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    Coparentar a todo vapor

    En pleno auge de la literatura sobre la maternidad en Uruguay y en el mundo, dos hombres —los comunicadores Christian Font y Andrés Reyes— alzan la bandera de la paternidad y hablan de esto y de la nueva masculinidad en dos nuevos libros que encienden la chispa y se suman a lo que ya es una tendencia editorial internacional

    Es bueno saber algunas cosas antes de iniciar un diálogo. A Christian Font no le gusta que le pregunten si “ayuda” con la crianza de sus hijos, o si se “anima” a cambiar los pañales. El verbo ayudar lo remite a un “lugar pasivo” del que el padre saldría circunstancialmente para hacer un aporte y volver a él inmediatamente. La pregunta de los pañales le parece una “soberana estupidez”, la considera “folklórica y demodé”, y directamente no la contesta.

    Según escribe el autor de “¡Pa! Los padres también cuentan” (Editorial Sudamericana) en su libro, siempre se consideró la versión masculina de Susanita; además de proyectarse en un escenario como un rock star o protagonizando una película de acción, se veía siendo papá. Más adelante, cuando los hijos se volvieron una posibilidad cercana, se vio coparentando. “Siempre, desde que planificamos una familia con mi esposa, estuvo sobre la mesa la idea de coparentar a todo vapor. Por supuesto que hay cosas que yo no puedo ofrecer, e ironizo con eso en el libro. Anatómicamente no vengo diseñado para algunas tareas, pero puedo compensar con otras”, contó Font a galería.

    El dibujante Matías Bergara ilustró la portada de este libro con una especie de superhéroe que no es más que el propio autor con la vincha y los bíceps de Rambo intentando sostener en el aire todas las pelotitas que implican ser padre (llevar al niño al cumpleaños, vigilar que no se caiga, dejar que alguna vez que se caiga y aprenda) y ser todo lo demás que hay que ser al mismo tiempo. En el libro —con prólogo de Natalia Trenchi y Darwin Desbocatti— no abundan los consejos —el autor se resistió todo lo que pudo— y el humor se vuelve un recurso para reírse de las situaciones cotidianas y los lugares comunes de la paternidad sin valerse de los desencuentros entre géneros (nada de “esa pelotudez del hombre que no levanta la tapa del water y la mujer que cuando maneja hace tal o cual cosa”). Lo que el lector encontrará es el relato —a veces desesperado— de una experiencia personal; un monólogo tragicómico de lo que significa ser padre hoy.

    No es un manual para papás. El autor asegura que no es un libro de consejos. Que no procura decirle a nadie cómo ser buen padre, que ni él mismo sabe bien cómo es aquello. Lo que sí es, en todo caso, es lo que él llama un “relato cotidiano”, lleno de imprevistos. Y como buen libro de imprevistos, se escribió en los momentos más imprevisibles. “Fue muy caótica la escritura de ‘¡Pa!’. No solamente porque a veces me proponía hacerlo los fines de semana y no podía cumplir por un tema de agenda, sino porque tuve mil veces que cortar la escritura en pleno proceso por atender cuestiones de mis hijos, o del hogar, o de otros trabajos, o porque muchas veces dejaba el Word abierto y me iba a servirle yogur a la bebé y volvía y mi hijo estaba subido arriba del teclado apretando todas las teclas posibles, entre ellas la de borrar. O sea que fue así. Dejé que fuera caótica porque en realidad reflejaba un período caótico de mi vida”, contó Font.

    El libro tardó un año en completarse y, entre otras cosas, busca derribar algunos mitos, como aquel de que recién nacido el bebé, los nóveles padres están ansiosos de volver al hogar. “La visita insiste. ‘Estarán deseando llegar a casa’, suponen. La respuesta es no, pero sería desolador para nuestro interlocutor. El sanatorio incluye las comidas, el aire acondicionado funciona, vienen permanentemente profesionales bien entrenados a ver al bebé y a su mamá. ¿Realmente usted tiene apuro en volver?”.

    También se refiere a las dos actividades a las que más difícil es acceder en los días y hasta meses posteriores al parto: el sueño y el sexo. El terror a despertar al bebé, que finalmente se durmió, y perder así la oportunidad de dormir unas horas, suele estar al acecho. “Como teme quebrar ese silencio más que nada en el mundo, calcula sus movimientos y al incorporarse gira sobre su eje como si estuviera rodeado de rayos láser letales. Por eso decide —¡bah!, a esa hora y sin lucidez usted no decide, se entrega nomás— que lo mejor quizá sea adoptar una posición que le permita conciliar unos minutos el sueño necesario para acudir nuevamente al pequeño cuando este lo demande. El adormecimiento profundo puede encontrarlo arrodillado en el piso con un brazo extendido hacia la cuna y la cabeza apoyada sobre la caja de un puzzle”.

    El capítulo “Eso no se hace” ahonda en lo referente a la intimidad de la pareja —o la ausencia de ella. Allí hay referencias a la cuarentena, que según señala Font “ha llegado a ser ‘ochentena’, ‘cientoveintena’ y ‘perdílacuentena”. Cuando por fin se cumplió ese período que la pareja consideró prudencial esperar o en el que la paternidad los arrolló sin piedad, llega la instancia del encuentro, Font sugiere hacer “buen uso del tiempo que les permita el llanto demandante de su crío”. “Lúzcanse en cinco minutos inolvidables, como supieron hacerlo antes de que naciera el niño en el mismo lapso de tiempo. Ahora tiene una coartada perfecta”, dice.

    El primer mojón celebratorio en la vida de todo ser humano contemporáneo y perteneciente a esta cultura es el primer cumpleaños: “una fiesta para adultos con la eventual participación de otros niños a los que conviene mantener entretenidos”, en la que la “cumpleañera o el cumpleañero no se va a enterar de casi nada, pero un día va a ver las fotos”. El acontecimiento comienza con la reserva del salón pero, de acuerdo con este padre, no termina cuando se va el último invitado. “Usted, grandísimo padre iluso, da por cerrado el tema. Su hija o hijo tiene un año, muy lindas las fotos, y hasta el año que viene. La madre tiene otros planes para usted. Notará que el bebé homenajeado ha recibido algunos juguetes pero también ropa y calzado. ¿No siente un frío que le recorre la nuca? Los niños duermen, el barrio está en silencio, fue un día largo de aprontes y festejo. No obstante, la frase está allí, pronta para ser disparada. ‘Esto hay que cambiarlo”.

    Aunque se resistió hasta último minuto a dar consejos en “¡Pa!”, a pedido de la editorial terminó armando un decálogo, que en un juego de palabras tituló “Dejálogo”, por aquello que hay que resignar al ser padre y también por lo que sería bueno permitirles a los niños. Así, la decena de consejos detalla asuntos que, con su experiencia de hijo, prefiere evitar.

    Por ejemplo, uno de los puntos sugiere “dejar de decirles a sus hijos espantosas frases ejemplarizantes en el intento por establecer límites”. “'Comé esto porque hay niños que no tienen qué comer’. Ese tipo de cosas sin sentido. O las frases rimbombantes para la tribuna: ‘yo por mi hijo doy un brazo’. Mirado objetivamente no tiene sentido, por más que demuestre amor; tu hijo te va a necesitar con dos brazos. Obviamente, es tomarse para el humor algunos lugares comunes de la paternidad local”, contó el autor.

    No es autobiográfico. El relato en primera persona no debe confundir al lector. “¡Pa!” no es un relato autobiográfico, aunque evidentemente hay claras referencias a la experiencia personal de Font. “Somos los dos muy reservados de nuestra privacidad”, dijo refiriéndose a él y a su esposa, la primera persona en leer el texto. “Ella nunca me hizo un apunte del estilo ‘cuidado lo que decís de los chiquilines’, pero se dio naturalmente. A mí no me gusta exponer a los niños en una época donde todos estamos permanentemente expuestos. Me gusta respetar su privacidad y creo que las anécdotas que conté son de un relato con el cual muchos padres y madres pueden encontrar puntos de contacto o de comunicación”.

    Sobre ese respeto a la privacidad de los más chicos habla también en el libro, en el segundo punto del “Dejálogo”, un tópico sobre el que sí está dispuesto a “bajar línea”. “No logro entender por qué los usuarios adultos exponen a sus hijos pequeños a las redes, como si se tratase de algo inocente y con la idea de que lo que ponés en tu cuenta lo van a ver todos tus amigos como si vos estuvieras abriendo un álbum de fotos en el living de tu casa”, dijo a galería. El autor, de hecho, no comparte fotos de sus hijos en la redes sociales. “Hoy todo lo que subís a las redes queda en eso que la gente resume como la nube, pero en rigor queda a disposición de quien sea. Por más que uno puede fijar la privacidad, yo prefiero no subirlas, prefiero que mis hijos un día crezcan y digan cómo quieren ser mostrados”.

    Es una playlist. En un libro actual sobre padres no podía faltar la referencia a los grupos de Whatsapp, en este caso del jardín de infantes, un fenómeno que describe como “esencialmente femenino”, detalle que explicaría, según escribe el autor, “por qué no se comparten tantos videos porno como en el resto de los grupos”. Y, llegando al final, un capítulo multimedia incluye una playlist de canciones vinculadas a la paternidad, una murga titulada “Los nuevos viriles” y un análisis de algunos papás animados, entre los que encontramos desde Homero Simpson hasta Papá Cerdito, de Peppa Pig, un “pusilánime a todas luces” que cuando “Mamá Cerdita le hace ver que la embarró (…) nunca salta ni gasta tiempo o energía en enojarse. En ese sentido, un capo”.

    Echando mano a su faceta de crítico de cine, Font también elaboró un listado de películas con temática vinculada a la paternidad que cuenta con ejemplos como “Un gran chico” y “El gran pez”. “La paternidad me había alejado mucho de la crítica. Fue tanto el sacudón desde lo afectivo, desde rearmar las piezas que significa que llegue un bebé a tu casa habiéndolo encarado yo desde un lugar de padre activo y de trabajo en equipo, que en un momento dije: ‘me entrego a ser padre y cuando pueda reengacho’. Año a año, la Asociación de Críticos de Cine hace una votación de las 10 mejores películas del año y yo pasaba raya a fin de año y decía ‘no sé si este año vi 10 películas”, contó el autor.

    En el prólogo, la psiquiatra de niños Natalia Trenchi habla de las ventajas de reírse “de estas calamidades por las que pasan los padres”: “permite descatastrofizar y redimensionar, pero además hermana a todos los que han pasado o están pasando por lo mismo. ‘¡No estamos solos!’, van a pensar aliviados muchos muchachotes desconcertados”, escribe. Esos muchachotes que alguna vez se desbordaron ante el niño tirando comida al cielo o a la cara de ellos, que ya se resignaron a que la flexión para levantar los juguetes del piso es y será por un tiempo su única rutina de ejercicio, respirarán al constatar que alguien padece como ellos pero también disfruta como ellos.