No importa si la canilla pierde, la persiana se tranca o el enchufe deja de funcionar: el ritual siempre es el mismo y arranca con un “dejame ver”.
Canillas, enchufes, bolsas del supermercado y hasta contracturas: una mirada sobre esa costumbre masculina de arreglárselas solo, incluso cuando nadie se lo pidió
No importa si la canilla pierde, la persiana se tranca o el enchufe deja de funcionar: el ritual siempre es el mismo y arranca con un “dejame ver”.
Accedé a artículos gratuitos y newsletters de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay una serie de pasos que los hombres seguimos al pie de la letra cada vez que algo se rompe, una especie de coreografía peneana que nadie nos enseñó, aunque todos conocemos. Es algo así:
1. Inspección visual: mirar el problema durante 10 o 15 segundos.
2. Primera teoría: “Debe ser una pavada”.
3. Manoseo: tocar sin saber.
4. Golpecito: paso casi obligatorio.
5. Segunda teoría: ahora el problema pasa por otro lado.
6. Google: pero nunca buscando “cómo arreglarlo”; sino algo más digno, tipo “ruido extraño calefón”.
7. YouTube: encontrar un señor de Ohio que explica cómo solucionarlo en 4:38 minutos.
8. Desarme: empieza el verdadero problema.
9. Silencio: dejar de hablar.
10. Fin: “Bueno, si no me tenés confianza, llamá a alguien”.
En realidad, nunca se trató de arreglar nada. Se trató de demostrar que podíamos arreglarlo. La diferencia es importante. Un hombre puede no saber qué está haciendo, pero mientras conserve la confianza suficiente como para decir “dame cinco minutos”, la situación está bajo control.
El ego empieza a tambalear recién cuando aparece la frase “llamemos a alguien”. A partir de ahí ya no estamos hablando de electricidad ni carpintería, estamos hablando de dignidad.
Pero el “yo lo arreglo” no termina en la caja de herramientas; es casi una filosofía doméstica. Es el hombre que llega con una contractura en la espalda y anuncia que durmiendo se le pasa, el que prefiere caminar tres cuadras con cuatro bolsas en cada mano antes que hacer dos viajes, y el que se pierde media hora dando vueltas antes que preguntar dónde queda una calle. Preguntar es el último recurso. Preguntar dos veces ya directamente compromete la reputación.
En 2008, psicólogos de la University of South Florida y la University of Illinois publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology una serie de estudios sobre lo que llamaron “masculinidad precaria” (precarious manhood): la idea de que la hombría es un estatus que necesita ser demostrado y validado permanentemente.
En sus experimentos, los hombres reaccionaban con mayor sensación de amenaza cuando recibían señales de haber tenido un desempeño considerado poco masculino; una devolución equivalente no provocaba la misma respuesta en las mujeres.
En 2011, Ronald Levant, David Wimer y Christine Williams, de la University of Akron, estudiaron a 323 hombres universitarios y analizaron la relación entre distintas normas masculinas y las actitudes hacia la búsqueda de ayuda psicológica.
El estudio hablaba de terapia, no de plomería. Pero la conexión resulta tentadora: si pedir ayuda puede chocar con la idea de que uno debe arreglárselas solo, llamar al técnico deja de ser solamente una solución práctica. Puede sentirse, aunque sea durante cinco minutos, como una pequeña derrota personal.
Porque una cosa es que pierda la canilla. Otra es que pierda uno.