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    Sobre el suicidio de jóvenes

    Sr. Director:

    El célebre filósofo Epicuro, difusor del materialismo griego del siglo III a. de C., afirmaba que no se debía temer a la muerte porque, mientras nosotros somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros ya no somos. Con este juego de palabras, que seducía las mentes adolescentes cuando cursábamos los entonces denominados preparatorios (¡Oh, edad de las entusiastas ensoñaciones…!) se pretendía eludir el tremendo drama que, desde que el hombre razona, inevitablemente lo trastorna.

    ¡Como si no supiéramos que, como decía en Journal Julian Green, todos los años pasamos ante el día y la hora de nuestra muerte, tal como frente una puerta por la que fatal e inexorablemente debemos entrar…!

    Una noticia recientemente difundida da cuenta de que en Uruguay se suicida un joven cada tres días. Entre 2019 y 2020 ha aumentado un 45% el suicidio de adolescentes. Y pensemos que, como se ha señalado, cada muerte en esas penosas circunstancias llega a afectar a más de 100 personas, entre familiares, compañeros de clase o deportes y vecinos…

    Es obvio que ello causa un inevitable e inmenso impacto social. Porque es algo sustancialmente distinto a las muertes (muy lamentables, sí, pero habituales) que provienen de la enfermedad o del delito, aquellas por el deterioro de funciones vitales y estas por la violencia, la imprudencia u otras causas, intencionales o no.

    En el suicidio interviene un ingrediente más perturbador de cuántos puedan sufrirse: el misterio de los motivos que lo desencadenan. ¿Por qué ha ocurrido?, nos preguntamos… ¿Qué sufrimiento oculto, qué soledad, qué angustia arrastran a ese tan penoso resultado, que por la sorpresa y lo inexplicable, sumergen al entorno afectivo (familiares, amigos) en inesperado e infinito dolor?

    Y a esas tan dramáticas interrogantes se agrega, en el caso de los más allegados, esta otra no menos desquiciante: ¿qué pude haber hecho y no hice para evitarlo? Y la que le es correlativa: ¿por qué no advertí tal o cual actitud sintomática y reveladora?

    Todos esos inquietantes cuestionamientos me asaltaron cuando, en aquellos años de estudiante universitario recién ingresado, en nuestra bulliciosa barra de condiscípulos (de la que hoy quedamos solo tres) nos enteramos del suicidio de Juan Carlos (perdón, recordado amigo, por respeto a tu descanso eterno, omitiré tu apellido). ¡Y en qué desconcertantes circunstancias se dio…! Mis recuerdos surgen vívidos.

    Vino a verme. Me voy por un tiempo, me dijo, y quisiera que reunieras a los compañeros. No me contó a dónde iba ni por cuánto tiempo. Tampoco se lo confesó, a pesar de las reiteradas preguntas, a los que, días después, logré reunir para un asado en el Paso Calleros (que entonces, tenía pastos frescos y agua límpida). No entendimos que, por su secreta decisión, lo estábamos despidiendo para siempre… Varios días después, cuando nos enteramos de que había sido encontrado ahogado (en una laguna próxima al río Negro, en Tacuarembó) y que lo habían enterrado en un campo cercano, recién entonces comprendimos que, sin saberlo, como en un teatro, habíamos sido actores de una tragedia en el escenario de la vida…

    Preguntarse quiénes pueden hacer algo para prever ese fatídico resultado es nuestra reacción primaria y natural. Pero más importante aún es señalar quiénes deben actuar. Por supuesto el Estado, pero su participación sería eficaz cuando el suicidio se anuncia, no cuando se está gestando, casi siempre en una fase subterránea y no visible.

    Cabe recordar la poca importancia que se le dio a la prohibición de la denominada “huelga de hambre”, cuando un sector de la opinión pública la rechazaba como medio de protesta (incluso llegué a presentar un proyecto al respecto, que aún duerme en los archivos legislativos). La “huelga de hambre” no es en realidad una huelga (la esencia de la huelga es el abandono transitorio de trabajo, como protesta contra lo que se considera injusto), sino, por las consecuencias sobre quien la lleva a cabo, un verdadero suicidio a mediano o largo plazo. No hay científico que pueda sostener lo contrario. Y ese sí que es un suicidio anunciado, que, por eso mismo, el Estado podría impedir a tiempo, obligado como está a tomar medidas legislativas para proteger la salud de sus habitantes (art. 44 de la Constitución).

    Muy distinto es el tipo de suicidio que nos preocupa. La intención del suicida se gesta en los caminos secretos del alma, va creciendo en silencio, quizás mostrando apenas algunos tenues indicios de ese proceso. Tan solo los que están en su entorno más cercano pueden advertirlo.

    Cuando me inicié en la docencia de filosofía, recuerdo que me sorprendía cada vez que un alumno de cuarto año —de 15 o 16 años— me confiaba algo que no sabían sus padres. Y en los años transcurridos desde entonces, mucho se han acrecentado las distancias entre padres e hijos…

    El cuidado concreto de la salud física y mental de los hijos está a cargo de los padres. Sería solo un deber moral si además no lo mandatara expresamente el art. 41 de nuestra Carta constitucional. La necesidad de darle mayor libertad a los hijos —lo que comparto— no debe tomarse como excusa para no vigilarlos cuando está en juego un valor fundamental como es la vida.

    Una vigilancia que no debe conducir al sometimiento, sino a la protección, al amparo, a la defensa contra el aislamiento y su cómplice, la depresión. Más que nunca padre y madre deben estrechar el vínculo con los hijos, acercarse a ellos, acompañarlos en sus vivencias, hablarles, hacerse confiables sin importunarlos, para que aun sin decirlo ellos entiendan que sus padres son sus amigos, sus confidentes más seguros, su protección y su amparo. Y estar atentos a cualquier rareza, indicio o conducta extraña, para acercarles su afecto.

    Si no atendemos a esos aspectos, un día alguien se preguntará —como en las Meditaciones de John Donne— por quién doblan las campanas. Y ya sabremos por quién.

    Prof. Agapo Luis Palomeque