Elige creer que va bien rumbeado. Mientras la semana pasada estrenó en la plataforma Vix la serie mexicana Timbiriche, sobre el grupo musical de los años 80 que catapultó al éxito a Thalía y Paulina Rubio, rodó otras dos películas uruguayas, ambas del director Maxi Contenti. Hizo The Channeling, una docuficción filmada entre Tenerife y Montevideo que llegará a finales de este año. Y hace poco terminó de grabar Webmasters, sobre un grupo de jóvenes hackers uruguayos, ambientada en los 2000, que se rodó en Miami y Montevideo y que aún no tiene fecha de estreno. “Ahí soy un chanta, no necesariamente malo”, adelanta.
Tampoco fue el villano en El beso de la mujer araña (2025), la versión hollywoodense del musical de Terrence McNally, John Kander y Fred Ebb (1992), y que, a la vez, se basa en la novela homónima del argentino Manuel Puig (1976). En la película, protagonizada y producida por Jennifer Lopez y dirigida por Bill Condon, Gordillo le puso el cuerpo a un mozo de un restaurante del que Luis Molina, el protagonista, se enamora.
Gordillo se tiene fe para derribar prejuicios en lo profesional. Ya se sacó el mote de actor de publicidad que lo acompañó durante años por haber hecho allí sus primeras armas en los rodajes. No solo eso, sino que reivindica ese pasado porque, además de haber sido su sustento económico, le dio “horas set”, el equivalente a las horas de vuelo de un piloto. Es más, gracias a ese mundo conoció al director argentino ganador del Oscar Armando Bo, de quien hace loas.
En el cine empezó en el detrás de cámaras, como director de arte, oficio que atesora aunque casi no ejerce. Y más acá en el tiempo, ya frente a los reflectores, celebra haber cosechado amistad con actores que admira y con los que trabajó, como Fabio Alberti, Gastón Pauls o el mismísimo Sam Neill, fallecido en julio de este año.
Como un niño y adulto de baja estatura y complexión delgada del interior del país cuenta que siempre tuvo claro que debía hacer cosas para resaltar, como llevar vestimentas fuera de lo convencional. Hasta hoy define así lo que hacen los actores: “Jugar a disfrazarse”. “Tenemos que mantener viva la observación, la imaginación y el juego, que es actuar y disfrazarse como cuando éramos niños”.
Es de Treinta y Tres, vino a vivir a Montevideo para estudiar abogacía y sobre el final de la carrera hizo un quiebre y viró hacia la actuación, ¿por qué?
Hacía teatro desde los 14 años, mi abuela es actriz amateur. Por ese entonces existía la llamada Comedia Municipal, que era una Comedia Nacional, pero departamental. En el colegio que iba también hice teatro. Y cuando me vine sabía que iba a seguir estudiando teatro, pero era la típica de “mi hijo el doctor”. Y la carrera formal que me llamó la atención fue la de abogacía. Hay muchos actores en la abogacía. Creo que es por la ilusión del abogado que habla a un jurado. Después, cuando estudiás acá te das cuenta de que no existe todo eso, pero sí hay un componente muy actoral en los abogados: desde la improvisación hasta el buscar material; creo que hay varios paralelismos con la actuación.
¿Siempre soñó con ser actor de cine? ¿Tenía referentes?
Quería ser como Ewan McGregor en Trainspotting. También como Johnny Depp. Pero no por la fama, porque en ese momento no eran actores famosos. Siempre me apasionó el cine, fuera de que para mí el teatro es básico. Pero no sé si eran referentes. Sí recuerdo decir “yo quiero estar ahí”.
Entró a la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático, luego estudió audiovisual, y en el cine comenzó detrás de cámaras, en la dirección de arte…
Sí, como actor ya hacía muchísimos comerciales. Empecé como asistente meritorio primero y terminé como director de arte. Creo que encontré en la dirección de arte mi lugar detrás de cámaras. Y me encanta, me apasiona. Pero hace bastantes años ya que me dedico solo a la actuación, que es un privilegio. Sí he hecho cosas puntuales para amigos.
¿Como actor presta especial atención al arte de las producciones en las que trabaja?
Cuando estoy actuando, estoy actuando, y trato de confiar en quien está haciendo la dirección de arte. No pregunto. Disfruto de ver gente. Ahora me pasa de ver gente joven. Fui profesor de dirección de arte en la ECU (Escuela de Cine del Uruguay) y me gusta ver a mis alumnos ahora trabajar. Y solo me ha pasado de intervenir si veo que se están ahogando en un vaso de agua y tengo la solución. Ahí doy una mano, porque para mí el cine es colectivo, pero hay que respetar las áreas. Y cuando hacía dirección de arte tampoco me metía en la actuación.
Gordillo protagoniza la película Carne, que estrena el 29 de octubre en cines uruguayos.
¿Y cuando ve la película terminada mira más esa área?
Si me pasa eso es porque la peli me aburrió. El gol de la dirección de arte es cuando no te das cuenta de que está. Está para contar cosas a través de objetos, formas, colores, texturas.
¿Qué cosas del director de arte queda en el actor?
Un montón. El director de arte tiene que trabajar mucho con el actor, porque vos estás construyendo el mundo de ese personaje. No hay nada peor para un actor que construir su personaje, con sus costumbres, su forma de actuar, su casa, y que llegue al set y se sienta extraño, sienta que ese set no es de su personaje. Para mí como director de arte era fundamental que el actor tuviera lo que llamamos props de uso, que son cosas propias del personaje que aparecen en el guion. Si el personaje se levanta todas las mañanas y toma mate, tenemos que imaginarnos qué mate usa ese personaje, y eso es un trabajo conjunto con el actor. Arte también engloba vestuaristas, maquilladores y peluqueros. Ellos nos reciben a las seis y media de la mañana en el peor o en el mejor día y nos terminan de transformar. Te mirás al espejo y ya no sos vos.
En Carne hay un cambio rotundo en mí: estoy rubio platinado, uso ojos celestes; soy otra persona. Eso fue un trabajo de Johnny Left, el encargado de caracterización y maquillaje, y de las chicas de vestuario y de marcas que también me apoyaron para convertirme en Matías. Para mí es una de las cosas más divertidas de esta profesión, transformarte, ponerte otra ropa que jamás te pondrías, usar looks que jamás usarías y peinarte de formas distintas.
¿En qué momento dijo: “Soy actor profesional”?
Lo hablé mucho en terapia y es muy uruguayo: nos cuesta mucho decir “soy actor”. A mí me costó. Pero creo que fue cuando salió la película En el pozo, de Rafa y Bernie Antonaccio (2019). Nos explotó en la cara esa película. La hicimos con todo el amor y el esfuerzo del mundo, y de repente pegó, se fue mucho más lejos de lo que esperábamos, y creo que ahí, por lo menos yo, empecé a decir: “Sí, soy un actor profesional del audiovisual”. Justo después vino la pandemia, y yo no paré de trabajar. Filmé El presidente, que fue en su momento la serie más cara que se había filmado en Uruguay, y no me faltó trabajo en toda la pandemia. Vivo de esto desde mucho antes en realidad. Pero hay como una vergüenza. Decía: “No sé si puedo decir que soy actor profesional porque tengo rodajes una vez cada tanto”. Y cuando sos actor de publicidad te pesa todo el prejuicio ajeno.
En el pozo recibió varios premios internacionales, se presentaron en Sitges, y usted contó que tras esa película consiguió representante en España y en Argentina. Pero, en Uruguay, ¿no tiene?
No, es que en Uruguay todavía no existe la figura del representante de actores. Nosotros trabajamos a través de la Sociedad Uruguaya de Actores (SUA). Es una falta que tenemos. Nos explotó la cabeza cuando nos empezaron a llamar representantes de actores y descubrimos que hay personas que trabajan de eso y que hacen todo el trabajo que a uno no le gusta hacer, que es negociar, conseguir oportunidades y cobrar. Es un trabajo administrativo que a nosotros los actores nos carga mucho. Descubrís que hay una persona que se encarga de eso, a la que vos le pagás para eso, y que encima la paga es lógica, no es disparatada. Esa persona me consigue trabajo, me gestiona todo y yo solamente tengo que actuar, solamente tengo que hacer mi trabajo. Es espectacular. Si bien uno sí tiene que estar en algún lugar específico porque uno es su propia empresa y también hace el lobby en diferentes lugares, eso me abrió puertas a llegar a conocer y a charlar con gente que por ahí nunca se hubiese dado sin ese reconocimiento que recibió la película.
Gordillo, Minerva Casero y Luciano Cáceres en Carne.
¿Como quiénes?
Siempre digo que en esta carrera la realidad a veces supera a los sueños. Cuando fuimos a Sitges éramos 14 o 15 de la película y fue como el viaje de egresados. Con mi amigo Rafael Beltrán, otro actor de la película, habíamos ido unos días antes porque estaba mi mamá allá justo, y habíamos conocido una playa en particular que es hermosa, en una zona cercana a Sitges. Ahí hay un hotel boutique, muy caro y muy exclusivo. Y la pareja de mi mamá nos dijo: “Un día van a estar ahí”. A los días resulta que tenemos la invitación a una fiesta muy privada y muy chica en ese mismo hotel. Llegamos y nos enteramos de que era del (actor neozelandés) Sam Neill. Pensamos: “No sé qué estamos haciendo acá”, porque era muy poquita gente y nosotros éramos un montón en ese grupo de 70 personas. El tipo estaba rodeado de productores de Hollywood. Era una fiesta en honor a él y él nos había invitado porque vio la película. En un momento se acerca y nosotros dijimos: “Va a agarrar una copa”, y se puso a hablar con nosotros. Fue increíble. Después, cuando agarramos un poquito más de confianza, yo le dije: “Nunca soñé pasar de verte atrapando dinosaurios a estar charlando acá con vos”. Nos seguimos en Instagram, él vivía en una especie de granja en Nueva Zelanda, y tuvimos alguna charla sobre los animales. Decís: “¿Qué hago yo hablando con este tipo de tú a tú?”. Como también nos ha pasado con muchos otros actores.
¿Le gustaría llegar a ser una estrella internacional?
De más joven, sí quería. Yo siempre digo que el actor que te dice que no le gusta el aplauso o el reconocimiento miente. Nosotros necesitamos del público porque nos debemos a él. Yo puedo hacer una obra increíble en el living de mi casa, ¿de qué me va a servir si nadie la ve? Hacemos un trabajo para que la gente lo vea. De más chico, sí, entre esas fantasías pensás en premios, alfombras rojas. Después, cuando llegás a las alfombras rojas, te das cuenta de que son divertidas y un poco abrumadoras al mismo tiempo. Hoy te diría que no sé si me gustaría pagar el precio de la fama, también porque en todos estos años he conocido gente muy conocida personalmente y hay cosas con las que no sé si está bueno lidiar todo el tiempo, como perder el anonimato o perder espacios de estar tranquilo.
Néstor Guzzini, Gordillo y Adriana Ardoguein en El Principio de Arquímedes.
Recién mencionó la serie El presidente. Usted estuvo en la segunda temporada en 2021, dirigida por Armando Bó, ¿este trabajo lo tuvo que negociar solo, sin representante?
Solito. Obviamente, los actores nacionales ganamos bastante poco, no por culpa de nada, justamente porque no tenemos un sostén de representación que nos permita negociar. Y sí, fue todo un tema. Armando peleó por muchos actores uruguayos y argentinos porque el showrunner o la producción en general la tenía Amazon Brasil, y ellos querían traer a todas sus estrellas, lo cual está bien. Era un juego de marketing y de negocios. Tuvimos que luchar bastante para entrar a la serie y después para ser bien remunerados. Y fue toda una experiencia también negociar con un monstruo como Amazon.
¿Y ganó?
Yo sentí que gané en lo personal. No gané tanta plata como quería, pero me planté a negociar. Y lo mismo pasó con El beso de la mujer araña y con la serie AMIA, donde tuve papeles interesantes. Ahí te tenés que poner un poco duro. Es incómodo, sí, porque son compañeros y porque la decisión a veces viene desde arriba.
Un actor famoso decía que el trabajo de los actores es conseguir trabajo, y es tal cual. Es verdad, hay un día que te levantás y te sentís frustrado. Mirás el vaso medio vacío y decís: “Necesito una estabilidad económica” y “¿qué hago ahora cuando se me terminen los proyectos?”. Y a la vez me doy cuenta de que este año hice una serie, una obra de teatro, una película y ahora estreno dos películas más. Tampoco soy un actor de Hollywood que hace una producción, gana millones y ya tiene el año que viene y el otro comprometidos. Es como que estás en la cresta de la ola haciendo un montón de cosas y de repente te quedás en tu casa, y eso es parte de la profesión también. Esos bajones hay que sobrellevarlos. A veces son duros en cuanto a la ansiedad. Por eso creo que esa cierta inestabilidad emocional que se cree de los actores viene por ese lado. No somos todos inestables emocionalmente, pero sí hay que estar un poco loco para elegir esta profesión y bancarte la que te viene cuando no tenés trabajo y cuando tenés que hacer cosas que por ahí no te copan tanto. Pero no todo el mundo trabaja de lo que le encanta. La gran mayoría de la gente tiene trabajos que odia, es una realidad. Uno tiene que ser consciente de eso, por eso hablo siempre del privilegio. No te voy a decir “mirá todo lo que sufro”, pero sí está esa ansiedad de pensar qué va a pasar después.
En 2022 fue padre. ¿Cómo hizo para acompasar esa vida familiar con la vida de actor?
Nos costó mucho tener a León. Eso también juega: uno a veces no está pasando por un buen momento personal. A mí me gusta hablarlo para sacar el tabú y dar esperanzas de que sí se puede. Nos llevó muchos años, y ahora León va a cumplir cuatro años. Un poco conectando lo que decía antes, era la época de En el pozo y yo estaba pasando un momento personal espantoso, pero tenía que poner mi mejor sonrisa. Vivía con la culpa de haberme perdido muchos viajes. Yo jodo con mi hijo diciendo que me debe viajes a muchos países porque lo estábamos buscando y me perdí de muchas cosas. Pero lo gané a él y valió la pena. A veces como actor estás pasando por un momento muy difícil en tu vida y tenés que ponerte tus máscaras de actor y salir a la cancha, al teatro o al cine, y eso es difícil también.
Volviendo a lo que me preguntabas, cuando nace León tuve el privilegio de que, cuando Bea, mi pareja, volvió a trabajar a los seis meses, yo no agarré trabajo para estar con él. Queríamos que el primer año estuviera con nosotros, y ese es un gran privilegio que mi profesión me da, y soy consciente de que el 90% de las profesiones no lo tienen. Y de repente gente de otras generaciones, como mi mamá, te dice: “¡Ay, pobrecito, va a la guardería tan chiquito!”. Es que es otra época. En ese sentido también tenés que lidiar, en mi caso particular, con algo sobre lo que soy muy abanderado: ejercer la paternidad. Luchar contra el “ay, Augusto ayuda mucho en casa y con el bebé”. No, Augusto no ayuda: Augusto es el padre del niño y puede estar en la casa. Hoy en día ser padre es un acto de rebeldía total. Y creo que todos los actores somos niños rebeldes que juegan y, cuando sentimos que estamos perdiendo eso, trabajamos para recuperarlo.
Susana Groisman, Gordillo y Anna Sofía Facello en Carne.
En pocas semanas estrena Carne, ópera prima del director uruguayo Tomás Marichal que plantea la distopía de un mundo que se queda sin vacas, y usted hace del villano. ¿En qué se basó para componer el personaje?
A mi hermana, que es psicóloga, siempre le pido ayuda para armar perfiles y con Matías armé toda su historia personal. Primera regla del actor: no juzgamos al personaje. Obviamente, como espectador lo juzgo de mil maneras pero, para tratar de entender cómo una persona llega a sentir y a pensar que hay personas que no merecen vivir y personas que sí, me tuve que meter en que es real, existe. Siempre hablo desde la observación y la imaginación. Fue un personaje difícil, que me atravesó personalmente, pero para construirlo una de las armas más fuertes que tenemos los actores es la observación. Me metí en un mundo muy oscuro de personas reales que todavía están, que gobiernan países y que toman decisiones sobre la vida de la gente, entonces no me fue tan difícil verlo tangiblemente.
¿Puede dar nombres?
Sí, no tengo problema en decir que Matías tiene una forma de pensar como un (Donald) Trump, un (Benjamín) Netanyahu o (Javier) Milei. Como también te puedo decir que me inspiré en los regímenes dictatoriales del Congo o Irán. En esos pueblos quienes sufren siempre son los más desprotegidos, y Carne también está planteando eso. Mi personaje perdió su poder y quiere recuperarlo. Para él es lógico que haya gente que no merece vivir porque es un peso para la sociedad y para el Estado, y hay gente que necesita comer carne. Sin spoilers, te lo dejo ahí. Aunque después —lo van a ver en la película— tiene mucha carga emocional, no es un monstruo robótico, sino que todas estas decisiones que toma también le pasan factura. Él comete actos que sabe que están mal, aunque haya cosas que piensa que están bien.
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Sobre el audiovisual uruguayo
Para Gordillo, el panorama audiovisual uruguayo tuvo un quiebre claro a partir de la pandemia. Si bien no se trata de una industria gigante, el país pasó de rodar de forma muy esporádica a sostener un ritmo de filmación impensado años atrás, entre películas nacionales y proyectos para afuera. Sin embargo, el actor advierte que este crecimiento también exige seguir peleando por el lugar de los intérpretes locales: “Hay que sacarse el uruguayismo y decir ‘el lugar que tengo ahora y que tienen mis compañeros nos lo merecemos porque hemos trabajado muchísimo para esto’”.
Más allá de los formatos o los presupuestos, Gordillo defiende la pantalla local como un espacio fundamental para contar nuestras propias historias: cuanto más cine se haga y más variedad haya en cartelera, más se fortalece la cultura del país. Títulos como El baño del papa, Whisky o Mi mundial demuestran, según el actor, que es posible hacer un cine de calidad que además emocione y llene las salas.