Actualmente, a los 44, trabaja como coordinador en la Escuela Municipal de Atletismo de Maldonado, da clases en la Universidad de la República, dirige la Facultad de Educación Física del Instituto Universitario de la Asociación Cristiana de Jóvenes en el departamento fernandino y viaja una vez por semana a Montevideo para entrenar con las formativas del Club Malvín. A esto suma trabajos particulares: Barrios planifica el entrenamiento de cerca de 100 deportistas uruguayos y extranjeros que también practican rugby, natación, fútbol, básquetbol, gimnasia, tenis, handball y surf, entre otras disciplinas.
—Con sus atletas participó en distintas competencias regionales y mundiales. ¿Qué tiene de particular competir en los Juegos Olímpicos?
—Podría decirte que es, tanto para un atleta como para un entrenador, el broche de oro después de competir en torneos regionales y mundiales. Podría decirte que es una instancia importante, quizás la más importante, para medirte con los mejores de los mejores. Pero ahora, después de haber participado en cinco, te digo que lo que tienen de especial los Juegos es el intercambio. No existe deportista que no desee estar ahí y cruzarse con referentes de todos los deportes. Lo desean desde los jugadores de la NBA hasta los tenistas top ten.
—¿Recuerda algún intercambio puntual en Juegos anteriores?
—En los Juegos de Londres recuerdo que las hermanas Serena y Venus Williams almorzaban con nosotros e intercambiaban mucho con Déborah (Rodríguez). También me acuerdo de que en Pekín 2008 me presentaron a Djokovic. Él maneja muy bien el español, y en ese momento estaba saliendo con una chica de habla hispana que era atleta y entrenaba en el mismo lugar que nuestro equipo. Él la iba a visitar y comía con nosotros. También tuve intercambios con los mejores entrenadores, técnicos y preparadores físicos del mundo. En los Juegos aprendés muchísimo, sobre todo en mi caso que me apasionan todos los deportes y me interesa mucho investigarlos.
—Usted reclutó a muchos de los atletas que entrena cuando eran niños o adolescentes. ¿En qué se fija para saber si un deportista tiene futuro?
—Soy muy crítico en la técnica y analizo mucho el movimiento. Me baso también en la percepción al momento de saber si enfrente de mí tengo un deportista que realmente tiene ganas de llegar, porque la actitud es un tema central. Después, cuando ya estamos entrenando juntos, pongo la mira en la constancia y las ganas de crecer. Y obviamente, como entrenador, no solo proyectás el crecimiento del atleta sino también el tuyo con respecto al trabajo del atleta. Fijate que con Andrés (Silva) ya vamos 18 años trabajando juntos y con Déborah, diez.
—¿Qué le llamó la atención de Andrés Silva cuando lo vio por primera vez, a los 12 años, en el Campus de Maldonado?
—Me gustó mucho el estilo natural que tenía, su desplazamiento. En el momento en que empecé a charlar y después a trabajar con él, comprobé que era un atleta con mucho nivel de concentración y ganas de desafiarse. Vi, también, que era un chico que le gustaba realmente competir y eso es fundamental, porque no todos lo disfrutan a esa edad, tan temprano. Andrés vino al Campus con su clase de Educación Física en Secundaria. Yo entrenaba con otros atletas, y cuando él estaba trotando en la pista para entrar en calor, enseguida lo miré. Siempre me detengo a observar para ver si puedo captar a algún chico o chica interesado en conformar nuestro plantel; y él me pareció el indicado. Entonces hablé con la profesora. Ella me decía que Andrés era bueno pero que tenía otros mejores en la clase. Pero le insistí. Recuerdo que le dije: “Dame nombre, apellido y teléfono”. “No, teléfono no tiene”, me respondió. Entonces le pedí la dirección. Primero hablé con él y lo invité. Y a partir de ahí empezó la historia de Andrés Silva en el atletismo. A seis años de eso ya era campeón del mundo y récord mundial; entre medio ganó medallas sudamericanas y después panamericanas. Ahora va por sus cuartos Juegos Olímpicos, algo que nadie más en nuestro atletismo logró.
—Captar a Déborah Rodríguez fue diferente.
—Sí, recuerdo que estaba en Montevideo dando una conferencia y vinieron los padres a charlar conmigo. Querían tantear la posibilidad de que Déborah empezara a entrenar bajo mi planificación. En ese momento me estaba por ir a Japón a un Mundial y les dije que a la vuelta lo charlábamos y analizábamos mejor. También les expliqué que yo vivo en Maldonado, que trabajo desde acá y que si quería entrenar conmigo tenía que venirse.
—Finalmente aceptó. ¿Qué vio en Déborah cuando la conoció?
—En ese momento ella estaba con una serie de problemas. Me refiero a que no estaba del todo bien técnicamente, había pasado por alguna lesión y tampoco andaba muy bien de ánimo. Pero tenía potencial. A partir de ahí comenzamos a trabajar una estructura de orden y de crecimiento tanto en lo psicológico como en lo físico, y también en lo técnico y táctico dentro de lo que son sus pruebas. Todavía queda trabajo por hacer, Déborah sigue siendo joven.
—Ella dice que llegará su mejor nivel en los próximos Juegos, en Tokio 2020, porque le falta alcanzar la madurez deportiva.
—Exacto. Ella tiene 23. La madurez deportiva es lo que tiene Andrés, él cumplió 30. Creo que en pruebas como la de ella, en velocidad, necesita tiempo para madurar. Y más aún en unas tan técnicas como los 400 metros con vallas y los 800 metros. Puntualmente con Déborah necesitamos pulir la técnica y más formación competitiva. Muchas veces perdemos años porque no tenemos un ritmo de competencia muy fuerte en la región, y eso limita el crecimiento. Por eso cada tanto tenemos que ir a Europa uno o dos meses a medirnos con los mejores. Fijate que Déborah lidera el ránking sudamericano desde hace años.
—¿Cuál es su rol en las giras? Porque muchas veces no va.
—Sí, muchísimas veces no voy. Trabajo en las facultades, con deportistas de selecciones y otros atletas. De alguna forma los acompaño pero no puedo viajar tanto. A veces voy algunos días, incluso semanas, o voy específicamente a los torneos, analizo algunos detalles con ellos y vuelvo.
—¿Cómo los apoya a distancia?
—Estoy en contacto con ellos todo el día. Entrenan, compiten, se filman, me lo mandan, y hoy puedo estar en simultáneo, en las pausas, analizando lo que están haciendo. Por ahí entrenan y compiten con una diferencia horaria brutal y de repente acá son las cuatro de la mañana y recibo videos. Constantemente bajo la información, la estudio y les explico.
—¿Cómo es su equipo de trabajo para Río 2016?
—El mismo de siempre. Trabaja un psicólogo, que en este caso tenemos la posibilidad de que sean diferentes para Andrés y Déborah, también hay un fisioterapeuta, que es el mismo para ambos, y después cada uno trabaja en el sistema de espónsores. Fuera de Río, en la rutina del día a día, tengo dos profes que trabajan conmigo y que me cubren cuando viajo.
—¿A cuántos deportistas entrena actualmente?
—Tengo unos cien deportistas que trabajan conmigo de forma directa o indirecta, eso significa que asesoro la parte de la planificación con sus profesores. Muchísimos trabajan conmigo fuera del país y también vienen algunos a Uruguay a hacer estancias y campamentos, generalmente de Brasil, Argentina, Chile y Paraguay. Entre esos cien, cerca de 80 son uruguayos que compiten en atletismo, natación, fútbol, básqutebol, gimnasia, handball, tenis, surf y deportes de combate. Con muchos me concentro en la parte física.
—Entrena a atletas desde los 19 años. ¿Cuál fue su primera apuesta deportiva?
—Prefiero hablar de aspiraciones. La primera fue tener una escuela de atletismo, la segunda competir a nivel departamental, la tercera llevar un atleta a competir a Montevideo, la cuarta cruzar el charco. Y a partir de ahí quise subir el anillo y llevar a un atleta a nivel sudamericano, después ser finalista, tener un récord nacional, panamericano y participar en los Juegos Olímpicos. Lo que me quedaría es la medalla olímpica (risas), pero sé que es muy difícil lograrlo.
—¿Por qué?
—Porque no solamente influye el nivel competitivo nacional y regional sino también la genética. Solo los elegidos pueden llegar a una final olímpica o ser medallistas. Y creo que todavía no tenemos un nivel genético muy fuerte dentro del deporte, tiempo y marca. Hay países en Centroamérica y el Caribe, como Jamaica, que además de tener un porcentaje altísimo de deportistas de raza negra tiene una gran porción de la población con fibras rápidas. En resumen, nos falta genética y raza. Y es complicado trabajarlo.
—Este año participó con Déborah y Andrés en el Iberoamericano de Atletismo en Río, que funcionó como test event del Estadio Olímpico. ¿Qué características tiene la pista?
—Ya había competido en el estadio con Andrés cuando fueron los Juegos Panamericanos de Río 2007. Ahora hicieron la pista toda nueva, con la última tecnología. Es de Mondo (la compañía italiana especializada en el diseño de equipamiento e instalaciones deportivas, que también creó las pistas de los Juegos de Londres 2012 y los mundiales de atletismo en Pekín 2015). Tiene características muy buenas en el compacto de la goma y permite tener mayor reactividad en la toma de impulso. Es terrible pista y va a ser divino competir ahí.
—¿Tiene algún ritual que repita antes de competir?
—Creo en Dios y hago oraciones antes de las competencias para tranquilizarme y desearles lo mejor a mis deportistas. Siempre les digo cosas diferentes según el momento. Me gusta leer con ellos algún libro y destacar frases. Cada atleta tiene su mundo y el entrenador es el que lo tiene que conducir hacia lo que más les sirva a ambos.