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    La chica danesa: una historia de amor

    NOBLEZA OBLIGA

    El pasado viernes 5 murió Lohana Berkins. La Berkins —como algunos la llamaban con respeto y admiración, otorgándole el brillo de una diva— tenía poco más de cincuenta años y había nacido en Salta, Argentina. En una entrevista concedida a la periodista Luciana Peker para “Página 12” declaró: “Yo, de muy chiquitita creía que era mujer, que había un error y que ese error iba a ser solucionado. Era muy delicada, no me gustaban los juegos bruscos. Creía que era mujer, jugaba con mis hermanas, jugaba a la mamá. A mi hermana menor (Gloria) la hacía hacer de papá y yo de mamá; si no, no había juego posible. Éramos trece, tenía un montón de hermanos pero yo dormía con mis hermanas. Recién a los trece años tuve claro que no era mujer y que sí era travesti”.

    Contó que su padre le había dado la opción de hacerse “bien hombre” o de irse. Abandonó la casa y se refugió en lo de una tía. Estaba segura de que alguien iría a buscarla, pero nadie lo hizo y a partir de entonces entendió que de ella dependía su destino. Luego vino una época de prostitución, arrestos y violencia de todo tipo. En 1994, Lohana fue fundadora de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual, donde militó hasta el final. Su carrera como activista a favor de los derechos de identidad de género tuvo facetas múltiples y también reconocimientos. En una carta escrita poco antes de morir expresaba su convencimiento acerca de que el gran motor de cambio es el amor. Solo desde allí es posible resurgir luego de tanta humillación y erguirse con orgullo de ser y con fuerza para trabajar por los derechos.

    La referencia al amor parece un lugar común, una explicación simplota para evitar reflexiones más profundas. Sin embargo, por trillada que esté la palabra y banalizado el concepto, nada es más cierto que lo dicho por Lohana. Cuando se ha padecido tanto, cuando cada día se ha debido defender la identidad, cuando se ha vivido bajo el látigo del odio y la dignidad ha sido demolida, no hay forma posible de recomponerse si no es sosteniéndose de la mano amorosa que otro tiende sin buscar recompensa. Sabemos que amamos si atravesamos el cerco de nuestro egoísmo para ir al encuentro de ese otro por el que somos capaces de la total entrega. Aunque eso signifique la pérdida del ser amado.

    La chica danesa, una de las películas que hoy exhiben las salas uruguayas, narra una curiosa historia de amor. La actuación de Eddie Redmayne —buena, aunque un poco forzada, por momentos— y la de Alicia Vikander —magnífica en su trayecto desde el desparpajo a la resignada tristeza— enmarcan la peripecia del pintor danés Einar Wegener, que en la década de los treinta se sometió a varias cirugías para liberar de su cuerpo masculino a la mujer que era.

    La inconveniencia de adelantar escenas me impide contar más sobre el destino de Lili Elbe, el nombre que eligió Einar para su renacimiento. Aunque sí puedo colocar el foco donde creo está la parte menos espectacular, pero más conmovedora de esta historia: la actitud que toma Gerda —la esposa joven y enamorada— cuando comprende que es absurdo oponerse a lo inevitable y decide apoyar a su marido en el proceso de transformación de hombre a mujer.  

    Es este el punto más alto de la película, a pesar de que el núcleo y el disparador de la trama sean otros. Esto no implica subestimar la trascendencia de la reflexión acerca de los complejos vericuetos referidos a la identidad de género, sino que ensalza por encima de lo más evidente, otro aspecto en apariencia secundario que propone la trama. Claro que emociona el proceso interno que hace el personaje encarnado por Redmayne en el descubrimiento de esa percepción que tiene de su ser, tan distinta a la imagen que le devuelve el espejo. Claro que emociona la fuerza de voluntad para ser quien de verdad es. Todo eso impacta y moviliza. Pero se trata, al fin y al cabo, de un cambio que el personaje opera sobre sí y para sí. No de forma egoísta, sino porque no tiene elección. Se observa desnudo y ve a un hombre, aunque en su interior late una mujer. No elige su identidad. Es una mujer. La libertad radica en la decisión de emprender el largo y penoso camino de la transformación.

     Quien renuncia, quien suelta, quien deja ir, quien elige es Gerda. El precio de amar a su marido es perderlo. Ejerce su libre albedrío con una generosidad que solo puede nacer de un profundo sentimiento. Gerda no se victimiza. Entiende y acepta. Y es capaz de renunciar a lo más querido. No concibo un acto de amor más puro e inmenso.

    Gerda ya era una pintora cotizada en 1930, cuando su matrimonio fue disuelto. Parte de su popularidad había sido alcanzada gracias a los espléndidos retratos para los que Einar había posado como Lili Elbe. Más allá de los velos que tiende la ficción, los detalles de esa peculiar relación amorosa quedan expuestos en una película que sortea con elegancia cualquier atisbo de sordidez o sensacionalismo. Vale la pena verla por la historia que cuenta y porque siempre es bueno regalarse un par de horas de belleza.