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    Cartas al Director (I)

    Héctor Amodio Pérez y los intelectuales uruguayos

    Sr. Director:

    La razón de ser de estas líneas fue una sagaz y lúcida (como siempre) nota periodística de Juan Martín Posadas (no muy reciente, por cierto). Se maravillaba Posadas del verdadero muro de silencio que se ha erigido en nuestro medio sobre dos recientes (ya no tanto) y notables libros de dos uruguayos notables: la “Historia Económica del Uruguay”, del Dr. Ramón Díaz, y “El Cielo por Asalto”, del Dr. Hebert Gatto.

    No comparto para nada la extrañeza de Juan Martín Posadas. En realidad, era lo que se podía prever y esperar.

    Y esto tiene una razón de ser muy válida.

    Para poder apreciarla en su plenitud habría que unir el episodio que asombra y decepciona a Posadas con otros similares: lo que sucedió con otro excelente libro de autor uruguayo destacado, “El Año de León”, del Dr. Antonio Mercader; o la asombrosa exhibición de stalinismo y fascismo de muchos intelectuales uruguayos cuando recusaron a Julio María Sanguinetti para integrar un jurado literario (como si le faltaran méritos para ello).

    Parecen hechos muy disímiles. Pero no lo son. Y es fácil rastrear su idéntica condición y raíz.

    Que está en la intolerancia absoluta de una intelectualidad izquierdista anacrónica y anclada en el sesentismo latinoamericano mas rancio. Caracterizada por un maniqueísmo absoluto y un desprecio total hacia quienes no comparten sus afinidades de orden político. Desprecio que se aumenta con un cincuenta por ciento de recargo hacia aquellos que, además de no defender lo “políticamente correcto”, tienen la osadía de creerse también intelectuales, o, al menos, transitar también por el camino de este especial sector de la sociedad.

    Juan Martín Posadas se olvidó de “El Año del León”. Un excelente libro de historia sobre un episodio ya algo olvidado —injustamente olvidado— de la historia nacional: la oposición de Luis Alberto de Herrera a la instalación de bases militares yanquis en nuestro país en el año 1940. Antonio Mercader rescató del olvido aquel notable episodio de nuestra historia. Ya era grave que alguien que no integra las filas de la intelectualidad izquierdista escribiera un libro. Mucho más grave, aún, era que el libro fuera excelente.

    Pero lo que los intelectuales y políticos de la izquierda no podían perdonar a Mercader era el sacrilegio de recordarles — y así remover el manto de olvido que ellos le venían tejiendo— un hecho que hoy aparece casi como sorprendente: que la izquierda uruguaya de aquellos años estaba a favor de la instalación de las bases norteamericanas en nuestro territorio.

    Es cierto que en el año 1944, cuando se reintrodujo el tema —luego del rechazo de 1940 promovido por el solitario Luis Alberto de Herrera— Carlos Quijano y algunos otros izquierdistas se opusieron a tal instalación. Lo que demuestra que habían aprendido bien la lección de independencia y nacionalismo que Herrera les había dado cuatro años antes.

    Lo más imperdonable de Mercader no fue haber dicho eso. Sino que, además, transcribía las palabras de Eugenio Gómez y de Francisco Espínola. Este último afirmaba que “las bases (norteamericanas) en nuestra costa son el mejor preventivo contra la guerra” (¡paradoja!). El pope del Partido Comunista, luego de denostar fuertemente a Herrera, clamaba por “la más amplia colaboración de Estados Unidos para la construcción de las bases”.

    ¡Sacrilegio! No de Eugenio Gómez, claro está, sino de Mercader. Por atreverse a evocar esos discursos sesenta años después... Cuando nuestra izquierda ya descansaba tranquila, creyendo que sus pecados juveniles habían quedado enterrados bajo el polvo de las décadas...

    De ahí el Muro de Silencio. Hubo algunas críticas muy mordaces de un par de historiadoras de la izquierda ( de esas que nunca lograron escribir un libro de la categoría de “El Año del León”) y luego el silencio.

    También intentaron acallar a Julio María Sanguinetti. Una retahíla de intelectuales se opuso a su participación como jurado. La mayoría de ellos, con muchos menos méritos culturales que Julio María. Pero, eso sí, amparados en la línea de “lo políticamente correcto”.

    Sin comprender siquiera que estaban haciendo una exhibición del más puro fascismo o stalinismo (que, en el fondo, eran la misma cosa, por encima de diferencias más o menos formales, de coloridos o de grado). Al final de cuentas ¿será que nadie recuerda que Stalin comenzó su carrera con ropas muy sencillas y proletarias y la terminó ataviado en rojo y blanco, exactamente igual que los zares? Con su mismo uniforme de gala...

    Yo creo que ese maniqueísmo y esta monstruosa contradicción de la izquierda intelectual latinoamericana tienen una explicación más que razonable. Digo explicación, no justificación.

    En el año 1966, ya convertido en fiel servidor del imperio soviético, Fidel Castro formó la OLAS. Con la declarada finalidad de exportar su revolución armada al resto de Latinoamérica. Eran los tiempos en que los revolucionarios románticos leían a Mao, Frantz Fanon y Marcusse, y soñaban con la eclosión de las cien rosas y con poblar de Vietnams a América Latina. Cuando en Montevideo se miraba mal a quien tuviera menos de treinta años y no caminara por la calle con ejemplar de “Marcha” bajo el brazo. Fueron nuestros años juveniles y vivimos todo ese clima, tan bien descrito por Hebert Gatto en su libro antes referido.

    Y con el apoyo financiero y logístico de la Unión Soviética desde el exterior, y el apoyo cultural de la intelectualidad de izquierda desde el interior de nuestro subcontinente, la guerrilla armada se expandió por toda América Latina. Inundando nuestros países de violencia, horror y sangre. Y desatando la reacción furibunda de los ejércitos nacionales que hicieron trizas a los revolucionarios de la izquierda romántica, alucinada y soñadora.

    Durante mucho tiempo la izquierda latinoamericana negó el apoyo de Fidel Castro y de la Unión Soviética a las guerrillas de nuestros países. Se rasgaban las vestiduras —como buenos fariseos que siempre fueron— y negaban que hubiera existido ese apoyo del comunismo soviético y su lacayo del Caribe.

    La historia les hizo una mala jugada. Y la implosión de la Unión Soviética terminó con su hipocresía, cuando Gorbachov primero, y Boris Yeltsin después, abrieron los archivos secretos de la tiranía soviética. Dejando que se hiciera la luz al publicar los documentos que probaban la verdad de la historia.

    Tan contundentes fueron que hasta el mismo Fidel Castro tuvo que confesar la verdad.

    No hay como repasar las páginas que Régis Debray dedica a esa historia en su deslumbrante y amargo libro de revolucionario desengañado (“alabados sean nuestros Señores”) para comprender aquella sórdida realidad que hoy nadie puede negar.

    Salvo poniéndose una venda sobre los ojos. Como siguen haciendo, con obstinación inquebrantable, los intelectuales de la ya anacrónica izquierda latinoamericana.

    Es que fue muy fácil para los intelectuales izquierdistas de la vieja Europa desligarse de todas aquellas mentiras que habían sostenido durante tanto tiempo, cerrando los ojos a la realidad. Se reunieron en el teatro Recamier en París, en la recordada velada del año 1977, y reconocieron todos sus errores. Al frente de la murga, por supuesto, Jean Paul Sartre —“padre de todos los errores y todas las palinodias”, como tan ácida y certeramente lo retrató Jean François Revel —e incluso con la presencia, ahora tan aplaudida como antes tan execrada, de los hasta entonces malolientes y apestados disidentes rusos Alexander Soltzhenytsin y Vladimir Bukovsky (nada menos...).

    Fue muy fácil para ellos. En Europa, la revolución que promovieron y alentaron no pasó prácticamente de ser de corte libresco. Alguna docena de muertos de las Brigadas Rojas en Italia y veinte o poco más en Alemania, con la Banda Baader Meinhoff. Poco lastre para una mala conciencia.

    Así es fácil reconocer el error en que se incurrió al impulsar a la juventud a la revolución y la subversión.

    En América Latina las cosas fueron muy diferentes.

    La prédica revolucionaria de los intelectuales de izquierda llevó a cientos de miles de jóvenes al horror de la guerra, y los precipitó a la muerte, al exilio, a la tortura y a la cárcel en las peores condiciones imaginables.

    Estos intelectuales hoy saben bien que engañaron a todos esos jóvenes, predicándoles valores, teorías y doctrinas que no eran más que mentira y basura, por más que estuvieran impulsados por muy nobles ideales. Entre paréntesis: ¿quién es el que fue a parar al basurero de la historia?

    ¿Cómo hacen hoy para admitirlo, quienes llevan sobre sus conciencias el espantoso destino de esa juventud que impulsaron al desastre y al matadero de las luchas revolucionarias?

    ¿Cómo hacen para admitir que estuvieron engañados y engañando todo ese tiempo? Cuando a consecuencia de esas mentiras fue que esa enorme masa de jóvenes arruinó sus vidas y sus destinos en aras de ideas que se revelaron tan falsas como vacías....

    Pocos son los que han tenido el coraje de Régis Debray para admitir ese desengaño y su consecuencia obligada: su enorme responsabilidad en aquellos desastres (pues, aunque Debray era francés, estuvo íntimamente involucrado en la saga de la intelectualidad izquierdista latinoamericana, al punto de haber acompañado al Che Guevara en su fatal aventura boliviana, pagándolo con cuatro durísimos años de reclusión en Caimirí).

    Todo lo cual es la explicación del maniqueísmo y de esa aparente ceguera de la izquierda intelectual latinoamericana. Solo que no es ceguera, es falta de coraje y de sinceridad.

    Vale la pena, a esta altura, recordar las palabras de Régis Debray en su confesión de revolucionario desencantado:

    “¿Por qué un buen día renunciamos a todo lo que nos hizo correr a lo largo de nuestra vida? Somos algunos millones los que huimos, a los que nos gustaría comprender lo que nos ha pasado. También esos deberán ir hasta el límite de lo decente, como este vuestro servidor, para arrostrar la incómoda objeción de la cincuentena a sus verdes años”.

    “Nuestras militancias se deshilacharon en nebulosidades, como si las ideas eje, por las cuales nos derrochamos sin echar cuentas, se evaporaran en la naturaleza”. “El regreso al en cuanto a sí deja frente a frente a dos extraños que se miran desafiándose: el ilusionado de antes y el desengañado de después”.

    “Podemos releer los discursos, panfletos, programas o verbosidades en los que creímos (cuando no los redactamos nosotros mismos), pero no reconocer ese pedestal silencioso de evidencia que garantizaba su credibilidad, cuyo hundimiento definitivo bajo la línea del horizonte transforma esos cuerpos indiscutibles del delito en icebergs fantasmales, entre sueño y pesadilla”.

    Es a esa ineludible pesadilla y a ese pavoroso y tétrico coro de fantasmas que temen los intelectuales de la izquierda latinoamericana. Y por eso, tratan de huir hacia adelante, pensando que con eso pueden calmar su mala conciencia, y seguir convenciendo a la gente que ellos —los intelectuales de izquierda— aún siguen creyendo en las mentiras que vienen predicando desde tantos años con tan tristes resultados.

    Pero, como bien dice Debray, ellos “ya no reconocen allí ese pedestal silencioso de evidencia que garantizaba su credibilidad”.

    Y cada vez engañan a menos gente.

    Y, para peor, hace ya mucho tiempo que ni siquiera pueden engañarse a sí mismos.

    Todo ese proceso que ponen en marcha los intelectuales uruguayos para silenciar las voces de quienes no sintonizan con “lo políticamente correcto” se ha puesto ya en marcha con relación a los dichos actuales de Héctor Amodio Pérez.

    Que no es más que una versión de hechos muy relevantes expuesta por uno de sus más destacados participantes. No puede ser otra cosa.

    Y en un medio intelectual racional y sensato, así debiera ser apreciada. Para recibirla como un aporte en asuntos de la mayor importancia, que, como toda obra humana, puede estar en el acierto o en el error. Y, como tal debiera ser recibida, analizada y discutida.

    La izquierda intelectual uruguaya ya comenzó su proceso: algunos brulotes de burda confección... y luego vendrá el silencio.

    El muro de silencio para eliminar ese imprevisto como factor de incidencia en el tema. Lo cual no es de extrañar: no es “políticamente correcto”.

    Por supuesto, lo primero fue decir que un traidor no puede hablar ni decir nada que deba ser escuchado. Y que debe ser totalmente ignorado.

    No sé bien si Amodio Pérez fue realmente un traidor, y si lo fue, cuánto lo fue. Ignoro si se robó las libras de Mailhos.

    Pero eso, de ser cierto: ¿quita verdad a lo que pueda haber en sus dichos que se ajuste a la realidad de los hechos acaecidos?

    Algunos creíamos que ese tipo de argumentos (argumentos “ad hominem”) habían quedado muy desacreditados desde los tiempo de Aristóteles. Los intelectuales de izquierda no piensan lo mismo, por lo visto.

    En un clima sensato, desprovisto de esa enorme dosis de intolerancia y maniqueísmo, se debieran analizar y valorar los hechos e ideas allí expuestos. Muchas de ellas muy compartibles, por cierto, y otras no tanto, al menos para mi opinión. Que no tiene por qué ser la de los demás.

    Pero nuestros intelectuales de izquierda prefieren recurrir al insulto y a la descalificación personal.

    Demostrando así, con sus actitudes, la verdad de lo antes afirmado por Debray: que “ya no reconocen ese pedestal silencioso de evidencia que garantizaba su credibilidad”. Y por eso, prefieren intentar silenciar a los demás en vez de confrontar sus diferentes ideas.

    El mismo Amodio Pérez demuestra —con la feroz contundencia de los hechos (al decir del gran Boris Souvarine, porque la frase es suya y no de Lenin, como suele creerse)— que él tampoco ha aprendido nada. Ya que sostiene que recurrieron a las armas porque la ley de lemas impedía que la izquierda llegara al poder, siendo una malla legal destinada a mantener en el poder a los partidos tradicionales.

    Tan impotente continúa Amodio Pérez en su ceguera intelectual —nacida del fanatismo y la intolerancia— que ni siquiera puede apreciar que fue precisamente con la ley de lemas que la izquierda llegó al gobierno. Y que si antes no lo hacía... era porque no tenía suficientes votantes. Nada más que por eso. Lo cual, ciertamente, era una razón muy valedera. Cuando sus votantes se hicieron suficientes... la ley de lemas les permitió llegar al gobierno.

    Pero si Amodio admite eso... tendrá que enfrentarse a sí mismo y a sus fantasmas. Como lo dice Régis Debray con tanta precisión como galanura. No le envidio la disyuntiva. De la cual estoy libre porque cuando fui tentado no acompañé la lucha armada y porque nunca me creí todas esas mentiras. Preferí la lucidez que nace de la lectura y del estudio racional. Bien orientados.

    Y hoy, cuando llegué a los setenta años, me alegro de haber optado en forma correcta.

    Saludo a Ud. muy atentamente

    Enrique Sayagués Areco

    CI 910.722-5

    40 años del golpe de Estado

    Sr. Director:

    Sorpresivamente, hace unas semanas aparece en Búsqueda una nota donde un funcionario del semanario (Sergio Israel) publicaba parte de una intervención en una reunión en México, de Iván Altesor, hijo de Alberto Altesor, quien fuera destacado y apreciado integrante del Partido Comunista uruguayo, diciendo Iván que su padre, siendo jefe de la Sección Sindical del Comité Central del citado partido, había recibido instrucciones del secretario general del partido —Rodney Arismendi— de limitar o terminar la huelga en el transporte durante la huelga general contra el golpe de Estado, y ello con el fin de ofrecerle un gesto simpático a los militares.

    De entrada rompe los ojos que se trata de un disparate, pero en el último número de Búsqueda hay una carta de Iván Altesor que reitera y confirma lo manifestado en México, agregando otros elementos que a manera de explicación intentan insistir en algo que para todos quienes tuvieron que ver con el lanzamiento de la huelga y su desarrollo no deja de resultar disparatado, o lo que es peor, un intento de introducir sombras a una huelga ejemplar, patrimonio de todo el movimiento sindical en todas sus tendencias y orientaciones, y cuyo 40º aniversario ha conmemorado nuestro pueblo en estos días, como el inicio de la lucha democrática contra el golpe de Estado y la dictadura.

    Lamentablemente no conozco a Iván Altesor, pero está equivocado o confundido, pues Alberto Altesor nunca integró la citada Sección Sindical arriba citada. Y puedo asegurar que quienes sí la integramos jamás tuvimos conocimiento de gestión alguna de la naturaleza que se menciona, ni en el transcurso de la huelga ni después, hasta hoy. Nos parece además un agravio, este sí malintencionado, que se le hace en primer lugar al movimiento sindical y a sus dirigentes, al presentarlos como simples subordinados a las decisiones de un dirigente político ajeno a los trabajadores, y en segundo lugar al propio Arismendi, cuya calidad intelectual y su respeto por principios como la independencia de clase de los trabajadores organizados él mismo predicó en el seno de su partido.

    Lo concreto y real es que la huelga general contra el golpe de Estado fue dirigida por los dirigentes que habían elegido los trabajadores de los distintos gremios; que para su preparación y ejecución la Mesa Representativa de la CNT constituyó un Comando de la huelga (en realidad dos, en previsión de la eventual detención del primero) y que toda la información, día a día, de la marcha de la huelga fue dispuesta por los órganos constituidos de la CNT, Mesa Representativa, Secretariado y Comando. Los trabajadores saben que fue así, y solo la dictadura y sus lacayos intentaron adjudicar la huelga a agentes del comunismo internacional. ¿O no?

    Luis Iguini

    CI 591.898-9

    La izquierda y el golpe de 1973

    Sr. Director:

    Los frentistas se olvidaron de los comunicados 4 y 7. Cuando los militares dieron el golpe de Estado, el Frente Amplio, con la honrosa excepción de Erro, vivía un dilema muy peculiar como consecuencia de los comunicados 4 y 7 emitidos por los mismos golpistas, en febrero de 1973, cuatro meses antes del golpe formal. En los mismos afirmaban haber dejado de ser “el brazo armado de la oligarquía” y que en adelante estarían con el pueblo.

    Esta frase cargada de retórica enloqueció a los dirigentes del Partido Comunista y por extensión a los de la coalición e, inclusive, a los de la vieja central de trabajadores que no dudaron en ponerse a la orden de los falsos comunicados “respirando optimismo por todos los poros” y dispuestos a luchar aún en la calle con los uniformados, por un país mejor.

    El entusiasmo era tal que pasaron por alto dos cosas fundamentales: que no habían consultado a las bases y que ya en marzo de 1973, los autores de los comunicados 4 y 7 rechazaban su ayuda diciéndoles “en la cara” que los caminos eran irreconciliables. Tal situación provocó en Quijano, famoso periodista y director del semanario “Marcha” de la época, el siguiente comentario que sintetiza el extravío del Frente Amplio y del Partido Comunista: “Para ellos, los militares, son como el clavel del aire, sin raíces en la tierra”.

    En definitiva, ambos se habían subido al “carro de los militares” por si acaso y así estuvieron hasta el año 1975, “coqueteando” con ellos, por lo que la dirigencia de la coalición no se puede jactar de haber combatido a la dictadura cívico-militar en su verdadera dimensión; solo lo hicieron cuando no les quedó otra alternativa. Lo contrario los hubiera dejado en evidencia total ante sus bases que fueron al sacrificio, como siempre, dando todo por sus ideales.

    Es que los políticos profesionales se han acostumbrado tanto a mentir que no miden sus consecuencias y hasta se engañan ellos mismos. El Frente no es la excepción.

    Pero para aclarar las cosas como corresponde y al margen de toda teoría justificativa, están los documentos y testimonios de aquella coyuntura para ilustrar a quien lo desee o tenga dudas.

    En buen romance, la derecha dio el golpe el 27/06/73, es cierto, pero también lo es que Enrique Erro dejó en evidencia a un Frente Amplio oportunista y miope, que bebió de los comunicados 4 y 7 su propia medicina mentirosa, la misma que nutre todas las campañas preelectorales de los políticos profesionales.

    Jesús Curbelo

    CI 3.327.754-9

    Los tupamaros y la gente común

    Sr. Director:

    Pongámoslo así. Corría el año 1963. Al mismo tiempo que un puñado de “illuminati” decidieron por cuenta propia empezar una lucha armada contra un gobierno constitucional y democrático, había hombres y mujeres que, ajenos a esos delirios dignos de historieta, trabajaban, estudiaban, se casaban, tenían hijos, votaban cada cuatro años, elogiaban o criticaban libremente al gobierno de turno y vivían sus vidas normalmente sin grandes agitaciones, salvo las causadas por el lógico devenir de situaciones emocionales o económicas.

    Había una gran clase media, había pobreza pero no marginalidad, la escuela pública era buena, la Universidad formaba profesionales eficientes y responsables en su mayoría, los profesores se formaban y enseñaban con vocación y calidad, había libertad de expresión, de enseñanza y de religión, estaban permitidos todos los partidos políticos y sindicatos.

    Pero esto no era suficiente para este grupete formado en la admiración por la revolución cubana, inspirados en “el buen salvaje” de Rousseau quizás, porque la mayoría de ellos provenían de familias acomodadas, habían concurrido a colegios privados, católicos en muchos casos, cursaban carreras universitarias y no sabían de privaciones o sacrificios como la mayoría de la gente que decían proteger.

    Este grupo narcisista, soberbio y elitista, que se creía superior a todos, que emulaba al Che y a las guerrillas urbanas, que quería sacudirse la etiqueta de “pequeño burgués”, que quería tener su momento de gloria, libremente hizo una opción: empuñar las armas contra el gobierno. Y fue una guerra. A mí no me lo contó nadie; yo lo viví. ¿Acaso los tupamaros no eran soldados, sujetos a una organización, con dirigentes y combatientes? Un soldado sabe que puede ser capturado, torturado, muerto o desaparecido en acción. Es la ley de las armas.

    Y mientras esto pasaba, la inmensa mayoría de la población, que estaba en contra tanto de ellos como de los dictadores, aguantaba una situación que no había querido ni pedido.

    Las mujeres engendraban hijos con responsabilidad, los criaban para la vida y no para desafiar captores. El ejemplo de Jessie Macchi me parece lamentable; es la negación de la maternidad.

    Por eso no estoy de acuerdo con la Sra. Mónica Bottero cuando se refiere a que “Amodio volvio a poner en el tapete la heroicidad y sacrificio personal por partida doble de muchas mujeres que decidieron entregarse a la lucha armada y al movimiento tupamaro”.

    Heroicidad y sacrificio personal tuvimos las que criamos a nuestros hijos en esa época turbulenta, cuando en las facultades se armaban bombas y había secuestros y atentados casi todos los días. Y logramos formar individuos con valores, muchos de ellos con menos oportunidades que otros que se exiliaron en Suecia, en Francia, en Bélgica, en México y lograron educación privilegiada y medios para mantenerse. Muchos de ellos son hoy la clase gobernante.

    Nadie nos recuerda, no miramos para atrás, no publicamos libros ni concedemos entrevistas. Tampoco lo queremos ni necesitamos.

    ¿No les tendríamos que reclamar a esos pocos lo mucho que nos quitaron?

    Madre