo deportivo: “Son muy unidos, muy familia”.
La diferencia con su experiencia anterior también será grande. En Arizona vivía en una zona mucho más tranquila y aislada; Kentucky, en cambio, implica una dinámica más urbana y una estructura todavía más importante alrededor del básquetbol. El salto a División 1 significa enfrentarse a jugadoras que muchas veces tienen como objetivo inmediato llegar al profesionalismo. “Tenés que resaltar un poquito más”, resume ella sobre un nivel en el que prácticamente todas fueron figuras en sus equipos anteriores.
Aunque el objetivo final es la WNBA, Lucía intenta convivir con esa presión sin perder de vista el disfrute. Sabe que cuanto más avanza, más exigencias aparecen y más gente empieza a mirar. “Obviamente sentís esa presión”, admite. “A veces las exigencias te dejan un poquito para abajo, pero es lo que elegí”.
Al mismo tiempo, asegura que el sueño sigue intacto. “Estar en División 1 ya es un pasito más”, dice sobre una meta que ninguna uruguaya consiguió todavía: llegar a la WNBA. Y aunque reconoce que parece algo lejano, vuelve a la idea que atraviesa toda su historia: “pasito a pasito”.
Una generación que empuja
La selección uruguaya aparece de fondo a lo largo de toda su historia. Fue, de hecho, una de las primeras señales de que podía aspirar a algo grande. Detrás de ese proceso estuvo también Alejandro Gallego Álvarez, uno de los entrenadores que más la marcaron en sus primeros años y quien le recomendó dar el salto a Defensor Sporting.
Aunque hace años vive afuera, Lucía sigue muy conectada con la selección y con el básquetbol uruguayo. “El sueño de toda uruguaya es representar a Uruguay”, afirma sobre una camiseta que ha tenido la oportunidad de defender tanto en torneos juveniles como de mayores, incluyendo el Sudamericano, los Juegos Odesur y competencias panamericanas de 3x3 y 5x5.
Desde Estados Unidos también observa con atención el crecimiento de la liga local. Cree que la diferencia con otros países todavía es grande, especialmente después de haber vivido de cerca la realidad de Brasil y del sistema universitario estadounidense. “Ellas se juntan mucho más, entrenan más tiempo”, compara sobre las selecciones brasileñas. Uruguay, en cambio, muchas veces llega a los torneos con menos preparación, menos estructura y menos recursos económicos para el básquetbol femenino.
Aun así, siente que el cambio empezó. Ve una liga más competitiva, con más equipos apostando por el femenino, llegada de extranjeras y mayor apoyo institucional. Al mismo tiempo, cree que todavía existe una distancia importante respecto al básquetbol masculino, sobre todo en las posibilidades económicas y profesionales. “Todas aspiramos a tener esa igualdad”, admite. Por eso entiende también que muchas jugadoras terminan buscando oportunidades afuera para poder crecer, competir a otro nivel o incluso vivir del deporte.