El libro más vendido en el mundo hoy son tres, pues forman la trilogía Los juegos del hambre, de Suzanne Collin.
El libro más vendido en el mundo hoy son tres, pues forman la trilogía Los juegos del hambre, de Suzanne Collin.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSe trata de una nueva pieza en el angustiante edificio literario del estilo distópico. Recordemos que la distopía es el contrario de la utopía, pues si esta última es un lugar ideal pero inexistente, la otra es un lugar existente pero infernal.
En sus libros, Collin recrea un mundo apocalíptico, formado por el país Panem, que no es otra cosa que los Estados Unidos del futuro. Panem está dividido en una capital (Capitolio) y en doce distritos fuertemente explotados por el gobierno central.
Los juegos del hambre son una coctelera en la cual se centrifugan una larga serie de mitos, sagas y programas de TV, desde el Minotauro cretense al Gran Hermano de Rial, pasando por el Leviatán de Thomas Hobbes, el Robinson Crusoe de Daniel Defoe y la serie Lost, con sus profundas raíces en La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, y El señor de las moscas, del Nobel William Golding.
Sin embargo, en el fondo de la olla manda la teoría darwiniana de que sólo los más aptos (y no los más fuertes, como erróneamente se dice) podrán sobrevivir.
Pero empecemos por el comienzo, recordando que el Minotauro, encerrado en el laberinto de Dédalo, se alimentaba de carne humana. Su comida eran las siete vírgenes y los siete jóvenes que la ciudad de Atenas debía mandar cada año como tributo de guerra al rey de Creta.
Décadas más tarde, el joven Teseo decidió ser enviado voluntariamente como ofrenda a Creta, movido por el deseo de matar a la bestia y poner punto final al drama de su pueblo.
Fue ahí que apareció Ariadna con su famoso ovillo de lana (salido del mismo vellón que el que usaba Penélope), para que Teseo, una vez muerto el Minotauro, encontrase la salida del laberinto y ambos fuesen felices y comiesen perdices por el resto de los tiempos.
El proceso de elección de los catorce jóvenes enviados a ser devorados por el toro cretense y el proceso de elección que condena a los participantes del Gran Hermano a salir de la casa-mundo muestran solamente diferencias de matiz.
Pero, en su esencia, esos procesos son iguales al que se usa para elegir las doce muchachas y los doce muchachos que cada distrito de Panem debe enviar anualmente al Capitolio.
El viaje a la muerte por condena matemática (la costumbre de castigar las tropas matando a uno de cada diez soldados) truncó la vida de miles de hombres en las legiones romanas. También en Roma, miles de hombres fueron elegidos como gladiadores para pelear hasta ser muertos o perdonados, según lo indicaba un caprichoso dedo pulgar.
Pero este drama tiene muchas caras. Hace unas décadas, por ejemplo, la intelectualidad bien pensante se escandalizó con la aparición de un programa televisivo llamado Robinson, en donde los participantes decidían quién sería la próxima víctima, hasta que en la isla-mundo solamente quedase el vencedor.
El placer morboso que experimentamos en las mullidas profundidades del sillón al ver esa lucha desesperada por la sobrevivencia explica el éxito de la larga serie de novelas y ensayos distópicos que salen a la luz en épocas de desazón.
Collin pinta unos Estados Unidos que han sobrevivido desastres imaginables (aquí aparecen en nuestra retina interna la barba de chivo de Osama bin Laden y las Torres Gemelas ardiendo, amén de las sucesivas catástrofes ecológicas).
Pero mientras los habitantes de la capital viven atrofiados por el lujo material y el consumo masivo de diversión basura (modelo Tinelli en talle XL), los doce distritos son ferozmente explotados.
Una vez por año, cada distrito debe enviar dos jóvenes al Capitolio para que compitan en los “juegos del hambre”. Es, ya lo vimos, un fiel revival del mito de Teseo y el Minotauro.
Luego de participar en un show televisivo donde se caldea el ambiente (como en Robinson o Gran Hermano), los jóvenes se deben enfrentar en una lucha letal en donde todo está permitido a fin de sobrevivir (como en la Roma de los gladiadores).
De los 24 elegidos-condenados, sólo uno sobrevive y regresa a su casa.
Katniss, la heroína de Los juegos del hambre, es una especie de Teseo liberadora, incluso por el hecho fundacional de decidir voluntariamente ser enviada a la muerte con la convicción de poder derrotarla.
Se desprende, de la historia y de la Historia, que hay un Ariadno, aunque sin ovillo de lana, esperándola a la salida del laberinto.
Llegado a este punto del razonamiento se me ocurre que la pasión que despierta el Che Guevara urbi et orbi se basa, justamente, en este eterno juego del gato y el ratón, del cazador y la víctima, del más apto y el menos apto, en el cual Guevara tuvo el papel de roedor encerrado en el laberinto cretense de su selva-isla robinsoniana, huyendo desesperada pero inútilmente del inevitable zarpazo final por parte del gato-minotauro.
Esa intensa admiración que despierta el destino guevariano por doquier se debería, según esta teoría, a que el público siempre siente afinidad por el débil, sea este un simpático ratón Jerry, un andrajoso guerrillero o un inocente piel roja de los Apalaches.
El Che se creyó Teseo, pero el Minotauro lo devolvió a la realidad.
(*) El autor es doctor en Historia y escritor