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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUno de los más destacados cultores de La Cantata Artigueña, nada menos que el gran profesor Juan Pivel Devoto, dedicó a la magna obra literaria y musical uno de sus más detonantes pasajes. En una sinfonía para orquesta y coro en que ha sido muy bien seguido por Julio María Sanguinetti (y muchos otros). Para “corroborar” su tesis de que Gran Bretaña no tuvo incidencia decisiva en la independencia de la Banda Oriental (provincia argentina amputada a su país, como bien enseña don Guillermo Vázquez Franco), Pivel Devoto se despachaba con una frase que hace las delicias de los ejecutantes de la Cantata.
Y afirmaba, en forma rotunda, algo que es cierto: “No había ingleses peleando ni en Rincón ni en Sarandí”.
¿Será que acaso alguien puede creer que Inglaterra tuviera necesidad de enviar sus casacas rojas a combatir en Rincón o Sarandí para poder manejar las marionetas en esta zona de América? Y me refiero tanto al Río de la Plata como a la corte imperial de Río de Janeiro.
No lo necesitaba. Y tampoco quería hacerlo, porque habían aprendido bien la lección de Cartagena de Indias y del Río de la Plata: ya no estaban los antiguos y casi invencibles tercios españoles, pero su espíritu y su coraje subsistían.
Inglaterra no necesitaba enviar los casacas rojas. Porque tenía en sus manos cuatro piolines que sobraban para hacer bailar los títeres al ritmo que a ella le gustara.
Cuatro piolines que eran: a) la flota naval armada que dominaba el mundo (ya era la época —desde Trafalgar en adelante— del “Britannia rules the waves”; se le había caído la coma original y añadido una s, pasando del modo imperativo al indicativo); b) el comercio internacional (era, por lejos, el principal socio comercial de ambos países en guerra); c) las finanzas internacionales: eran bancos ingleses los únicos que podían financiar a ambos contendores. Una conversación con Baring Brothers o Rothschild y se cortaban los fondos (y no digo una llamada por teléfono porque estaban de paro, pero alcanzaba con un mensajero); d) las logias masónicas (que tanta incidencia tuvieron en nuestro proceso histórico de aquellas épocas).
Manejando esos hilitos —y Lord Canning, Lord Strangford y todos los demás, bien que sabían hacerlo— no tenían necesidad de enviar los casacas rojas a los campos orientales. Cómodamente sentados en sus poltronas de la city londinense, manipulaban los piolines y hacían bailar los títeres al ritmo de su banda musical. Desde varios miles de kilómetros de distancia. Fumando sus puros de La Habana y degustando buen brandi traído de España. Sin necesidad de embarrarse o cubrirse de sangre.
Habiendo conocido bien a don Juan Pivel, estoy seguro de que él nunca pudo haber creído en la sensatez de esa frase tan vacua como rimbombante. Fue meramente uno de sus principales aportes a una Cantata Artigueña destinada a desorientar a la población uruguaya (ya netamente uruguaya en los años de Pivel). Y a construir el falaz mito artigueño y su continuación: el falso relato sobre el proceso de la independencia de nuestro país.
Bien puede el Dr. Julio María Sanguinetti comprender —puesto que es muy leído— que soy seguidor en buena parte de las sabias y desprejuiciadas enseñanzas de don Guillermo Vázquez Franco.
Del que me alejo en varios aspectos. Pues no puedo compartir eso que él afirma en cuanto a que somos —seguimos siendo— argentinos. Lo fuimos desde un inicio, lo éramos en 1825 y en 1828. Y seguimos siéndolo bastante, no del todo, hasta la infame Guerra de la Triple Alianza. Al fin de cuentas, la Guerra Grande —que, como bien dice Vázquez Franco, de guerra tuvo poco, y de grande, nada— fue un episodio de las guerras civiles argentinas. Con sendos presidentes orientales militando en bandos tan opuestos… como argentinos (ya no al 100%, pero aún bastante orientales argentinos). Y peleando batallas a uno y otro lado del río Uruguay (la de Arroyo Grande, en la que Oribe destrozó las fuerzas de Rivera, habilitando el sitio de Montevideo, tuvo lugar del otro lado del río Uruguay, en Entre Ríos).
Aquella guerra abominable (la del Paraguay) puso fin a todo eso y comenzó a afirmarse la independencia real del país. Se esfumaron los orientales (que eran argentinos, como tan orgullosamente lo proclamó Lavalleja en Agraciada), y surgieron los uruguayos. Y ahora, luego de tantos años, es evidente que de argentinos no tenemos más que una vaga y muy lejana reminiscencia. Somos uruguayos y bien uruguayos. Y con un país plenamente viable. Por suerte.
Es cierto lo que afirma Vázquez Franco en cuanto a que una resolución del emperador brasileño no nos pudo quitar nuestra argentinidad. Pero todos estos años de ejercicio real de una verdadera independencia sí lo han hecho. Y, por suerte, y por el esfuerzo de nuestros antepasados, somos uruguayos. Y no argentinos.
Comparto plenamente lo afirmado en el último párrafo de la nota de Sanguinetti del 4 de agosto pasado:
“Mucho más rotunda es la necesidad de que, en estos tiempos de globalización e incertidumbre, de desaliento e inseguridades laborales, de redes y vacíos existenciales, formemos jóvenes ciudadanos en el orgullo de pertenecer a una República digna en la que valga la pena vivir. Un país que se formó con el sacrificio de mucha gente en dos siglos y que no fue producto de la casualidad ni de decisiones ajenas a su voluntad”.
Muy sabio y muy compartible. Pero eso no justifica que se falsee la historia. Ni que se la retuerza y deforme hasta que logre ser adaptada a una versión edulcorada sobre el origen de nuestra actual nacionalidad independiente. Si a los jóvenes hay que educarlos en la mística de la nacionalidad uruguaya, también hay que educarlos en la mística, no menos valiosa, de la verdad y la sinceridad.
Por eso puedo compartir esas afirmaciones, salvo en lo de que no haya sido “producto de decisiones ajenas a su voluntad”. Pues, para sostener tal afirmación, hay que mentir descaradamente sobre la Asamblea de la Florida y sobre la Constitución de 1830.
No fue por casualidad ni por error que, al convocar a los pueblos para la elección de diputados para el Congreso de la Florida el Gobierno Provisorio haya proclamado que “La Provincia Oriental desde su origen ha pertenecido al territorio de las que componen el Virreinato de Buenos Aires y, por consiguiente, fue y debe ser una de las de la Unión Argentina representadas en el Congreso Constituyente” (de la circular del 27 de junio de 1825).
Y todos los constituyentes de 1830 afirmaron en forma unánime que estaban creando un Estado independiente por imposición ajena, en función de un tratado en el que no habían sido partes y para cuyo arreglo final nunca habían sido consultados:
“Nosotros, los Representantes nombrados por los Pueblos situados a la parte Oriental del Río Uruguay, que, en conformidad de la Convención preliminar de Paz, celebrada entre la República Argentina y el Imperio del Brasil, en 27 de agosto del año próximo pasado de 1828, deben componer un Estado libre e independiente; reunidos en Asamblea General, usando de las facultades que se nos han cometido, cumpliendo con nuestro deber…”.
Ignoro si se puede ser más claro y categórico: de conformidad a la Convención celebrada entre la República Argentina y el Imperio del Brasil… deben componer un Estado libre e independiente… cumpliendo con nuestro deber”.
En forma igualmente contundente se expresó José Ellauri en el Informe a la Constitución, aprobado por todos sin observaciones:
“Constituir el Estado… por expresarme con más propiedad, es ya una obligación forzosa de que no podemos desentendernos: nos ha sido impuesta por una estipulación solemne, que respetamos, y en la que no fuimos parte, a pesar de ser los más interesados en ella”.
También podríamos atender a Juan Ramón Balcarce, uno de los pocos gobernantes porteños aquejados de decencia (condición no muy abundante en aquellos pagos y en aquellos tiempos; igual que ahora… en eso no han cambiado nada):
“El territorio oriental es una parte integrante de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta es una verdad inconcusa contra la cual nada prueba que el Jefe de los Orientales se mantenga con las armas en la mano sin reconocer al Gobierno Supremo ni enviar diputados al Congreso, porque Salta, Córdoba y Santa Fe han hecho lo mismo ¿y habrá quien diga que no son parte integrante de aquellas?”.
La tenía muy clara. Era honesto y realista. Y todavía tuvo que pasar por el amargo trago de ser uno de los firmantes de la Convención Preliminar de Paz.
Podemos también creerle al presbítero José Valentín Gómez (ese que aparece en el cuadro de Blanes recibiendo la espada del capitán José Posadas, aunque nunca sabremos si realmente estuvo ahí y en ese momento, ni tampoco si el episodio realmente existió: pero eso nada importaba, pues solamente se trataba de reforzar la Cantata Artigueña desde el óleo):
“El pueblo oriental se conservó firme en su primera resolución de formar una sola Nación con las provincias del antiguo virreinato. Las diferencias de Artigas con Buenos Aires solo han podido considerarse como disensiones domésticas y parciales, semejantes a las que después han sobrevenido en las demás provincias, pero no envuelven en sí una disolución íntegra del Estado ni la desmembración de su territorio nacional”.
No puede haber dudas: para seguir sosteniendo la Cantata Artigueña, y su derivación sobre los orígenes de la nacionalidad uruguaya, hay que pasar por encima de demasiados hechos y demasiadas manifestaciones. Es decir, faltar a la verdad. Tal vez sea hora de admitirlo y dejar de falsear la historia. Si la función de la mentirosa mitología creada era la de apoyar la formación de la nacionalidad… ya la cumplió. Ahora podemos volver a la verdad y dejarnos de versos. No por aceptar la realidad tal como fue vamos a dejar de ser orgullosamente uruguayos.
Enrique Sayagués Areco
CI 910.722-6