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    Fernando Delgado Vertiz (II)

    Sr. Director:

    Fue el domingo de noche. Terminaba un programa televisivo y de pronto se anuncia que habías fallecido. Me quebró. La resistencia natural a creer lo que no se quiere creer. Culminaban así sesenta años de amistad. Pura, auténtica, leal y por momentos, cómplice. Nos conocimos en el IAVA. Para su concepción de vida, y para la mía, fue en el mejor lugar. El entonces único Instituto de Preparatorios. Veníamos de las más diversas realidades: sociales, políticas, culturales. Y en el IAVA conocimos lo que da razón a la vida: la tolerancia. Fernando fue muchas cosas, pero su vida se perfiló siempre como el hombre tolerante.

    El día que nos conocimos, cuando la primera clase, arrancó nuestra amistad. Compartimos desde entonces el mismo banco doble. Ahí razonábamos juntos y juntos nos reíamos, que era mucho, ante un sentido del humor que tenía, propio de los inteligentes. Cursábamos Derecho, orientación para la que ingresó al IAVA. Compartíamos la preparación de escritos y exámenes, a veces en mi casa a veces en la suya allá en la calle Ejido. Pero todo eso daba lugar a intensificar cada vez más una amistad que ambos asumíamos con mucha intensidad.

    Fue un estudiante de Derecho brillante con exámenes aprobados con las más altas notas. Algunos de esos logros los festejamos con enorme alegría. Un antiguo y modesto bar del Cordón nos vio sentados en alguna de sus mesitas donde nos deleitábamos con una bebida cola, cortada con un poquito de fernet.

    Como buenos amigos, nos confiábamos todo. Así un día me confiesa que estaba enamorado; me habló mucho de la chica y aquel amor adolescente fue el que le permitió formar una maravillosa familia que hoy lo llora. Yo conocía al padre de la chica y cuando me lo cuenta el comentario que me surge es: ¿la hija de Galiana?

    Hubo un período de vacaciones donde nos vimos menos y cuando nos encontramos después de sus brillantes exámenes de Derecho me dice: “Yama, el Derecho no es lo mío, vuelvo al IAVA a dar los exámenes de Medicina, esa es mi vocación”. Y ahí arranca una carrera que la hizo con más brillantez aún que la que demostró en Derecho. Sus colegas, sus pacientes, dicen todo lo que fue la carrera médica de Fernando. Orgullo de la mujer que amó y orgullo de los hijos que tanto quiso.

    Estoy quebrado. Ni el sentimiento ni la razón me permiten aceptar que no esté. Mil recuerdos. Nuestras escapadas a Las Delicias, aquella casa blanca con su nombre en hierro, desde donde nos íbamos a pie a Maldonado para almorzar en la casa de una señora mayor que no recuerdo si era su abuela o una tía.

    Horas de charlas que no entran en el olvido. La Medicina a él, la política a mí, hicieron que nos viéramos mucho menos. Pero los mensajes no faltaban. Él se veía frecuentemente con un amigo en común: el Esc. Luis Rivas, quien era el portador de esos mensajes. Algunos eran consejos: decile a Yamandú que no insista con este tema, no le hace bien a él y tenemos que cuidarlo.

    Fernando querido: ahora que has vuelto a la tierra solo te tendré en el recuerdo que se apagará cuando me apague yo. Te quise enormemente. Y si la vida “es un ir de camino…”, capaz que hacemos el mismo y volvemos a reírnos.

    A tu esposa y a tus hijos, el abrazo más fuerte que sea capaz de dar.

    Fernando: estoy, estamos.

    Prof. Yamandú Fau