Hace días fui un domingo por la Rambla en bici. El calor había sido atroz, y los montevideanos parecían haber estado agazapados esperando a que se pusiera el sol para abalanzarse a la vera del mar.
Hace días fui un domingo por la Rambla en bici. El calor había sido atroz, y los montevideanos parecían haber estado agazapados esperando a que se pusiera el sol para abalanzarse a la vera del mar.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna luna perfecta, redonda y amarilla nos sorprendió a todos.
Mucho más me asombró aún el olor a muerte que desde las narinas llegaba a los pulmones y de allí no sé por cuál conducto al estómago.
Sobre las rocas que bordean la Rambla Sur una alfombra de peces podridos relumbraba a la luz de la luna. Recordé que desde hacía días se hablaba del “Cementerio de peces”.
En momentos de asco tal, mientras la velocidad de la bici convertía la fusiforme silueta de los peces en una nauseabunda mancha plateada, el instinto supera a todo razocinio. Huí despavorida: en las zonas donde había arena, como la Playa Ramírez, los peces muertos parecían escasear. Supuse que funcionarios de la Intendencia los habrían recogido.
(Sí, 200 toneladas ya habían sido embolsadas y enterradas en la Usina Felipe Cardoso).
Pero aquella noche los funcionarios que limpian las playas evidentemente no habían saltado de roca en roca durante la extensa Rambla Sur para recoger aquellos miles de cadáveres.
¿Quién podría hacer esa tarea? El ejército. Conozco un chico que es soldado y vive arrestado. Me ha contado que les hacen hacer tareas mucho más peligrosas. Por ejemplo, estarse parado al sol en posición de estatua bélica durante largo tiempo hasta que se van desmayando de a uno. Etcétera.
Me imaginé un batallón que en lugar de estar ocioso o azuzado en un cuartel se lanzara con tapabocas a las rocas a cazar inertes pececitos, en guerra contra el mal olor, contra el peligro sanitario y contra el espanto de los turistas. Las únicas guerras que pueden vivirse en Uruguay… después de todo.
Pero de pronto, algo me sorprendió aún más que los peces muertos.
A lo largo de la rambla había gente tomando mate en el murito, jóvenes compartiendo una cerveza y riéndose, matrimonios unidos con el coche cerquita y la radio encendida, parejas haciéndose arrumacos, incluso unos muchachos seguramente gays que se habían sentado lejos de las miradas bajando los escalones de las explanadas de la Rambla Sur allá a lo lejos.
¿Cómo pueden soportar el olor pestilente?, me pregunté. Los miraba con asombro: parecía un domingo más.
La primera hipótesis que manejé fue que eran aún fumadores, pese a las políticas antitabaco del Dr. Vázquez, y que habían perdido el olfato.
Que tanta gente hubiera perdido el olfato no era posible. Pensé que la quisquillosa era yo, dado que la rinitis alérgica que sufrí desde niña me concedió un olfato prodigioso.
No: esas masas plateadas putrefactas hedían, indudablemente. Pero a la gente no le importaba. Quizás le hubiera molestado un poquito al principio.
Pero todos acabaron acostumbrándose.
Qué fácil es la capacidad de habituarse uruguaya. Qué escasa rebeldía. Qué docilidad ante el desastre.
Latorre la pifió cuando dijo: “Los uruguayos son ingobernables”. ¿No será al revés?