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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl diario “El País” (sábado 29 de octubre 2016) informó recientemente acerca de un hecho relevante que, sin embargo, parece haber pasado desapercibido(1). Si lo informado es exacto, agregaría que inaceptablemente pasó desapercibido.
En efecto, en la edición citada se informa acerca de dos gobernantes de nuestro país que —con brillo que el lector sabrá calificar— resolvieron expresarse en cuanto se conoció el fallecimiento del expresidente Jorge Batlle en términos por demás aterradores.
Una de estas personas, llamada Lorena Molina, al enterarse de la muerte de Jorge Batlle no tuvo mejor idea que intentar descollar expresando en su cuenta de Facebook que el fallecido era “un inepto intelectual” y “un político incapaz”. Está implícito que Lorena Molina se considera intelectualmente apta y políticamente capaz.
El otro gobernante, de nombre Regino López, fue más allá en su euforia y —con ímpetu que más útil sería que empeñase con otros fines— publicó en las redes sociales que Jorge Batlle era “una lacra, una porquería que menos mal que se murió”. Acto seguido —exponiéndose tal cual es, e inimputable en su odio— agregó que “lo peor era que aún no se había muerto el expresidente Julio María Sanguinetti”. El cronista no aclara si el Sr. López tiene hijos a los que orgullosamente enseñarles lo que escribió su papá.
Parafraseando al Sr. López, “lo peor” no es que estos dos ilustres e ilustrados ciudadanos —probablemente convencidos de que están destinados a escribir memorables y gloriosas páginas de la historia política nacional— forman parte del gobierno de la Intendencia de Salto, sino que son coordinadores de Desarrollo Social y Cultura. Sí, leyó bien, estimado lector: ¡Desarrollo Social y Cultura! ¡Qué orgullo para los habitantes de Salto!
Cabe en este punto dejar constancia —lamentablemente siempre hay algunos que la necesitan, como si ello fuese importante— que jamás fui votante del Partido Colorado.
Cuando el nivel intelectual de una persona se ve comprometido —y acontece progresiva pérdida de contacto con la realidad— uno de los elementos que puede observarse es la desinhibición. En efecto, llegado determinado grado de deterioro, la persona es capaz de exponer su desnudez —o realizar actos normalmente íntimos— sin la barrera que antes le imponía el pudor. Así, ese filtro cultural que gobernó su vida hasta ese momento, se va permeando hasta desvanecerse. No es que haya trocado sus valores por nuevos, sino que no percibe qué es lo que está haciendo.
Sin embargo, no parece ser ese el caso de los ilustres ciudadanos sobre los que informa “El País”, pues es obvio que —para alegar deterioro— es menester haber disfrutado antes de una condición superior a la deteriorada. Dicho de otra forma, no es que estas personas hayan descendido de nivel, sino que creo que siempre han estado abajo.
Parece claro que estos dos ciudadanos poseen un grado de desinhibición tal que no guardan para sí —para su intimidad— pensamientos como los referidos. Están desposeídos del freno moral que debería hacerles pensar: “Esta idea que lamentablemente se me ha ocurrido invadiendo mi conciencia es aberrante, la debo desechar y no la debo decir”.
En nuestra casa es donde se nos inculca que no se le debe desear la muerte a nadie. Esa enseñanza doméstica que las madres transmiten a sus niños, que refiere precisamente a la habilidad de resolver qué está bien y qué está mal —o sea, nada menos que la capacidad de construir una moral— es lo que nos distingue como especie. Estos ilustres ciudadanos, aun cuando pertenecen a la especie humana, carecen no obstante del capital moral que normalmente se mama en el hogar. Desprovistos de toda alarma que les advierta el grado de abyección de su sentir y de su pensar, exhiben sus pensamientos sin pudor, incontinentes ante las ansias de proclamarlos, de hacerlos públicos, de difundirlos. Probablemente hasta con orgullo.
Incapaces de discernir lo correcto de lo que no lo es, han desnudado su conciencia ante nosotros y, sin atisbo de vergüenza, han mostrado prístinamente de qué están hechos. Como para que nadie se confunda. El tímido comunicado posterior pidiendo disculpas no logra disimular sus carencias. A la carencia moral, me refiero.
¿Qué mejor muestra de “coraje” puede haber —habrá pensado el Sr. López— que interrumpir el momento de duelo de familiares y amigos, mostrándose alborozado ante la muerte de su ser querido?
¿Hay acaso mayor muestra de sinceridad, militancia y valentía —pensarán estos ilustres ciudadanos citados— que confesar que la celebración se completará cuando también muera Sanguinetti? (muerte que ansían e —imagino— cuentan con que le llegará a él antes que a ellos…).
Estos ilustres ciudadanos, seguramente muy preciados de sí mismos, probablemente se pregunten si este “acto de arrojo” —esta muestra de “lucidez” que demuestran— les reportará quizás en el futuro algún beneficio en su carrera política. ¿Otro cargo de confianza, como el que ahora están disfrutando? ¿O una banca de diputado tal vez? ¿Acaso cinco añitos más en algún lado? Claro que astutamente callan, pues para eso sí les funciona el filtro...
Esta carta no busca, sin embargo, ocuparse de los ilustres ciudadanos de marras. En realidad —ellos no lo perciben— no solo no son tan importantes (¿será muy arriesgado confesar mi pálpito de que jamás lo serán?), sino que además sería vano el esfuerzo de hacerles comprender. Obviamente incapacitados para entenderlo, si lo leyeran también declararían “inepto intelectual” a John Donne por haber escrito “…por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. De todas formas, el poeta lo escribió hace 400 años y les debe parecer muy antiguo… ¡Pobres!
De modo que para qué gastar esfuerzo en explicarles que el sistema político TODO perdió —y por tanto TODOS perdimos— con la muerte de Batlle. Del mismo modo que antes perdimos con las de Seregni, Wilson, Batalla, Tarigo, Sturla, Rodríguez Camusso, Vasconcellos, Semproni, Sarthou, Hierro Gambardella, Arismendi, Flores Mora y así sucesivamente. De seguro, si leyeran esta carta —en su inútil esfuerzo por entender algo— enseguida comenzarían a clasificar quién de la lista era de izquierda o de derecha o de adelante o de atrás o de arriba o de abajo. De seguro eso harían. ¡Pobres…!
Para colmo, o como dice el ilustre Regino López, “lo peor” es que estos ni-ni por partida múltiple (ni piensan ni razonan ni reflexionan ni analizan ni respetan ni sienten ni…) sin embargo ¡GOBIERNAN! ¡Pobres! (los salteños, claro).
Entonces ¿qué busca esta carta? Dado que hacer reflexionar a estos dos ilustres no vale la pena, la carta busca que reflexionemos los demás. Simplemente intenta prestar atención a lo que el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman pregona en el libro “Ceguera Moral”. Este pensador denuncia el entumecimiento moral de nuestro tiempo. Un tiempo en el que —por acostumbramiento ante los repetidos estímulos que padecemos en ese sentido— de a poco hemos ido acostumbrándonos a la ausencia de reglas morales, o a la impávida simple y sencilla tolerancia de su violación —ante nuestros ojos— por parte de personajes públicos.
Advierte que en nuestro acelerado modo de vida ya no disponemos de tiempo para la reflexión y, por tanto, no nos ocupamos de discernir entre lo importante y lo banal. Es así entonces que ya no exigimos a nuestros gobernantes u otros personajes públicos respeto por estas reglas, y asistimos pasivamente a la ignorancia de las mismas. Así se explica que no haya trascendido grandemente la noticia sobre el pensar de estos ilustres ciudadanos que gobiernan Salto. Dijeron lo que dijeron, sí, pero “no pasa nada”. Total, no son los primeros en disparatar…
Absortos en “cosas más importantes”, navegantes en lo que Bauman denomina la “Modernidad líquida” —en la que lo permanente es precisamente el cambio— ya no atendemos ni por ende reaccionamos ante desacoples morales tan evidentes como ejemplifica la incalificable actitud de estos ilustres ciudadanos. Habituados a este género de fractura ética del que somos testigos una y otra vez, nada les reprochamos y —mirando para otro lado— no los corregimos ni señalamos ni castigamos. Sin penitencia alguna, sin consecuencias por sus actos, ellos continuarán en su puja por puestos en la pirámide del poder, mientras nosotros ya estamos atendiendo a “lo urgente”. Y así, mientras ninguna señal enviamos, los Molina y los López proliferan infestando a la política.
No debiéramos dejar pasar por alto este episodio. Su fuerza política no lo debe hacer. Ninguna debe. Los partidos políticos no son reformatorios en los que se educa a los descarriados. Deben seleccionar a los mejores, a los más aptos de entre sus militantes, para ponerlos al servicio de la función. ¿Estas dos son las mejores personas de que se dispone para “coordinar la cultura” de Salto? Más bien de los lisiados morales que infestan —como estos dos ilustres— deben desembarazarse. Es eso acerca de lo que Bauman pretende alertarnos.
Hace muchos años mi padre me narró la siguiente anécdota que me enseñó cómo se debe dejar de lado el odio y respetar al adversario político:
Como es sabido, la casa de Herrera era visitada por cualquier ciudadano que quisiera hacerlo. La puerta de la quinta se podía franquear solo con presentarse, lo que provocaba casi a diario reuniones y debates entre anónimos correligionarios.
En una de aquellas tenidas, tomó la palabra uno de ellos que —seguramente intentando pavonearse ante el caudillo blanco— se extendió en una interminable diatriba nada menos que contra Fructuoso Rivera, fundador del “enemigo” Partido Colorado.
Entusiasmado por la oportunidad de lucirse ante el jefe —y dando por descontada su aprobación— lanzaba los dardos más hirientes, destilaba el desprecio más profundo, y utilizaba los calificativos más insultantes que encontraba, hasta que Herrera lo interrumpió y revolcó diciéndole: “Vea, amigo, debe usted guardar respeto cuando habla de los héroes de la Patria!”.
¿Para qué contarle esto a Molina y a López?
Julio de Fuentes
CI 1.451.683/3
(1) “El País”, sábado 29 de octubre de 2016, Sección A, Pág.6.