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Cómo el clima está impulsando una nueva geoestrategia
Los cambios ambientales están transformando el comercio, los negocios, la logística y la geopolítica
Un buque portacontenedores navega por la bahía de Jiaozhou rumbo a la terminal de contenedores de Qianwan, en el puerto de Qingdao, provincia de Shandong, China, el 14 de julio de 2026.
Todos saben que el cambio climático es un riesgo, especialmente durante un verano en el que Europa está viviendo otra ola de calor sin precedentes, los incendios en los bosques boreales canadienses han cubierto amplias zonas de América del Norte con una peligrosa nube de humo y Asia sufre una sucesión vertiginosa de sequías, inundaciones y tifones. Lo que no se comprende tan bien es que el cambio climático ya se ha convertido en la fuerza geoestratégica más importante a nivel sistémico.
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Consideremos el lanzamiento, a principios de este mes, de una operación semanal de transporte marítimo en el Ártico denominada Ruta de la Seda Polar, operada por una compañía china, que reducirá a la mitad las rutas de tránsito habituales entre Europa y China. Ésta es parte de la estrategia del Ártico china, lanzada en colaboración con Rusia en 2017, que integrará la Ruta del Mar del Norte en la Iniciativa de la Franja y la Ruta para crear cadenas de comercio y suministro dominadas por China. A medida que el Ártico se derrite, se presenta como una alternativa nueva y muy atractiva frente a otros cuellos de botella para el transporte marítimo, como, por ejemplo, el Canal de Panamá.
Mientras que el primero se ha vuelto polémico por razones geopolíticas, el segundo está sufriendo cada vez más los efectos del cambio climático. Durante un período de sequía entre 2023 y 2024, el bajo nivel del agua obligó la restricción del número de embarcaciones que podían atravesar el Canal de Panamá, lo que provocó una caída del 32% en los volúmenes comerciales con respecto al año anterior.
Lo mismo está sucediendo en otros lugares. Este verano, en Europa, los transportes por el Rin y el Danubio se han ralentizado o incluso se han detenido, ya que los niveles de agua en estos ríos han alcanzado mínimos históricos debido a una ola de calor que azota el continente. En Rumania, se cerró una central nuclear que se refrigeraba con agua del Danubio. Los fabricantes de autos del país, entre ellos Ford y Dacia, detuvieron la producción para ahorrar energía.
Es fácil imaginar que otros países sigan su ejemplo (Hungría ya ha evitado por poco el cierre de plantas), dado que se prevé que las temperaturas más altas de lo habitual continúen hasta el otoño y más allá, ya que un ciclo de El Niño más fuerte de lo normal traerá condiciones climáticas más extremas. Esto podría provocar problemas en la red eléctrica en toda Europa. Del mismo modo, en Estados Unidos (EE.UU.), los embalses de lagos más grandes del país, cerca del río Colorado, se están secando y ponen en peligro la energía hidroeléctrica.
Ya existe la preocupación de que la sequía provoque una disminución en el rendimiento de los cultivos y una inflación global de los precios de los alimentos para el próximo año, lo que, por supuesto, conllevaría sus propios riesgos para la política monetaria y los precios de los activos. No es de extrañar que este verano se haya registrado un número récord de menciones a términos relacionados con el clima en los reportes de ganancias de las compañías europeas.
El cambio climático acabará por transformar los mercados, pero ya está transformando la geopolítica. La obsesión del presidente estadounidense, Donald Trump, con Groenlandia puede parecer extrema, pero personas inteligentes de ambos lados del espectro político en EE.UU. (por no mencionar a Canadá y los países nórdicos) están prestando mucha más atención al Alto Norte. El derretimiento del Ártico ha situado a China en su propio patio trasero y ha generado una nueva competencia estratégica por las rutas comerciales que pasan demasiado cerca de Rusia. Del mismo modo, las interrupciones en las cadenas de suministro europeas no son sólo un problema económico, sino también estratégico; el transporte fluvial es crucial para la autonomía de un continente que se encuentra bajo presión política tanto de China como de EE.UU.
Podría decirse que el sur de Asia es la región más vulnerable al cambio climático debido a su geografía y a sus costas densamente pobladas. Pero China —que, como siempre, piensa a largo plazo— ha encontrado una ventaja estratégica en este desafío. Ha fortalecido sus industrias marítimas y su capacidad de construcción naval, lo que representa una enorme ventaja no sólo para obtener el control de la logística global, sino también una ventaja evidente en un mundo que estará cada vez más bajo el agua.
Autos eléctricos chinos preparados para ser exportados.
AFP
Cuando el mundo finalmente pase de los combustibles fósiles a las tecnologías limpias, China será la principal beneficiaria económica. El país produce la mayor parte de los autos eléctricos y las celdas de batería de litio del mundo. Beijing se ha asegurado el control de muchos de los minerales de tierras raras necesarios tanto para las tecnologías limpias como para la defensa. Esto significa no sólo poder industrial, sino potencialmente también poder monetario. El control estadounidense del petróleo barato impulsó su crecimiento en el siglo XX y fortaleció el dólar. En la era venidera de las tecnologías verdes, China podría disfrutar de las mismas ventajas en el siglo XXI.
A medida que los propios mercados financieros comiencen a valorar mejor las implicaciones del cambio climático, los ganadores y los perdedores se volverán más evidentes. Anthony Hobley, un estratega en cambio climático con sede en el Reino Unido, ha escrito que “la mayoría de las decisiones de inversión aún se toman como si el cambio climático no estuviera ocurriendo”, no tanto por negación, sino porque todavía existe una “capa de traducción faltante entre los datos climáticos y el lenguaje del capital”.
Esto significa que, a pesar de todo lo que se habla sobre los criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG), la forma en que los mercados de capital valoran el riesgo climático —y la oportunidad climática— sigue siendo relativamente poco sofisticada. Parte de esto tiene que ver con el modelo de negocio de los seguros, que se basa en ciclos de renovación de 12 meses, en lugar de, por ejemplo, una curva de precios a plazo de 20 años. Luego están las tasas de descuento futuras para los proyectos de capital, que pueden hacer que los riesgos potenciales desaparezcan matemáticamente, aunque sigan existiendo en la vida real. Como lo expresa Hobley: “Cuando el riesgo climático se modela como un escenario para 2050, se sitúa en un marco temporal en el que cualquier tasa de descuento razonable lo elimina”.
El planeta también corre el riesgo de desaparecer. A medida que los mercados valoren mejor esa realidad, esto tendrá sus propias implicaciones geoestratégicas.