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    Los libros y las series

    N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018

    Los recuerdos de la infancia acuden cada tanto al llamado de la memoria. Vienen a nosotros modificados por los filtros que ella les extiende e intentan persuadirnos de su exactitud, generarnos certezas. No siempre pueden. A veces nos convencen y creemos recordar los hechos como fueron. Otras veces dudamos, pero aun así nos aferramos a ellos. Son los restos de nuestro pasado, lo que nos queda. De ahí que no importe tanto la fidelidad absoluta a los hechos, sino el relato que vamos construyendo.

    Algo de eso me pasó ayer, cuando intenté fundamentar unos dichos de lo más intrascendentes. Estaba en una reunión de amigos y alguien recaló en el asunto de las nuevas series. De inmediato se abrió un catálogo de sugerencias y algunos se enfrascaron en una discusión acerca de las bondades de esta y aquella. La verdad es que no tenía mucho para decir. Veo poca tele. Me cuesta permanecer sentada frente a la pantalla y casi siempre termino haciendo cualquier otra cosa. He visto algunas series, pero, al lado de las horas y horas que otros les dedican, es muy pobre mi experiencia.

    Como no podía aportar demasiado, conté acerca de mi relación con la televisión cuando niña. Se sorprendieron al saber que consumía tanta tele como libros. Preguntaron detalles y fue entonces cuando la memoria empezó a interponer sus filtros. La comparación entre dos actividades llevadas a cabo durante un largo período y hacía tanto se volvió difícil de cuantificar. ¿Cómo sostener lo que había dicho? Solo pude agregar que la tele y los libros fueron en mi infancia excelentes compañeros.

    Los ojos de mis amigos se volvieron incrédulos, pero se equivocaban. La ratoncita de biblioteca leía mucho, sí, y también jugaba a la pelota ?más que a las muñecas?, trepaba árboles, se raspaba las rodillas con cada caída de la bicicleta, llenaba álbumes, coleccionaba bolitas y servilletas… Quiero decir, me encantaba leer, pero no me pasaba el día leyendo. En esa multiplicidad de actividades, la televisión ocupó un lugar de preferencia.

    De aquellos años recuerdo con cariño algunas series. Supongo que, comparadas con las actuales, varias serían modestas en su producción y políticamente incorrectas. Es posible que lo que me una a ellas no sea tanto su calidad, sino la circunstancia de verlas con mis padres en épocas de felicidad que más tarde, por desgracia, se fueron diluyendo. Me divertía bastante con Hechizada, Combate, y Tierra de gigantes, entre otras. Es un recuerdo afectivo en el que me veo compartiendo en familia series de lo más diversas, algunas de las cuales habían dejado de ser producidas en sus países de origen mucho antes de que yo naciera, pero que recibía con entusiasmo como si fueran de último momento. 

    En algunos casos, eran episodios unitarios que planteaban un problema y su solución. La continuidad estaba dada por los personajes y por uno o dos hilos narrativos que daban cohesión a la serie. En otros, se trataba de episodios incompletos o problemáticos, que justo al final dejaban la puerta abierta a un conflicto inminente. ¿Si eran buenas o malas? No podría decirlo. Sé que en su momento me acompañaron y entretuvieron, llenaron mis horas de emoción o fantasía y me dieron alas para escribir tanto como, a su manera, me las dieron los libros.
    Las esperaba con ganas porque, a diferencia de hoy, había que tener paciencia hasta que llegaban el día y la hora establecidos. Yo sabía que, por decir algo, los sábados a las cinco daban El show de Abbot y Costello. Y ahora mismo, cuando recuerdo esos nombres, vienen a mí los olores y sabores de la merienda, casi siempre leche chocolatada y galletitas con miel y manteca. Esos sesenta minutos, tandas incluidas, eran de alegría y los aprovechaba con deleite porque no habría otra oportunidad hasta la semana siguiente. Tampoco había forma de grabar los programas, por lo que tenían el encanto de lo efímero, arena que se iba entre los dedos.

     
    Me pregunto si el auge de las series estará conspirando contra la lectura. Si, por quedarnos estaqueados ante la tele, leemos menos. Una parte de mí cree que sí, que esto no pasa de ser un esnobismo tecnológico, una moda un poco frívola que nos arrastra en las veleidades de su ola.

     

    Las series no son novedad. Lo original, quizá, radique en la calidad de la producción de algunas de ellas ?en ciertos casos, la inversión millonaria es notoria? y en la forma de relación que proponen a los televidentes. La posibilidad de tener esas sesiones maratónicas que permiten ver de un tirón temporadas enteras convierte al espectador en una especie de adicto que no puede detenerse. Termina un episodio y el nuevo comienza. Así hasta que se completa la temporada o lo vence el sueño. La sobredosis lo deja agotado, satisfecho o más ansioso aun por la próxima temporada. En otros casos, el espectador percibe el esfuerzo creativo en los primeros episodios. Pero luego se decepciona al comprobar que en los siguientes se produce una relajación progresiva del guion que va derivando en una observancia menos rigurosa de los detalles, en inverosimilitud lisa y llana o en una previsibilidad de lo más aburrida. En esos casos, como la oferta es tan amplia, abandona y busca otra historia.

    Me pregunto si el auge de las series estará conspirando contra la lectura. Si, por quedarnos estaqueados ante la tele, leemos menos. Una parte de mí ?la más apocalíptica? cree que sí, que esto no pasa de ser un esnobismo tecnológico, una moda un poco frívola que nos arrastra en las veleidades de su ola y nos hace sentir que para pertenecer al grupo, hay que dejarse arrastrar por ella. Si es así, como toda moda, pronto se agotará en su novelería, pero, mientras tanto, nos iremos volviendo pasivos, perezosos y menos afines a la actividad intelectual que nos propone el hábito de la lectura. Un hábito que, si no se cultiva, se pierde.

    Otra parte de mí ?la más optimista? evoca a la niña que fui y me ve chiquita y feliz ante la tele. Recuerda cómo mi imaginación era azuzada por las imágenes, cómo se me alborotaban los sentimientos, cómo iba tomando posiciones, aprendiendo a pensar. Y cómo ya entendía que detrás de cada serie, de cada película, había una historia, es decir, un escritor que trabajaba de forma parecida a los escritores de mis libros favoritos. No era lo mismo, claro. La tele me daba todo más digerido, me exigía menos. Pero no alcanzaba para destruir mi amor por la lectura. De hecho, lo complementaba con un lenguaje diferente. Y en algunos casos, una historia vista en la pantalla era el estímulo para buscar un libro. No me avergüenza decir que mucho de lo que sé lo aprendí alguna vez y hace tiempo frente a la tele.