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    Bonomi vs. Garcé, una clave

    N° 1786 - 16 al 22 de Octubre de 2014

    Es imposible tener la certeza de quién será el presidente que designará al ministro del Interior el 1º de marzo de 2015, pero está claro que esa decisión clave la tomará el candidato del Partido Nacional o el del Frente Amplio. El fuego lo abrió Tabaré Vázquez buscando un efecto publicitario al proponer la continuidad del ministro Eduardo Bonomi. Tal vez no solo publicitario sino, además, un ejercicio de buena letra con el presidente José Mujica de quien dependerá como negociador si resultara electo sin mayorías parlamentarias.

    Sin profundidad, Vázquez destacó presuntas virtudes de Bonomi como combatiente contra el delito. Añadió una cuota de nepotismo proyectando indirectamente a su hermano Jorge, el subsecretario, a quien ha llevado de la mano desde 2005. Su propuesta ocurrió mientras continuaban los robos, las rapiñas y los asesinatos. Esa habitual escenografía se completó con tres hechos atípicos: un grupo de asaltantes copó y robó el Casino Carrasco, los residentes de la Ciudad de la Costa tiemblan tras la violación de una adolescente alemana de intercambio que residía en esa zona y un hombre fue ejecutado de seis balazos en el barrio Casabó y le prendieron fuego a su cadáver.

    Vázquez tiene claro que la inseguridad es una preocupación central de los uruguayos, sin distinción de partidos. Se vive en un riesgo permanente ante la irrupción de conductas penales que asuelan el país con su epicentro en Montevideo y con un mensaje oscuro para la futura temporada turística. Durante la gestión de Bonomi hubo un crecimiento delictivo exponencial y las instalaciones carcelarias se desbordaron. Nadie puede ser tan necio como para ignorar que el ministro mejoró la salud en las prisiones, aumentó el salario policial, instaló cámaras callejeras de seguridad y amplió la capacidad carcelaria. Atribuirle mala fe sería canallesco. Pero no se puede tapar el cielo con un harnero y dejar de señalar su incapacidad material y conceptual, una calamitosa conducción de las fuerzas policiales con grupúsculos que lo resisten, y severas dificultades de comunicación oral y gestual que llevan al descreimiento. A los 65 años, Bonomi luce cansado. Desgastado por los delincuentes, por las presiones internas y por el reclamo popular ante la falta de prevención.

    En las últimas dos semanas anoté cuántos policías a pie, en moto, a caballo o en patrulleros veía en barrios por los que me desplazaba: Centro, La Comercial, Pocitos, Cordón, Aguada, Palermo y Malvín. ¿Sabe cuántos vi en el horario comercial?: tres motos, tres patrulleros y dos funcionarios caminando. Más de uno distraído por la adicción al celular.

    La semana pasada, el candidato blanco Luis Lacalle Pou salió a marcar la diferencia y anunció a su equipo de seguridad encabezado por el ex comisionado parlamentario de Cárceles, Álvaro Garcé. Nadie lo confirmó pero si el nacionalista resulta electo, Garcé será su ministro del Interior.

    Las diferencias académicas, de experiencia profesional y conocimientos legales y culturales entre Garcé y Bonomi son tan abismales como las que hay entre el río Negro y el arroyo Miguelete.

    Los antecedentes de Bonomi como escudo de la seguridad y la vida de los uruguayos se basan en su experiencia actual y en la adquirida del otro lado del mostrador en los años 60, en haber cursado enseñanza secundaria, en el asesoramiento de algunos policías —más militantes partidarios que profesionales—, algún año en la Facultad de Veterinaria y breves incursiones como empresario.

    El abanico de Garcé es amplio. Abogado, defensor de oficio del Poder Judicial en el interior, profesor de Filosofía, autor de trabajos sobre derechos humanos, profesor en la Escuela Nacional de Policía (conoce muchos brotes uniformados) y, desde 2005, con el respaldo de todos los partidos, fue en dos períodos comisionado parlamentario de Cárceles. A diferencia de Bonomi, no tiene brechas para el cuestionamiento. A sus conocimientos de base le ha incorporado un posgrado informal por su vínculo con presos y familiares y el del Ministerio (de quien dependen las cárceles). Se añade que seguramente no agredirá al Poder Judicial como lo han hecho Bonomi y alguno de sus dependientes. Quienes por su discurso y buenos modales imaginen a Garcé como un académico pasivo, desconocen la energía de sus 47 años y la autoridad con la que ha desempeñado esas funciones.

    Cualquiera sea el ministro será necesario avanzar en el inalienable derecho a la rehabilitación del recluso y en el deber del Estado de proteger la libertad y la seguridad de los ciudadanos. Habrá que establecer una verticalidad inconmovible en la estructura policial y desarticular grupúsculos tan peligrosos en la interna como los del narcotráfico afuera. Hay que depurar y convencer a los funcionarios de involucrarse en la protección del ciudadano. La prevención es importante, pero también la represión, un vocablo que algunos han convertido en peyorativo pese a que significa controlar, frenar, templar y moderar.

    Como lo declaró Garcé en “El País”, parece fundamental instrumentar una ley de emergencia en materia de seguridad. Sea cual sea el ministro se deberán aumentar los salarios de los funcionarios, tener más y mejores cárceles, más personal, infraestructura, tecnología y capacitación. No será sencillo. Pero si en la administración Vázquez de 2005 se votó con algarabía una ley de descongestionamiento carcelario y libertades, con más razón se impone una ley de emergencia sobre seguridad. Es un asunto de Estado en el que quienes deben ganar son los 3,4 millones de habitantes y no el interés partidario.