N° 1959 - 01 al 07 de Marzo de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl teléfono y yo jamás nos hemos llevado bien. Será porque adoro el silencio y el cacareo me abruma. Será porque soy poco curiosa acerca de las vidas ajenas, demasiado susceptible a las intenciones que imagino en los tonos amables u hostiles, algo paranoica con respecto a lo que puede esconderse tras el casi anonimato de una voz que no tiene la insobornable verdad de los ojos. Vaya a saber por qué no me gusta hablar por teléfono.
Sin embargo, no puedo negar la funcionalidad de este aparatito patentado hace ciento cuarenta y dos años (el conflicto entre Antonio Meucci y Alexander Graham Bell merecería una columna aparte) y que ha evolucionado de fijo a móvil hasta convertirse en algo parecido a esas navajas suizas de las que salen innumerables accesorios y que tanto cortan cuerdas o liman uñas, como descorchan una botella.
Tenemos una relación compleja con nuestro teléfono. Al móvil, me refiero. Damos el beso de buenas noches a la pantalla antes de dormirnos y el de los buenos días apenas despertamos. A veces, incluso, nos permitimos una caricia fugaz durante la madrugada. Es un amante perfecto que solo requiere la batería cargada. Poco a poco vamos creando una curiosa dependencia. El fenómeno se conoce como nomofobia y se trata de esa angustia más o menos intensa que sobreviene cuando no tenemos el teléfono cerca.
Durante el día la relación se afianza. Lo usamos para saber hora y fecha, cronometrar cualquier proceso, sacar fotos, filmar, grabar, localizar lugares y personas, permitir que nos localicen, comprar y vender lo que sea, pagar cuentas, hacer transacciones bancarias, armar nuestra agenda, escuchar radio, leer diarios, consultar el estado del tiempo, hacer cálculos, enviar y recibir mensajes… En fin, que de mero transmisor de señales acústicas se ha transformado en una herramienta multiuso que hoy nos vuelve la vida más sencilla. ¿Cuál es, entonces, el problema?
El problema, como siempre, es la virtud transformada en defecto por obra del exceso. Se han invertido los términos de la relación y el aparatito ha pasado a ser un tirano cuando solo debería ser herramienta. No está claro quién manda, ni quién es el verdadero dueño. Todos hemos sido testigos —y en ocasiones, actores— de escenas en las que una familia almuerza o cena sin intercambiar palabras, cada integrante más interesado en el último mensaje que entra y más conectado con los grupos de WhatsApp que con los compañeros de mesa.
A todos nos ha molestado el titilar de las pantallas que se encienden como luciérnagas desorientadas en la noche de los teatros o cines e interfieren con la obra que estamos viendo. Ni qué hablar de la grosería de esas conversaciones descaradas en medio del silencio. Todos hemos sido involuntarios testigos de charlas privadas en lugares públicos. Hemos visto a conductores que van mirando sus teléfonos mientras manejan, a peatones que cruzan la calle con la atención puesta en la pantalla o aislados del mundo con los auriculares puestos. Y, seamos sinceros, todos, al menos una vez, hemos cometido alguno de estos pecadillos de la época moderna.
El teléfono inteligente, como la mayoría de las herramientas que la ciencia y la tecnología nos proporcionan, es un avance que merece la bienvenida. No solo nos mantiene comunicados, sino que nos facilita la existencia cotidiana y nos permite ahorrar el preciado bien del tiempo. Sin embargo, aunque resulte absurdo, gran parte de ese mismo tiempo que ahorramos gracias a las prestaciones que nos da nuestro teléfono, ¡es reinvertida en volver a usarlo! Con lo cual, lo que en principio parece una liberación y una ganancia, acaba por ser una forma encubierta de la tiranía.
A estas consideraciones debe sumarse otro problema. La rapidez que los teléfonos inteligentes permiten, el relativo anonimato, la falta de rigor para chequear la información que nos llega, la ligereza impune con la que reenviamos lo que sea, en suma, el cambio de paradigma que suponen las redes sociales, todo confluye en la construcción de un relato social en el que nos sustentamos y en el que, mal que nos pese, la verdad importa cada vez menos.
Cuesta imaginar una vida sin teléfono. Y, además, no hay razón para hacerlo. Es tanto lo que nos ayuda, que resultaría retrógrado siquiera plantearse vivir sin él. Pero quizá podríamos intentar algunos cambios en las modalidades de uso. Adaptar la comodidad que nos ofrece al resto de las actividades que enriquecen nuestra vida. Integrarlo a ellas. Ponerlo a raya y en su sitio. Y disfrutar de forma razonable del estupendo servicio que nos presta.