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    El Partido Nacional

    Sr. Director:

    Bajo el título “Concertación para ganar el Uruguay”, el Dr. Antonio Mercader en su columna dominical de “El País” propone extender al ámbito nacional el ensayo acordado para la próxima contienda electoral de Montevideo, “para marcar —dice— el camino hacia la concertación nacional entre blancos y colorados”. Si se trata de sustituir el lema “Partido Nacional” por una denominación neutra y vacía de todo contenido como es el de “concertación”, lo considero un grave error político, que desconoce el sentido y el origen histórico del lema que ostenta la colectividad nacionalista. Pivel Devoto consigna su aparición en 1870, durante la revolución de Timoteo Aparicio, en la proclama de Anacleto Medina cuando este, con su columna, seis meses después de iniciadas las hostilidades, cruza el río Uruguay para incorporarse a las fuerzas revolucionarias. Anacleto Medina, de larga actuación militar —se había iniciado como soldado de Artigas—, era colorado, provenía del ala popular o caudillista, que desde la desaparición de Rivera había dirigido Venancio Flores. La revolución a la que se incorporaba Medina tenía el claro propósito  de recuperar el proceso de institucionalización republicana interrumpido seis años antes por la invasión florista y la intervención abierta del Imperio del Brasil. De esta manera, en la persona de estos dos conductores revolucionarios, Timoteo Aparicio y Anacleto Medina, blanco uno y colorado el otro, convergían las corrientes populares de ambas colectividades adversarias.

    Y viene muy al caso consignar que el lema unificador, que alzaba un contenido sustancial por encima de las banderas partidarias, era el que el comandante colorado había puesto en la frente de sus seguidores. La guerra civil, quizá la más sangrienta de las que enlutaron al país, tuvo una incuestionable significación nacional y republicana y al cabo ella, en 1872, sellada la paz, es dentro de ese espíritu que se funda el Club Nacional, que reúne destacadas personalidades, en cuyo ámbito se concibe el programa nacionalista del 72. Desde entonces desaparece de la documentación oficial partidaria la denominación “Partido Blanco” y es sustituida por “Partido Nacional”.

    La denominación aludía a una sustancia —lo nacional o los valores nacionales— que estuvo siempre presente en los pactos de los caudillos cada vez que acordaban la paz para reanudar el proceso de institucionalización tantas veces interrumpido. Con esta definición, afloraba a la conciencia política aquel elemento subyacente e interpretaba el sentir popular que exigía, de modo imperioso, la constitución de la nacionalidad oriental. Y no es casual que, si bien fue primero un caudillo colorado —no en vano soldado de Artigas— quien lo pusiera en los estandartes, fuese en definitiva el partido blanco el que se apropiara del concepto y de él hiciera su lema inveterado. Es que en la tradición del partido se daban todos los elementos componentes de aquella sustancia: “defensores de las leyes”, de “la soberanía de los pueblos”, de la solidaridad americana, en particular de los pueblos que habían pertenecido al disuelto Reino de Indias. No se renegaba del pasado —aunque algunos así lo vieran—; se buscaba un punto arquimédico para levantar el gran edificio, pero que, la más de las veces de modo implícito, había estado presente en el espíritu de todos los encuentros nacionales que cimentaron los procesos de reinstitucionalización. Es así que la caracterización del Partido Nacional, en las décadas siguientes, permitiera que se le incorporaran personalidades provenientes del constitucionalismo, del liberalismo e incluso del Partido Colorado; entre otros: Martín C. Martínez, que provenía del Partido Constitucionalista y había sido ministro de José Batlle y Ordóñez; Juan Andrés Ramírez, que también venía del constitucionalismo;  Martín R. Echegoyen, que vino del Partido Socialista, en el que había militado en su temprana juventud.

    En el Partido Nacional ningún oriental puede sentirse incómodo. Por sus próceres fundadores, que provienen del más consecuente artiguismo. Por las consignas que lo movilizaron en los casi dos siglos que recorrió: “Defensores de las leyes”, en el  tiempo de Oribe, “Por la Patria”, en el de Saravia, por las garantías electorales y el sufragio universal, en el primer cuarto del siglo pasado y en el último cuarto del siglo XIX. Por la soberanía nacional, con la conducción del Dr. Luis Alberto de Herrera, en los tiempos confusos en que los imperialismos pretendían instrumentar las repúblicas hispanoamericanas. Brega esta última que, en ocasiones, la colectividad se encontró en honrosa soledad. Por la lucha civil contra la dictadura militar, cuya figura más destacada y consecuente, fue, sin duda, Wilson Ferreira.

    Pero es necesario subrayar un aspecto de este rico y multifacético acervo, porque un interesado velo suele ocultarlo a quienes observan con ligereza nuestra historia. El Partido Nacional no fue ajeno a ninguna iniciativa de interés social: fue el principal impulsor de la legislación jubilatoria y previsional, el primer proyecto de ley de limitación de la jornada laboral fue obra de los entonces diputados nacionalistas Luis Alberto de Herrera y Carlos Roxlo, el estatuto del trabajador rural fue iniciativa del Partido Nacional. Y sin ir más lejos, todas las leyes sociales de las dos últimas legislaturas, de las que tanto se ufana el Frente Amplio, fueron votadas por los nacionalistas.

    Pero volvamos a nuestro tema, a la inquietud  del Dr. Mercader por encontrar un lema inclusivo que asegure el camino a “la concertación nacional entre blancos y colorados”. Ese lema existe, es el Partido Nacional, y no solo convoca a blancos y colorados, sino también a frenteamplistas y a todo ciudadano que sienta profundamente los valores republicanos y democráticos. Bianchi es un ejemplo reciente y notable, así como el regreso del senador Saravia. Por otra parte, es el partido de mayor caudal electoral, representa un tercio de la ciudadanía, a bastante distancia del segundo, el MPP. No tiene sentido sustituirlo por un lema sin contenido sustancial y la experiencia del Frente Amplio es al respecto muy ilustrativa. Es cierto que, como dice Mercader, sirvió para ganar elecciones. Pero miremos en su interior. Algunos de los partidos que se cobijaron en el lema, como el Partido Demócrata Cristiano, o los blancos y los colorados que  concurrieron a su fundación, han desaparecido y el conglomerado es controlado por los partidos ideológicos que miran como paradigmáticos los regímenes autoritarios de Cuba y Venezuela, básicamente el Partido Comunista y el MPP. Los demás partidos de la coalición carecen de peso, acatan la disciplina y reciben migajas de poder. Desde luego, respetan el área que lidera Astori, que poco representa fuera de los lineamientos de la política macroeconómica; inteligente reserva que se explica por exigencias electorales y de caja, indispensable esta última para el reparto burocrático.

    Y es del caso que nos preguntemos qué nos ha dejado el Frente Amplio después de diez años de mayoría absoluta. Porque ya es hora de hacer balance. En la macroeconomía no ha habido cambio sustancial; en lo demás, atonía o franca decadencia. Basta observar el estado de la educación, la inseguridad, el mutualismo desbordado y la salud pública ineficiente para atender las necesidades populares; seguimos sin ferrocarril y las rutas y la caminería en notable atraso, y los puertos amenazados a causa de una política internacional sin rumbo. A ello nos condujo un lema insustancial, sin respaldo histórico. Me refiero al lema como tal, ya que los sectores que agrupó, algunos sí lo tenían, y son los que se enseñorearon de la estructura en sí misma vacía. No es un ejemplo a imitar, aunque sirva para ganar elecciones, que no es lo mismo que hacer historia. Que estamos en una encrucijada de esas en las que se nos hacen patentes aquellas palabras de Luis Alberto de Herrera: “El Uruguay es un país con un signo de interrogación clavado en la frente”.

    Dr. Alberto J. Alonso Liard