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    “No lo digo con pedantería, pero cumplí con ser un buen actor”

    El argentino Miguel Ángel Solá regresa a Montevideo con Doble o nada, una obra que aborda la relación de poder entre el director de un medio de comunicación y una de sus posibles sucesoras

    Miguel Ángel Solá pasó una noche difícil, pero no parece cansado. Antes de llegar a Montevideo hizo una función en Argentina, tuvo problemas con su auto en la ruta y se trancó en el tránsito rumbo a tomar el barco que lo llevaría de Buenos Aires a Colonia, donde hizo una escala turística junto a su hija Mariana. Recién después de esas peripecias el actor argentino, de 68 años y con pocas horas de sueño encima, llegó a Montevideo. “Pero ya está: llegamos a tiempo para el café”, dice desde la recepción del Hotel Four Points.

    Mientras su hija se apronta para pasear más tarde por Montevideo, Solá se instala en un rincón de la recepción para la entrevista. No tiene apuro. Antes de responder cada pregunta hace una pequeña pausa y medita sus argumentos. Toma un poco de café y contesta con un extraño acento, que quizás responde a las décadas que vivió en España.

    Después de que se lo viera en su protagónico en El último traje, una película sobre un viejo sastre judío que viaja a Polonia para encontrar a un amigo que lo salvó de los nazis, el actor regresa a Montevideo para presentar Doble o nada en el Teatro El Galpón. La obra, que interpreta junto a su pareja Paula Cancio, es una nueva versión de Testosterona, una pieza que se estrenó en Madrid para mostrar la relación de poder entre el director de un medio de comunicación y una de sus posibles sucesoras. “Mezcla los engaños con la traición y el amor concebido desde un lugar un tanto enfermizo. Es una muestra de la sociedad actual”, asegura Solá. La obra se presentará el sábado 10 y domingo 11 de noviembre en el Teatro El Galpón.

    La actriz Paula Cancio, que también es su señora, debutó en teatro con Doble o nada en España. ¿Cómo fue la preparación de los roles en pareja? Fue un trabajo en equipo. Mientras nosotros preparábamos la obra en España, donde se llamó Testosterona, un grupo quería estrenarla en Argentina. Me habían ofrecido hacerla a mí, pero nosotros ya estábamos embarcados en esta versión con Paula. Entonces, le avisé que habíamos ensayado y la estrenamos 20 días antes que ellos. Hicimos una temporada, agotamos localidades y en el medio me llamaron para hacer la serie de televisión La leona, con Paula. Ella debutó en teatro conmigo y probó lo que era estar sobre un escenario con alguien como yo, anárquico y libre. Venía con la idea de que el director manda y le llamó la atención que en teatro es el actor el que manda. A mí me gusta pensar en las obras como si hiciera tres mil funciones para poder comprender el mundo de esos seres o empezar a desechar lo que hay en ellos. Esos mismos seres me eliminan prejuicios que tengo sobre la vida que les doy. Se apoderan de mí pero solo en el escenario. Después bajo y no me acuerdo de nada. Si me preguntás ahora no sabría decirte una frase de golpe. Lo tuvimos que evaluar también porque mi sistema creativo es muy raro, no tiene nada que ver con la estructura.

    ¿Cómo define su sistema creativo? Soy anárquico y me gusta mucho dejar de respetar lo comprendido para seguir viviendo como el personaje. En el teatro siempre quieren que aprendas la letra de memoria y yo le tengo terror a eso. Es literatura y punto. No es una disciplina vinculada a la métrica. La actuación es una prosa irregular. Esta obra, Doble o nada, está inmersa en la sociedad actual, en el asqueroso o maravilloso —depende de la perspectiva de cada uno— mundo del poder.

    ¿Fue difícil trabajar en la interpretación de un personaje desagradable, abusivo y un tanto misógino? Es cierto que es muy desagradable, pero lo vivimos y lo soportamos mañana, tarde y noche. Aunque puede ser difícil retratar a este hombre, no deja de ser necesario. Es tan importante como interpretar a un torturador, a un hombre que hace feliz a los demás o a un médico que piensa en cómo cuidar a sus pacientes. No hay manera de contar nuestra historia si no la presentamos en el escenario. Y no importa lo que sea. Yo adoro este personaje, a veces me separo y lo juzgo, pero cierro la boca porque tengo que empatizar con él.

    ¿Es posible sentir empatía con un personaje así? Sí, porque en definitiva hace mal en ese contexto, en ese lugar y en ese momento. Él es un tipo manipulador que hace lo que siente que es mejor para lograr que la otra parte haga lo que él quiere. Es un vínculo extraño, pero en todo momento piensa que es lo mejor para la sucesora de su trabajo. Tienen una forma de querer muy rara, y una forma de apostar al otro un tanto peor.

    Pero esa relación de poder entre los hombres y las mujeres se repite en la sociedad. Y cuestiona los roles impuestos en la actualidad. Sí, pero es curioso. Hay mujeres, de determinada edad, criadas bajo determinado contexto, que terminan pensando que la mala persona son ellas porque nacieron en una época diferente. La vida es una serie de malentendidos y no hay forma de ubicar esos hechos a menos que aparezca la voluntad. Estos dos personajes son brillantes porque logran tener al espectador en la punta de la butaca con especulaciones, dudas y miedos. La obra es una lombriz que se retuerce constantemente por los caminos más ásperos. Yo tengo la enorme esperanza de que mucha gente, que en algún momento de la obra se ríe de lo que pasa, al salir del teatro, al pasar los días, no sea capaz de articular una risa si en su realidad sucede lo mismo. La obra no te dice ‘acá está el bueno, acá está el malo’, pero te hace infinidad de preguntas.

    ¿Siempre intenta que sus trabajos propongan interrogantes? Todos tienen una pregunta, pero no hay mensajes. El mensaje está en vos y en qué aceptás como conclusión. Lo que vas a ver es muy buen teatro y, sin embargo, sentís que estás pisando una serie de trampas de todo tipo. Las obras te hacen pensar en los momentos y quizás replantearte los momentos en los que te identificás con lo que ocurre. El ser humano es muy complejo. En (la obra de teatro) Equus el personaje recién en el segundo acto sabe qué es lo que ha pasado. Y el psiquiatra abre diciendo que un niño nace en un mundo con miles de fenómenos capaces de captar su atención, pero cada uno y sin saber por qué repara en algo. Así hacemos conexión las personas: hay algo en el instinto del ser humano que clama por imantarse con esto otro. Y eso pasa también en Doble o nada.

    Después de tantos años de carrera, ¿no tiene miedo a repetir los personajes? No, porque siempre hay nuevos personajes. Yo no hice tantos papeles en teatro, pero mi trayectoria es importante, no es risa. No lo digo con pedantería sino con orgullo: cumplí con ser un buen actor. Y eso fue lo único que pedí en mi vida. Pude haberme equivocado en alguna elección, porque a veces tenés hambre y necesitás comer. El problema es que yo no puedo producir Un enemigo del pueblo y no puedo hacer un Galileo Galilei, no tengo dinero para hacerlo. Esas obras las logran producir los entes estatales, pero sus destinos no terminan de cubrir uno o dos meses de funciones. Hay obras que son para interpretarlas toda la vida aunque en la realidad pase algo diferente. Siempre estoy en el escenario con dos o tres personajes, no mucho más, y los productores dicen que soy muy exigente. Nunca rompí un camarín ni falté a mi trabajo. Pero no transo, tengo esa puta mala costumbre. No soy un simpático de mierda, tengo humor pero no me voy a reír de vos, no me voy a reír de mí mismo. Voy a reírme de una circunstancia que hace que la vida de los demás sea más alegre. Pero no soy astuto, no soy pillo. No pertenezco a los de la viveza criolla: no te voy a afanar un mango, no te voy a tocar nunca nada y te voy a pedir permiso si te quiero dar un beso. No soy invasivo y esas personas no son las que se estilan. Entonces, cuesta más.

    ¿Es exigente consigo mismo? Y, si te digo que nunca falté a una función salvo por tener la médula rota o por haberme roto toda la boca y tener que empezar a hablar de nuevo. También tuve que empezar a caminar de cero, saber que un pie venía después del otro. Soy exigente pero lo soy como todas las personas que se levantan todas las mañanas a hacer el trabajo que quieren. A la noche me voy muy cansado a la cama y los dolores del cuerpo a veces no me dejan hacer todas las cosas que quiero hacer. Me animaría a mucho más, pero tengo que cuidarme porque sé cuáles son los movimientos que me pueden entorpecer definitivamente. Hay muchas cosas que van más allá de la libertad y el deseo, y lo que uno sabe que podría pero no lo logra. Y eso frustra.

    ¿Se imagina fuera de los escenarios? El escenario un día me va a patear y me va a decir que no puedo estar más ahí arriba. Es una tarea de valientes y a veces uno empieza a sentir los miedos de la cobardía. El hecho de no animarme a hacer determinados movimientos porque me puedo quedar duro es un índice de cobardía y de prudencia también. Nunca voy a saber si puedo hacerlo, pero el miedo de quedar duro me tira.

    ¿Por qué dijo que El último traje, de 2017, era su última película en un rol protagónico? Siento que es posible que sea mi despedida de los protagónicos. Tengo que seguir comiendo, no tengo herencia, tengo que seguir trabajando. Pero la realidad es que no soy un tipo muy útil para la industria. Además, todos los lugares están tomados. Ya ves que El último traje anduvo solita por todos lados porque los productores la dejaron morir. Y duró 18 semanas por el boca a boca del público.

    ¿Le frustró que la película solo estuviera cuatro meses en cartelera? No, porque hice bien mi trabajo. Tendría que ser frustrante para ellos (los productores), pero no lo es porque ya tienen otros proyectos. Y otro, y otro y otro. Tienen colocadas sus papas en las gallinas de huevos de oro, donde sí se involucran mucho más.

    ¿Cómo ve el escenario regional para los actores? Siempre son semilleros. La gente tiene que optar entre salir a asaltar, pedir limosna o crear. Es una situación difícil. Esta obra (Doble o nada) se estrenó antes con otros actores en Buenos Aires y duró un mes y medio en cartel. No la fue a ver nadie. Y cuando nosotros quisimos venir con la obra porque ya estábamos haciendo La leona acá nos dijeron que iba contra todo criterio comercial y que ningún empresario admitiría que un fracaso reciente pudiera ser llevado otra vez al escenario. Pensamos que era una pena porque era muy buena, estaba muy fresca y no era necesario poner mucha publicidad. No lo creían. Y entre los amigos se produjo El diario de Adán y Eva, una obra que hicimos con Paula y que tuvimos por más de un año. Después volvimos a presentarla y nos volvieron a decir que íbamos al muere. Ahora que podemos hacerla siento que recién nació.

    En algunas entrevistas dijo que en Argentina no se reconoció la carrera que mantuvo en España. ¿Todavía lo siente? No siento que haya pasado eso, pero en Argentina no se reprodujo nada de lo que yo hice afuera. Es otra cosa. Nada de lo que hice afuera, de lo que gané en todo el mundo, se mostró.

    Entonces, el reconocimiento está. ¿De quién? Si nadie mostró nada. El público se muere, se enferma. En la televisión aparecen los que ganan fortunas cada vez que se presentan en el exterior y son realmente macabros y mediocres como actores. Pero es lo que hay.

    ¿Es lo que vende? Es lo que vende. Pero si hubiese gente que supiera vender tendrían que mostrar otra cosa.

    ¿Consume teatro en Argentina? Veo de todo. Puedo hacer una lista de cosas que vi que son muy buenas. No te olvides que nosotros criamos una niña de cinco años y tenemos la oportunidad de hacer una salida una vez cada dos semanas. Por lo general, vamos a ver obras independientes y algunas —muy pocas— del teatro comercial.

    ¿Cómo vive la paternidad con una hija de cinco años a los 68? Es difícil, pero hermosa. Ya sabés que te vas a despertar con sus grititos y que te vas a ir a dormir cuando puedas. Siempre aparece con sus preguntas, sus inquisiciones de la vida. Es monologuista y hace una especie de compendio de preguntas una sobre la otra. La escuchás hablar de San Martín, la regla o cómo es el colegio. Es un ser hermoso y me hace muchos dibujos porque sabe que soy un baboso. Cada cosa que hace pasa a ser mi mundo.