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    Cartas al Director El ajuste fiscal (I)

    Sr. Director:

    La redistribución de las riquezas. Desde que tengo memoria escucho el reclamo de redistribuir la riqueza. Y como a pesar del paso de los años y de tanto supuesto logro de los populistas alrededor del orbe este reclamo sigue tan vigente e insatisfecho como la primera vez que lo escuché, decidí buscar ideas que contribuyeran a la solución o, al menos, a su esclarecimiento.

    Dejando de lado prejuicios me lancé en pos de ideas ajenas y probadas, aceptadas o no, para fundamentar el análisis del tema. Acudí a Marx para entender la plusvalía, a Adam Smith para indagar sobre el liberalismo y la riqueza de las naciones, a Protágoras para ver al hombre como la medida —relativa— de todas las cosas, a Siddharta —Buda— para superar el ego y a Diógenes para entender el cinismo. Fui en busca de Burke, Locke y Rousseau para desentrañar los fundamentos de la sociedad y de Fromm para explorar los sentimientos que la habitan. Me detuve en Bentham por “la mayor felicidad para el mayor número”, y en Stuart Mill que lo corrige advirtiendo que los derechos de unos no pueden perjudicar a otros. Coincidí con Thoreau —inspirador de Ghandi— en la necesidad de protestar contra las leyes injustas y en cuestionar la moral de los partidos políticos, incluí al Pepe Mujica para no dejar fuera al absurdo y la hipocresía y, por supuesto, repasé a Maquiavelo y a Chomsky para refrescarme en estrategias. Finalmente Santayana me recordó recordar el pasado para no repetirlo y Russell me habló de una ética del trabajo y del ocio. Entonces me demoré lo más que pude en Rawls y su explicación de qué es Justicia. Para cerrar el círculo volví a Marx y su circular lucha de clases y me angustié con Sartre y su “deber optar”. Y tras todo ese periplo, llegué a la conclusión de que para saber cómo distribuir la riqueza, primero hay que empezar por definirla.

    Si convenimos en que “riqueza” es la abundancia de bienes y objetos valiosos, o de su denominador común el dinero, y, por extensión, abundancia o diversidad de cualquier cosa, debiéramos acordar también que “abundancia”, (mucho de) es un término relativo y que “valioso” es inherentemente subjetivo: lo que para unos es valioso para otros puede no serlo. “Riqueza” entonces, necesariamente es también un concepto relativo. Depende de qué y cuánto se hable, pero —sobre todo— de qué le falta al sujeto.

    Porque hay un elemento central determinante al concepto de riqueza: por más abundancia de lo que sea que haya, se trata siempre de un recurso escaso o que le falta a alguien. Si no fuera así y siempre existiera en cantidades ilimitadas para todos, no sería “riqueza” sino “algo dado”; un bien que no sería necesario ni crear, ni acumular ni redistribuir porque estaría siempre allí para quien quisiera utilizarlo.

    Tomemos como ejemplo algo tan elemental como el agua o el aire: “dados por dados” hasta poco ha, crecientemente contaminados van camino a convertirse en recursos insuficientes para satisfacer a todos que serán “la riqueza” por la cual se harán las guerras. En su progresiva escasez está la apreciación de su valor.

    Exactamente lo mismo sucede con el tiempo. Un recurso al que no le damos el valor que verdaderamente tiene porque nos ha sido dado, pero aunque no pagamos por él, el tiempo no es gratis. En economía se dice que el tiempo no vale, que el tiempo cuesta. Y eso es tan cierto como que cada moneda de ese preciado bien (los segundos, minutos, horas y días), son notas de pago libradas contra el banco de la vida, que no devuelve cambio.

    “El tiempo”, decía Napoleón, “es el recurso más escaso y valioso del estratega”. Y lo es por la sencilla razón de que no tiene reposición, lo que le otorga un valor único. Un valor tanto mayor cuanto más escaso se nos vuelve, es decir, cuanto menos nos queda, como el aire o el agua.

    “No hay dinero sino vida”, proponía John Ruskin en el siglo XIX, paraplagiado por el vizcachesco Mujica cuando sentenciaba “cuando tú compras con plata no estas comprando con plata, estás comprando con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para tener esa plata” y agregaba: “la vida se te escapa y se te va minuto a minuto y no puedes ir al supermercado y comprar vida”.

    Estas dos frases, lejos de ser una muestra de sabiduría de un anciano sabio, son más bien una confesión, una sólida demostración de su hipocresía y malsana intención. Cuando se propone “la redistribución de la riqueza” con la presión impositiva actual no se está haciendo otra cosa que proponer apropiarse del tiempo y esfuerzo de otros. O sea, de parte de la vida de otros. A cambio de nada. Dicho en otras palabras, se propone esclavizar a otros.

    Cuando con impuestos, sobreprecios, mala administración de los recursos públicos, sueldos y gastos inflados, inflación o simplemente permitiendo medrar a la delincuencia se exanguina —se desangra— al ciudadano, no sólo se le sustrae su dinero: se le expropia una proporción equivalente de su vida. Y más aún. Se le expropia parte de su libertad, de su albedrío, de su energía y de su voluntad vital.

    Sartre decía que “condenado a ser libre” el hombre debe permanentemente elegir y debe hacerlo guiado por la buena fe. Pero al elegir, el hombre debe optar entre opciones y al hacerlo —imperativamente— surge la angustia por las opciones que va dejando atrás.

    Cuando empezamos nuestra educación se nos van transmitiendo conceptos, valores y principios que nos guiarán —o no— en nuestras vidas. Cuando —de buena fe— orientamos nuestra voluntad vital y optamos por la escarpada vía del esfuerzo, del trabajo y de la responsabilidad, dejamos de lado la más ancha y cómoda avenida del disfrute, del tiempo libre y del “dios —u otro— proveerá”. No lo hacemos por tontos, sino porque “de buena fe” entendemos que ese es el camino del deber ser y que la apuesta por un camino más difícil y menos inmediatista —la renuncia al placer del ocio y el juego natural de la niñez y la juventud en aras del más pesado del estudio— rendirá sus frutos más adelante. Y cuando renunciamos a tentadores placeres que la vida nos ofrece, desde entretenimientos a viajes, desde el boliche al jolgorio, lo hacemos apostando a un mejor desarrollo integral de nuestras vidas, que incluyen el bienestar propio y de nuestras familias, a un plan de vida. Y por eso lo hacemos gustosos. Pero la angustia por ese tiempo que no volverá y —como decía Sabina— “la nostalgia por lo que nunca jamás sucedió” nos acompañará siempre.

    El tiempo es oro y, como con El Principito de Saint Exupery, “el tiempo que le dedicamos a nuestra rosa” (nuestra carrera, nuestro trabajo, nuestros proyectos de vida y familia, nuestra obra en el mundo, cualquiera sea ésta), es lo que la hace especial. Y valiosa. Por lo que costó en tiempo y esfuerzo, pero también por el lucro cesante de lo que costó en renuncios y sacrificios, en oportunidades y experiencias; en resumen: en vida que se dejó de tener, por elección (me sacrifiqué por la posibilidad de alcanzar en un futuro una mejor realidad para mí y mis seres queridos, dejé de comprar o hacer cosas que quería en aras de una mejor educación y calidad de vida para mis hijos, me privé de cumplir sueños o de tener un mejor pasar por ayudar a mis padres, etc.), o no: sencillamente, aunque puse todo mi esfuerzo no pude levantar cabeza.

    Entre los dos escenarios hay infinidad de posibilidades intermedias, pero un denominador común: la voluntad de hacerse cargo de las propias responsabilidades y obligaciones que ameritan los derechos. Y el derecho que subyace es ni más ni menos que el derecho al goce —cuando menos— del resultado del propio esfuerzo. El derecho a no ser expropiado de los frutos del propio trabajo y de las propias elecciones de vida. Incluso el derecho al tiempo.

    ¿Quieren “redistribuir” las riquezas? ¡Hagámoslo! Llévense el dinero y devuélvannos el tiempo. Redistribuyamos también las noches que nos quedamos quemando pestañas para preparar un examen, dénnos de vuelta las horas de trabajo —comunes o extras— que jamás cobramos porque no había con qué cuando empezamos un proyecto. Repongan en nuestro reloj vital los meses y años que invertimos para conseguir lo poco o mucho que logramos. Prolonguen nuestro tiempo de vida en igual proporción que nos roban el esfuerzo.

    ¿Que no se puede devolver el tiempo o agregar vida? ¿Que no se puede recargar la tarjeta de la vida como se carga la del MIDES? Perdón, creía que sí. ¿Y el tiempo de quienes reciben el beneficio del trabajo ajeno? ¿Tampoco se les puede pedir que lo utilicen en beneficio de quienes los mantienen a cambio de inseguridad, recelo y resentimiento, en lugar de la gratitud que correspondería? ¡Ah! ¡Perdón! ¡La gratitud la depositan en las urnas cada cinco años!

    Hablo por mí: puedo asumir estoicamente y hasta con cierto gusto el amargo sacrificio de la privación en aras de un bien que considero mayor para los míos. Puedo sentirme solidario con quienes hicieron el esfuerzo y no obtuvieron los resultados esperados, pero cumplieron con su parte del contrato social. Pero de ningún modo se me puede exigir que lo haga de igual grado en beneficio de los que optaron por el camino de no hacer nada, por el de ni estudiar, ni trabajar, para sentarse en la vereda de enfrente de mi casa a tomar mate a vigilar mis movimientos para robarme cuando no esté, subsidiados por los crónicos planes de ayuda social que contribuyo a financiar y que no revierten nada.

    No tengo la grandeza moral ni espiritual para ceder la mitad de lo que genero con mi esfuerzo para que le sea transferido a quienes han elegido ser cómodos parásitos de la sociedad que los mantiene (y caben aquí tanto marginales como la enorme mayoría de políticos), sociedad a la que —encima— culpan de la realidad que han elegido establecer. No puedo ser solidario cuando me obligan a aceptar las consecuencias de elecciones de vida ajenas como si fueran propias y pretenden hacerme creer responsable de la decadencia que estas opciones generan. No me siento identificado con —ni dispuesto a— votar a políticos que manejan con irresponsable liviandad las fortunas que le expropian a la gente de trabajo para regalárselas a empresas, cooperativas y/o amigos en el curro.

    Siento injustificablemente injusto que se le saque al que trabaja para mejorar su realidad para regalarle a otros, que nada hacen, el producto de ese esfuerzo. Y siento que es una tomada de pelo que se le llame a eso “redistribución de la riqueza”.

    Mejor sería —ya que es cuento— apelar a la literatura y llamarle a eso “Hood Robin”, que describe mejor esto de robarle la vida a los que los que generan para “redistribuirla”, bajo la forma de dinero entre los amigos/partisanos que han hecho de la suya un desperdicio, de la nuestra un infierno y de la cívica una catástrofe. Afortunadamente, como muestra la historia y el presente, no hay mal que dure cien años, ni populismo más de veinte. 

    Eduardo Portela