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    Alternativas para ganarleal Frente Amplio

    Reflexiones electorales. Al Frente Amplio no se le gana por la derecha: afirmación del senador Larrañaga en reciente entrevista de Búsqueda. Vale la pena analizarla pues encierra presupuestos e interpretaciones básicas sobre el Uruguay de hoy.

    Actualmente se acepta casi sin discusión que los términos derecha e izquierda ya no son definiciones útiles, pero, más allá de lo inapropiado de seguir pensando con esas categorías, la frase de Larrañaga solamente tendría sentido si se acepta y se da por bueno que el Frente Amplio es la izquierda. Sin embargo, el actual gobierno frentista se ha plantado, en áreas diversas e importantes, con criterios y orientaciones que no se pueden emparentar con la izquierda (sea lo que sea que ese término abarque). ¿Es de izquierda la posición del gobierno respecto a la OCDE, al acatamiento de sus exigencias y a la voluntad de asociarse? ¿Es de izquierda o de derecha la orientación de nuestra Cancillería con respecto a la Argentina? ¿O respecto al empeño de meter a Venezuela en el Mercosur desconociendo la oposición de Paraguay y urdiendo un subterfugio para saltearla? La misma pregunta se puede hacer en otros campos, por ejemplo en la posición del gobierno respecto al medioambiente (minería a cielo abierto, puente de Garzón, etc.).

    En consecuencia, no estando para nada clara la ubicación del gobierno, da lo mismo sostener que no se le puede ganar por la derecha que por la izquierda. Pero, además, la afirmación —no se le gana por la derecha— parecería indicar que el camino sea ganarle por la izquierda. El problema es que ese lugar ya está ocupado. ¿No es ese el espacio ocupado formalmente por Asamblea Popular y espiritualmente por los comunistas, el MPP (¿el CAP-L?) y algunos más que esperan nerviosos su turno?

    Quizás lo que se quiso decir (y lo que se quiere decir está siempre vinculado con lo que se entiende) es que no conviene oponerse frontalmente al gobierno del Frente Amplio porque eso (ese discurso, esa imagen, esa cultura, ese estilo de actuación política, etc.) es lo que el Uruguay prefiere. Equivale a decir que el Partido Nacional no puede ganar enfrentando y combatiendo aquello con que el Uruguay en el fondo se identifica. Si esto es lo que se quiso decir, el planteo luce un poco más inteligible. No por eso es menos equivocado.

    El error consiste en interpretar (entender) que el Uruguay es básicamente frentista, que hay allí una especie de cauce madre por donde ahora discurre el país (sus gustos, sus temores, su mentalidad, sus aspiraciones, sus sueños, sus manías etc.). Esta visión —reconozcámoslo— es un error a medias o fácil de incurrir porque una porción suficientemente importante de uruguayos da pie para lucubrar (o sospechar) que el país se haya hecho frentista: los resultados electorales algo dicen y no se pueden ignorar. Pero hay dos elementos a tener en cuenta al profundizar en esos guarismos electorales que relativizan su impacto. Primero, que allí se suman, en la misma bolsa, los votos de los encantados por el Frente con los votos de los desencantados de los partidos históricos. Y el segundo elemento a considerar es que, aun así contabilizados los votos del Frente, no llegan a la mitad: hay otra mitad de Uruguay en otro lado.

    Hecha la salvedad, prosigamos con la reflexión. Hay dirigentes políticos que hacen análisis y hay otros que leen encuestas. Si hacer política es seguir la corriente del sentir popular del momento y las tendencias espontáneas recogidas en las encuestas, entonces sí tiene cierto sostén decir que solo es posible desplazar al Frente Amplio del gobierno haciendo-diciendo algo parecido a lo que dice-hace el Frente (pero ofreciendo hacerlo mejor). Es un razonamiento que tiene cierta lógica. Pero no es aceptable porque está basado en una premisa que es numéricamente discutible y políticamente inaceptable: la premisa de que el Uruguay sea constitutivamente frentista (o algo que se le parezca).

    Si, en cambio, hacer política, además de atender a las encuestas, supone analizar la realidad, hacerse una idea propia, un juicio personal de las cosas y elegir y jugarse por lo que se considera bueno para el país, sin temor a enfrentar al propio país y a desestimar lo que se considera malo para el país aunque sea muy popular o muy uruguayo, entonces la cosa cambia. Sería una invitación al Uruguay a salirse del trillo, a dejar atrás la cultura de la repetición. Sería proponerle —al país no frentista y también al frentista, que acaba de probar con amargura lo retrógrado en que se ha convertido el sector político que él votó con ilusión— proponerle otros motivos de adhesión electoral. Naturalmente que no tiene sentido una propuesta genérica. Debe ser una propuesta concreta, por ejemplo de privilegiar el trabajo más que el asistencialismo, colocar la nación por encima del Estado. Una propuesta de diplomacia nacionalista habilidosa y firme en lugar de la integración y sumisión a cuanta organización regional o internacional se cruce. Un respeto por ceñirse al funcionamiento institucional riguroso. Una decisión por liberar a la enseñanza del dominio oscurantista en que está sometida. Y un par de cosas más. No muchas más.

    Todo esto supone la determinación, nacida del convencimiento, de que el resurgimiento de este Uruguay, enriquecido como nunca pero lánguido y decadente, no vendrá por palmearle el lomo sino por sacudirlo. El camino de la verdadera victoria no es ni por la izquierda ni por la derecha, ni por arriba o por abajo del Frente; el camino es conocer al Uruguay, entenderlo, estimarlo sin adulación, tratarlo como adulto y no como a gurí consentido, proponerle un cambio y disponerse a convencerlo para que lo emprenda y lo asuma. Lo otro sería fabricarles a los uruguayos una nueva oportunidad de equivocarse.

    Tiresias