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El Fobo, un fenómeno que te impide elegir: ¿qué hacer?

El temor a las mejores opciones (FOBO) lleva a la parálisis por análisis y a una insatisfacción constante, además de que termina por hundir a la persona en el consumo imitativo.

Redactora de Galería

Hace cuatro meses que mi celular tiene muy perjudicada la pantalla. Y con cada día la cosa empeora. Hoy tiene un punto ciego que ocupa el quinto superior del dispositivo (lo que significa que no veo la hora, el nivel de batería, las notificaciones, las configuraciones rápidas, entre otras herramientas vitales en este mundo hiperconectado). Gracias a distintas artimañas me las he arreglado, pues en el fondo me niego a cambiarlo. Lo hago por una sencilla y un poco avergonzante razón: tengo miedo de comprar el teléfono incorrecto para sustituirlo.

Claro, mi presupuesto —como el de la mayoría de quienes ejercemos esta bellísima profesión— es bastante acotado. No me quejo: me da como para tener varios modelos en mi radar. Y ahí radica la problemática burguesa a la que me enfrento. El hiperdiagnóstico ha llegado a mi controlada hipocondría y, gracias a que los neologismos anglos que suenan bien afloran a borbotones hoy en día, ya sé lo que tengo. Se llama FOBO, una sigla que se traduciría como miedo a que haya mejores opciones.

Quiebro una lanza por que el FOBO no es solo un esnobismo. En economía la teoría de la elección racional indica que uno tiende a maximizar las utilidades con las decisiones que toma. El ganador del Nobel de Economía de 1978, Herbert Simon, demostró los límites de este comportamiento de maximización. En su lugar, propuso considerar que la racionalidad es limitada y presentó un modelo en el que la maximización de la utilidad es sustituida por la búsqueda de una opción satisfactoria. Aunque no existía el término, allí aparece el FOBO como resultado de esa imposibilidad por llegar a la decisión “perfecta”.

Paso horas escroleando detrás del móvil ideal. Es agotador para mi cerebro, pero no lo puedo evitar. Es que el FOBO puede hacer mucho daño. A eso apuntó el psicólogo estadounidense Barry Schwartz en su bestseller La paradoja de la elección (2004). En el libro, Schwartz retoma los conceptos de Simon para analizar cómo los maximizadores sufren graves consecuencias negativas tales como una menor satisfacción vital y felicidad, altos niveles de ansiedad y depresión, parálisis por análisis y una tendencia al arrepentimiento.

El autor introduce otro elemento que es clave en el FOBO que vivo en carne propia: solo en Mercado Libre encontré más de 60 modelos distintos de celulares, eso sin contar los cientos que encontré pensando en importarlo. El problema con tomar una decisión reside en parte en que hay demasiada variedad para elegir.

El denominado “experimento de las mermeladas” (realizado en el año 2000 por los psicólogos Sheena Iyengar y Mark Lepper de las universidades de Columbia y Stanford) demostró que los consumidores expuestos a un mostrador con 24 tipos distintos de este dulce de frutas se sentían más atraídos al inicio, pero se paralizaban a la hora de comprar. En cambio, los que vieron solo seis opciones compraron 10 veces más y reportaron estar mucho más contentos con su elección.

Y en el mundo de las apps de citas como Tinder o Bumble el FOBO es moneda corriente. Tan temprano como en 2016 Jonathan D. D’Angelo y Catalina L. Toma, de la Universidad de Wisconsin, realizaron una conocida investigación sobre la sobrecarga de elección( choice overload) en los sitios de citas en línea con el ilustrativo título Hay muchos peces en el mar. En ella, los investigadores analizan el impacto del FOBO en el ecosistema de las aplicaciones de citas y el consumo online.

Estos estudios confirman que la sobreabundancia de perfiles y alternativas digitales altera nuestra percepción de la realidad y crea una “mentalidad de rechazo constante”, en la que las personas se vuelven incapaces de consolidar una relación por el miedo a que “el siguiente deslizamiento de pantalla” traiga a alguien mejor. No escribiré en primera persona sobre cómo me ha ido con ese tipo de apps, pero —spoiler alert— me siento identificada con el resultado del estudio publicado hace una década.

Ahora, volviendo a mi celular, necesito preguntarles: ¿qué hago?, ¿cuál compro? Es sincera mi duda y está más que alineada con cómo nos comportamos los padecientes de FOBO de acuerdo con una de las últimas publicaciones sobre el tema que salió en la revista Behavioral Sciences (2026), a cargo de Haoyue Bai, Junghee Kim 2 y Seolwoo Park (de la Universidad de Lanzhou, China, y de la Universidad Nacional Jeju, de Corea).

En las conclusiones, este estudio incorpora a las variables la presión del tiempo, que acelera la adopción de conductas miméticas. Y ahí aparece el ditto consumption o consumo imitativo, que actúa como mecanismo de alivio cognitivo. Básicamente le copio a otra persona el celular que eligió y me lavo las manos. Estaba cerrando por acá mi descargo y una amiga me escribió para contarme que cambió de celular. ¡Es mi oportunidad! Mi pregunta inmediata:

—¿Cuál te compraste?

—El último iPhone.

—Ah, ¡qué bueno!

La alegría es genuina, solo que se mezcla con un toque de desilusión, pero, claro, ella no tiene un salario de periodista. Continuaré lidiando con mi FOBO entonces.