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    El caballero de las tijeras

    En un recorrido por las seis décadas de Gabriel Muto dedicado al oficio que le apasiona, “El sastre de los presidentes” repasa la trayectoria de este artesano que ha creado prendas para deportistas, ejecutivos y artistas, y ha buscado mantener el valor del buen vestir

    Vistió a los cuatro presidentes de la República desde el regreso a la democracia. A Julio María Sanguinetti lo recuerda como un hombre coqueto, puntilloso y atento a los detalles. Confeccionó los trajes de Tabaré Vázquez, a quien ubica en el primer puesto entre los presidentes que mejor se visten. Luis Alberto Lacalle recibía elogios de otros mandatarios por las confecciones del uruguayo. Jorge Batlle, cliente desde antes de ser presidente, siempre tenía alguna indicación. También fue él quien logró lo que para muchos fue un milagro: que José Mujica incorpore el saco a su habitual vestimenta. Asimismo, su aporte fue clave en el cambio radical de la imagen de Carlos Saúl Menem, que dejó las imposibles combinaciones de colores de su período más deportivo para ser considerado luego uno de los hombres más elegantes de Argentina. El caballero de las tijeras es Gabriel Muto, quien, con seis décadas dedicado al oficio que le apasiona, es conocido como “el sastre de los presidentes”, aunque también creó prendas para deportistas, ejecutivos, publicistas, artistas. Uno de sus famosos clientes fue el historiador Juan Pivel Devoto, que pagaba antes, y le decía: “Cóbreme, si no, me gasto la plata en libros”.

     Ese calificativo fue el que eligieron Diego Fischer y Andrés López Reilly como subtítulo del libro que acaban de publicar: “Gabriel Muto - El sastre de los presidentes”, de DFR Ediciones. El libro recorre vida y obra de este artesano, de padre calabrés de Cosenza, Argentino Muto, y madre vasca, la maestra Micaela Baraibar.

    Nacido el 25 de marzo de 1934, con siete años comenzó a ayudar a su padre con pequeñas tareas en el taller. Su progenitor también le inculcó el gusto por la música y el teatro. Se educó en Talleres Don Bosco, donde además del oficio de la sastrería durante cinco años, aprendió a tocar el clarinete y formó parte de la banda de la institución. Pero había algo que tiraba más fuerte. Sus propios compañeros lo notaban. “Vos tenés el arte en tus manos”, le dijo el jugador argentino Eliseo Mouriño. “Dedicate a la tijera”.

    Después de trabajar en el ambiente del boxeo, y gracias a la buena relación de su padre con Rafael Gigliotti, distinguido sastre italiano, se abrió paso en el oficio. Y así comenzó a gestarse el sastre más prestigioso de Uruguay, referente de la sastrería fina, expositor en congresos junto a Yves Saint Laurent o Pierre Cardin. El artesano que vistió a Mariano Mores y Astor Piazzolla, a Alfredo Alcón y Jorge Lanata, a Guillermo Vilas, Julio Bocca y al magnate brasileño Gilberto Scarpa. A Studio Muto, que tuvo sucursales en Punta del Este y Buenos Aires, asistieron Domingo Burgueño, Benito Stern, Antonio Mercader, Eduardo Víctor Haedo, Washington Beltrán, Faustino Harrison, Guillermo Stirling, Alberto Volonté, Juan Carlos Raffo y Luis Alberto Heber. Wilson Ferreira Aldunate, uno de sus clientes, cuando llegó por primera vez lo hizo con una cuerda sujetándole el pantalón, a modo de cinturón.

    Hoy, a los 82 años, irradiando calidez y elegancia, asiste todas las tardes a Studio Muto, donde trabajan sus hijos Pablo y Luis, y donde es asesor honorario. “Sigo practicando el oficio, es mi pasión”, dice. La pasión de Muto está embebida de un profundo respeto por el oficio, que descubrió junto a otras pasiones, la música y el deporte. Formó parte de la banda musical de los Talleres y del Coro Municipal. Como futbolista llegó a jugar en la cuarta división de Cerro y de Wanderers.

    “Mi padre, que también fue artesano, no tuvo la suerte de lograr la independencia, pero me aconsejó algo que también me lo había sugerido mi gran maestro, Rafael Gigliotti: ‘Hacé dos años de práctica en Galerías Risi y después te instalás por tu cuenta’. Entonces seguí esos consejos. Primero me instalé en la calle 25 de Mayo, donde estuvimos hasta 1990, frente al Palacio Taranco. Después estuvimos en 18 de Julio, frente al Ministerio de Relaciones Exteriores, donde tenía varios clientes. Pero la avenida se empezó a llenar de vendedores ambulantes, el tráfico cambió, se volvió distinto. Así que cambiamos, nos fuimos a Pocitos, a una sucursal pequeña. En dos instancias nos robaron. Nosotros vivíamos en la calle Maggiolo, y decidimos instalar la casa de moda acá, y con mi esposa nos fuimos a vivir a Pocitos, a un apartamento en el que todavía estoy”.

    Día a día, Muto asiste a la casa que lleva su apellido. “Después del fallecimiento de mi señora, venir aquí me mantiene ocupado. Estar con mis hijos, ayudarlos, colaborar, dar alguna sugerencia de orden práctico, me da mucha satisfacción. Pero más que nada hay un tema afectivo, que es el placer de estar con ellos cuatro horas por día”, apunta. “A veces viene alguno a pedirme una pilchita y se la hago”.

    —Su maestro, Gigliotti, solía decir que usted tenía “golpe de vista”. ¿Cómo definiría ese concepto?

    —Es saber captar la conformación, ipso facto, del cuerpo del cliente. Observo la disposición de los hombros, si son rectos o caídos, el vientre, si es excesivo, si es superior a la caja torácica, y me fijo mucho en la espalda, si veo que es encorvado ya sé que tengo que aplicar ciertos cuidados para ser amplio en las medidas.

    —Vistió a los cinco mandatarios desde el regreso a la democracia. ¿Cómo describiría sus estilos?

    —Tabaré (Vázquez) es muy coqueto, prolijo, le gusta mucho lucir la ropa. A (Luis Alberto) Lacalle y Batlle les gusta vestirse bien. Si tuviera que hacer un orden, pondría primero a Vázquez. En segundo lugar a Sanguinetti, que le gusta estar bien presentado y es cuidadoso. Batlle y Lacalle estarían en tercer y cuarto lugar. Y por último, si bien respeto su forma de pensar, Mujica.

    —¿Mujica es un referente de moda?

    —No, al contrario. Tiene otras virtudes. Ni bien asumió la Presidencia dijo que tener que ir al ropero y sacar seis prendas, seis trajes, le resultaba de lo más incómodo. Eso da una idea del sentido y la aplicación que le da a la ropa. En algunos políticos, la ropa es un instrumento. Cuando Peñarol celebró 120 años con una cena en Maroñas, recuerdo que mi primo, Julio Baraibar, me presentó a (Eleuterio) Fernández Huidobro. Apenas nos conocimos me dijo: “Ah, usted es Muto. Lo felicito por haberle puesto traje a Mujica. No lo podía creer. Nosotros nos poníamos traje cuando íbamos a asaltar bancos” (risas). A Pepe lo estimo mucho como persona y admiro su carisma. Para él la ropa fue una necesidad para estar presentable, un instrumento, y no un atractivo personal para distinguirse en ese aspecto.

    —¿La relación con Mujica fue un caso de adaptación mutua?

    —Cuando vino al atelier y le mostramos ropa también probamos con una corbata de esmoquin. Dijo que estaba muy lindo, pero que no era para él. El traje puede estar hecho por el mejor artesano, pero si usted no tiene el porte, si no le interesa llevarlo bien, se pierde mucho. La prueba está en que lo vestí solo cuando fue presidente. Periódicamente me encarga camisas Mao, que le confecciono con motivos patrios, pero trajes no. No sé dónde están sus trajes. Llegó a dejar pasar seis meses sin levantar dos conjuntos sport. Cuando vino no los podía cerrar porque había engordado. Es decir, tampoco se cuida él.

    —¿Cómo fue su trabajo con Carlos Menem?

    —Nos habíamos visto por primera vez en Punta del Este, en el local de Dante, pero no pasó nada. Un día me llamó Lacalle para decirme que Menem le había elogiado un traje que le había hecho yo y que me iba a llamar. Entonces también me llamó Jorge Antonio, hombre de confianza de Perón, a quien vestí en Punta del Este, y también me dijo que Menem quería que yo lo vistiera. Fuimos con mi hijo Miguel, y él nos recibió en equipo deportivo. Pidió disculpas y fue a cambiarse. “¿Qué tal este traje”, nos preguntó. “¿Conoce la obra del Cottolengo Don Orione? Sería muy lindo que se lo donara”, le dije. Así empezó nuestra relación. Una vez estábamos probando un traje cuando le avisan que venía Domingo Cavallo, el ministro de Economía. Menem, muy atento, nos dice: “Justo viene este pelado a jorobarnos ahora. ¿Se animan a quedarse esta noche? Les voy a ceder el cuarto donde estuvo el Cuqui, mi gran amigo”. Esa vez fuimos con mi hijo Pablo. Pasamos la noche ahí y al otro día, después del desayuno, probamos la ropa. Es un hombre muy divertido y le gustaban mucho las mujeres. Decía: “Con esta ropa voy a estar con tal; con esta otra voy a ver a Fulana”. Eso sí: en temas políticos no nos metíamos. Con ningún presidente.

    —Y en cuanto a los uruguayos en general, ¿observa una evolución en la forma de vestir de la gente?

    —Evolución, no veo (risas). En el hombre, el traje tradicional clásico sigue imponiéndose, aunque quedó reducido a las clases sociales más altas y a quienes trabajan en el sector financiero o bancos. Me parece curioso ver un partido de fútbol de Europa y encontrar a la gente bien vestida, a los directores técnicos de traje, lo que demuestra que siguen cultivando el buen vestir. Acá, en cambio, se ha perdido un poco. Hay que respetar a todos, pero ojalá que renazca el entusiasmo por prepararse mejor. Tal vez nosotros, los sastres, no supimos transmitir bien o informar sobre el buen vestir, para tomarle el gusto a la elegancia, para darse cuenta de que el cuerpo de cada uno se refleja mejor con buenos hábitos de ropa.

    —¿Por qué cree que darle importancia al buen vestir se asocia con la superficialidad?

    —Creo que tiene ver con que no se ve como un hecho que representa arte. Estar bien presentado es un arte. El que no lo hace es porque no lo comprende o no se educó. No le vio la importancia ni la necesidad, asume el vestir solo para estar cubierto. Pero se trata de darle jerarquía y valor al cuerpo, es una carta de presentación, y es algo que se puede adquirir, como hacer ejercicio para estar en forma y saludable. Hay gente que le da importancia y se apasiona con un auto y se pone una campera y se siente cómodo. Estoy de acuerdo con que, en las horas libres, tiene mucho valor estar con ropa informal, pero también se le puede dar jerarquía a un buen jean. Es algo cultural y se puede aprender. Hay que saber que tiene efectos positivos en las relaciones laborales. Un tío mío, visitador de una firma muy importante de bebidas, me contaba que cuando iba a un sitio vestido de manera informal, el señor que lo atendía ni se levantaba de la silla. Pero cuando salía impecable, se acercaba al mostrador y la persona del otro lado se levantaba y le preguntaba: “Señor, ¿en qué puedo servirle?”.