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Basta de exigencias hacia las mujeres, que este río ya está casi desbordado

¿Es que las mujeres no tenemos ya suficientes presiones, suficientes estándares de perfección que alcanzar, suficientes culpas? ¿Cómo se puede vivir tranquila (y ni que hablar fabricar un hijo tranquila) si cada pequeño acto puede tener un efecto mariposa nefasto y de dimensiones incalculables?

Editora de Galería

Estaba escroleando en Instagram un sábado a la noche —una mala decisión si lo que buscaba era no pensar en medio de unos días convulsos, lo sé— cuando me encontré con un artículo del diario El País de España: “En función de lo que comas en el embarazo, el bebé se va a formar de una u otra manera”. El titular era una cita extraída de una entrevista (a cargo de un periodista hombre) con la autora de un libro llamado elocuentemente 9 meses que cuentan para toda la vida. En otro momento de mi vida habría guardado el artículo y tal vez hasta lo hubiera compartido con alguna amiga en edad de embarazarse. Esta vez, no. Dejé el teléfono, pero no pude parar mi cabeza. ¿Es que las mujeres no tenemos ya suficientes presiones, suficientes estándares de perfección que alcanzar, suficientes culpas? ¿Necesitamos cargar con información nueva que diga, además, que un antojo de churros con dulce de leche en plena gestación puede condicionarle al bebé la vida entera? ¿Cómo se puede vivir tranquila (y ni que hablar fabricar un hijo tranquila) si cada pequeño acto puede tener un efecto mariposa nefasto y de dimensiones incalculables?

Me quedé rumiando todo eso y volví al celular, decidida a escribir un comentario en defensa de la salud mental de las pobres mujeres en edad de procrear (o incluso embarazadas) que se cruzaran con ese titular. Pero algunas se me habían anticipado. “Sin desmerecer el estudio y la ciencia detrás de ese libro (…), pobres madres gestantes, lo que les faltaba. Vamos a hablar también de cómo influye el estrés en la gestación. El miedo, la exigencia, la soledad, la presión”, escribió una usuaria. “Lo único que nos falta ya a las madres es volvernos locas con lo que hemos comido en el embarazo”, decía otra. “Comí lo que las náuseas me dejaron”, sumaba otra. “¿Algún consejo a los padres durante el embarazo, parto, lactancia y crianza?”, ironizaba otra más.

Este es apenas un ejemplo de la carga mental de las mujeres, es una gotita más en un río que ya está desbordado. Porque, obviamente, esto no termina en el nacimiento, solo va en aumento. Un estudio de 2025 realizado en Estados Unidos y publicado en el American Medical Association Journal reveló que las madres de niños de 0 a 17 años están experimentando un deterioro en su salud mental en todos los niveles socioeconómicos (el porcentaje de madres que declararon tener una salud mental “excelente” cayó del 38,4% en 2016 a 25,8% en 2023). El estudio no indagaba en los motivos, pero no hay que ser demasiado perspicaz: las exigencias son demasiadas y las consecuencias por no cumplirlas (nos dicen y nos reafirman y nos insisten), terribles.

Ya desde la gestación tenemos claro que estamos destinadas a pasar a segundo plano. A dejar todo en la cancha (léase, hogar). Ya desde la gestación tenemos claro que estamos destinadas a pasar a segundo plano. A dejar todo en la cancha (léase, hogar).

Ya sabemos que hay que evitar teñirse el pelo, pintarse las uñas, comer sushi y devorar embutidos durante el embarazo. Ya pasamos por esa moda de que había que escuchar Mozart para que el niño naciera más cultivado. Ya nos aleccionaron en que había que ser inmune a los cambios hormonales y evitar llorar mucho, demasiado, porque la angustia le llega al bebé. Ya desde la gestación tenemos claro que estamos destinadas a pasar a segundo plano. A dejar todo en la cancha (léase, hogar). Según un estudio que realizó P&G en España a 2.400 personas en pareja, el 71% de las mujeres dijo sufrir carga mental a raíz de logística, planificación, coordinación y toma de decisiones en la casa, versus solo el 12% de los hombres. El estudio concluyó también que en las mujeres que eran madres la carga mental aumentaba.

Hablo por mí (pero capaz que hablo por más) cuando digo que me cansé. Necesito que dejen de decirme lo que tengo que hacer. De bajar línea. De agregar información que siga aumentando la exigencia diaria. Tenemos un límite las mujeres. Y hay cosas con las que no deberían meterse. Cosas irrenunciables, que deberíamos defender contra viento, marea y todos los tiranos que nos quieran restringir la felicidad con nuevos dictámenes. La mía fue, es y será que me dejen comer churros en paz.