Y, como todo montañista, soñaba con subir el Everest. Recién en mayo pasado, casi a los 50 años, se le dio la oportunidad: viajó con los hermanos Benegas —Damián y Guillermo, dos reconocidos colegas argentinos— para trabajar como guías de un grupo de cinco personas. En total, la travesía llevó unos 60 días de convivencia intensa con el grupo. Primero viajaron a Katmandú, donde debían ultimar detalles logísticos. Luego tomaron un vuelo a Lukla, una ciudad ubicada a 2.900 metros de altura, desde donde se comienza la expedición. El aeropuerto es considerado uno de los más peligrosos del mundo y llegar a él es en sí misma una vivencia extrema: se combina el placer de ver paisajes montañosos espectaculares con el estrés que produce viajar en una aeronave pequeña, a merced de los vientos, y aterrizar en una precaria pista ubicada al lado de un precipicio de 600 metros.
Una vez en el campamento base, a 5.400 metros sobre el nivel del mar, tuvieron unos días para descansar y adaptarse. El Everest cuenta con cuatro campamentos de altura, que hay que visitar en diferentes rotaciones antes de alcanzar la cumbre. Primero se viaja desde el base hasta el campamento 1, se pasan unos 4 o 5 días y se baja. Después, se va al 1 y al 2, luego se baja. Y así sucesivamente hasta completar todas las rotaciones de altura antes de emprender la subida a la cima.
Un obstáculo que hay que sortear entre la base y el primer campamento es la cascada del Khumbu, un laberinto de profundas grietas y enormes castillos de hielo de gran inestabilidad. Allí viven un grupo de pobladores locales, también llamados sherpas, que se encargan de colocar escaleras y cuerdas fijas para que los montañistas puedan atravesarla en su ascenso.
El último tramo es el más difícil. El campamento 4 está ubicado a 8.000 metros sobre el nivel del mar, conocida como la zona de la muerte. Por la hipoxia, esa altura es incompatible con la vida humana si se está expuesto por largo rato, por lo que muchos llevan oxígeno suplementario. Además, los montañistas se exponen al congelamiento de pies y manos. Este año, en el trayecto que lleva desde el último campamento a la cumbre se produjo un embotellamiento humano. Las personas debían permanecer inmóviles, mientras soportaban vientos de 35 kilómetros por hora y temperaturas de unos -20°. La situación terminó con 11 muertos (ver recuadro).
Ante ese panorama,y aunque el mal tiempo amenazaba, Clausen decidió esperar unos días a que subiera el grueso de los deportistas. Finalmente, logró alcanzar la cumbre el 23 de mayo y describe la sensación de estar en el punto más alto como “moverse en cámara lenta”.
A su regreso de Katmandú, ya instalado en Bariloche y en plena etapa de recuperación —que implica recuperar los kilos y músculos perdidos, entre otras cosas—, Clausen conversó con galería.
Más allá de estar entrenado, ¿subir el Everest implica mucha determinación?
Sí, es una expedición muy larga, son muchas horas en las que uno no está haciendo nada. Además de la parte física, que es superim-portante, está la parte mental. A veces te levantás en la mañana y te preguntás “qué estoy haciendo acá, me quiero volver a mi casa”. La altura es complicada en ese sentido, no es lo mismo subir una montaña con una cota baja, ahí es más físico. Pero en el Everest la cabeza no te funciona bien. Tenés que pensar cada paso para no cometer errores.
¿Cómo manejás la parte mental?
Tratamos de estar siempre moviéndonos: muchos días de ocio te juegan en contra. Siempre tratamos de apoyar a los clientes y levantarles el ánimo. A veces hacés de padre, a veces hacés de amigo, a veces sos guía. Este año nos fuimos con unos amigos a escalar el Fitz Roy, en Patagonia, y hacía años que no salíamos a escalar por nuestra cuenta sin preocuparnos por nadie más (risas).
¿Alguna vez tuviste psicosis de altura o síndrome del tercer hombre?
Eso tiene que ver con un principio de edema cerebral, que es una inflamación de los tejidos del cerebro. La gente empieza a divagar, no reconoce a nadie, hay pérdida de equilibrio, confusión. Tuve clientes con principio de edema cerebral y se ponen violentos o te desconocen. Son personas con las que estás hace 15 días y de repente no saben quién sos. Ahí los tenés que bajar enseguida. Con 1.000 o 2.000 metros que desciendas ya se sienten mejor.
Y síndrome de la tercera persona me ha pasado un par de veces cuando estuve escalando solo. Tuve la sensación de que había alguien dando vueltas conmigo, pero me lo tomé bastante bien. Pasa cuando estás medio cansado y deshidratado en la altura.
¿Cómo repercute en el cuerpo?
Tenés falta de apetito y náuseas. Podés tener insomnio, se te hinchan la cara, las manos. Al principio del día está helado, pero a partir de las 10 te empieza a pegar el sol y hace un calor terrible, vas caminando de remera y transpirando. El reflejo de la nieve también levanta mucha temperatura. Una de las cosas más importantes es cuidarte del sol, si te quemás, te quemás mal y al otro día ya se te sale la piel. Te tenés que poner lentes, protector y crema hidratante.
¿Qué particularidades tuvo tu ascenso a la cima?
Lo más problemático fue el pronóstico del tiempo. El año pasado hubo nueve días de buen tiempo, entonces uno podía elegir cuándo hacer cumbre. Este año fue muy chica la ventana de buen tiempo y variaba mucho de un día para otro, teníamos mucha incertidumbre y por eso se dio el problema del embotellamiento. En 2018 solo hubo 10 permisos menos que este año y no pasó eso, porque se distribuyó mejor el día de cumbre. Generalmente, a partir del 20 de mayo apuntás a hacer la cumbre. Nosotros subimos el 23 de mayo.
En relación con el embotellamiento, este año se hizo viral un video de varias personas esperando para llegar a la cima. Pero lo más grave fue que hubo 11 muertos. ¿Qué pasó?
Se mezclan varios factores, porque es una montaña que se hizo muy masiva, hay un mercado muy grande ahora. Hay muchos guías que son malos, y si a eso le sumás clientes casi sin experiencia y que se exigen demasiado, suceden los accidentes. Para subir el Everest tenés dos posibilidades: podés subir por el lado chino o por el lado nepalí. El lado norte, el de China, tiene muchas restricciones para otorgar los permisos, tenés que dejar un currículum, demostrar que tenés experiencia; no dejan subir a cualquiera. Pero el lado nepalí es supercorrupto y cuanta más gente entre, mejor, porque es más plata para el gobierno. Hay gente que nunca pisó una montaña e intenta subir. Son personas que tienen otra concepción de la vida, no les importa morir: es cumbre o muerte. También entra en juego el “bono de cumbre” que les dan a los guías locales, una propina extra por llegar a la cima. Entonces, a veces, les exigen mucho a los clientes. Este año me crucé con una mujer que iba con un guía local que le pegaba con una cinta a su cliente para que siguiera adelante y la mujer lloraba en el piso diciendo “no doy más”. Además, allá no hay responsabilidad civil, bajás a Katmandú, avisás que se te murió un cliente, mostrás fotos y listo, te vas a tu casa.
¿Cómo es un día tipo?
Dejás todo el equipo preparado para la montaña: arneses, linterna, aislante, sobre de dormir, cepillo de dientes. Te levantás a las 3 de la madrugada, desayunás y a las 4 empezás a caminar con el arnés, el casco, la piqueta, los bastones. Cuando salís del campamento base entrás a la cascada del Khumbu y te encontrás con escaleras de aluminio verticales para pasar una pared de hielo u horizontales para cruzar una grieta. Vas todo el tiempo clipado con un mosquetón a una cinta por si te caés. Llegar al campamento 1 te lleva 5 o 6 horas y ahí sacás las palas y empezás a armar las carpas. También armás la cocina y el baño y buscás agua para derretir y darle al grupo. Los clientes se acuestan, se ponen a escuchar música un rato. A las 6:30 o 7 ya te estás yendo a dormir.
Es una buena experiencia para desconectarse.
En la altura se termina el Internet y la gente está supercontenta, juegan a las cartas, charlan. Ahí no tienen sentido los teléfonos en la mesa porque no hay conexión. Cuando hay Internet desayunás y a los 5 minutos están todos con los telefonitos. Con uno de los clientes era un tema, porque estaba más pendiente de las redes sociales que de subir la montaña, incluso terminó quedándose en el campamento base.
¿Hay gente que hace el viaje solo por la foto?
Sí, claro. Yo vi un cambio muy grande en el Aconcagua. Cuando pasamos de no tener Internet a tenerlo en el campamento base, se perdió parte de la magia.
¿Cuál es el mejor paisaje?
Las horas del amanecer y atardecer son muy frías pero con paisajes muy lindos. Depende mucho del campamento donde estés.
¿Volverías al Everest?
Sí, si se juntan clientes, sí. Como es costoso desde Sudamérica, tiene que ser por trabajo. Sale unos 40.000 o 50.000 dólares entre el pasaje, los permisos y la estadía. Es una montaña elitista.