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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la columna de Claudio Paolillo de vuestra entrega del 7 de julio, el columnista comenta la presentación de Mariano Palamidessi (Ineed) del informe sobre el estado de la enseñanza —principalmente pública— en Uruguay. Concluye el mismo con la frase: la política de “hacer la plancha”, elegida por le gobierno de Vázquez, no es simplemente equivocada: es decididamente criminal. Es nuevamente lamentable tener que estar de acuerdo con su apreciación.
Valga, sin embargo, el apuntar que tanto Juan Pedro Mir, Fernando Filgueira, y el mismo Mariano Palamidessi son solamente “los nuevos mensajeros” de tales comprobaciones. Ya ha habido, desde décadas pasadas, muchos expertos en el tema de la organización de políticas nacionales de la enseñanza que supieron alertar primero, y luego demostrar que la intromisión ideológica contraria a las metas democráticas de la buena enseñanza eran funestas.
Es muy simplista decir —y ya había advertido Albert Einstein que si bien es inteligente simplificar las cosas, no lo es el simplificar de más— que los legisladores de los partidos democráticos hayan sido culpables de los denigrantes niveles de enseñanza de Uruguay 2016 junto con el Frente Amplio. Y es muy simplista, porque los verdaderos culpables son cada uno y todos aquellos que pudiendo ser honestos con respecto a la proyección socio-educativa y económica del país no se exigieron velar por su excelencia. Estos últimos no han sido los legisladores demócratas.
De hecho, con la expresión de que “no se exigieron velar por su excelencia” me refiero a los adoradores de la tergiversación de la democracia que, también hoy en día, pretenden absorber el pensamiento y la energía de los legisladores, y de toda la población, volviendo a derivarlos hacia “las tonterías de turno” que sean de su conveniencia partidaria: los conocidos fuegos artificiales de los frenteamplistas.
Hemos de aceptar que la honestidad intelectual no se limita a partidos políticos ni a preferencias religiosas. Esta tiene opción a manifestarse donde hay sensatez, buena intención, y educación —que es mucho más que la simple enseñanza curricular. Hoenir Sarthou nos lo confirma al conjeturar que el deseo de plantear la diversión de cambios en la Constitución, hoy en día, tenga el objetivo de “cambiar el eje de la discusión pública” (ajuste fiscal, crisis económica, deuda pública, la enseñanza, crisis social, la inseguridad ciudadana, inflación) “y embarcar a la oposición en la discusión de las reformas constitucionales”.
Y entiendo sumamente importante el remarcar este quehacer, desde el Frente Amplio, pues es justamente de lo que no alerta Palamidessi cuando nos dice que el sisitema educativo uruguayo “es una máquina anidemocrática”. Él es más puntual y explicita, nuevamente, para los aún ilusos desatentos: “Estos niveles de logro (hartamente dispares) van a generar que una parte de la población va a poder entender los problemas que enfrenta, como el cambio climático, la violencia, los problemas económicos… Y hay otra que no lo va a poder entender y al mismo tiempo es convocada a decidir (…)”.
Lo ya sabido, lo ya dicho, lo reiterado desde hace décadas: la degradación de la enseñanza produce ciudadanos incapacitados para entender los problemas. Pero como dicha degradación se ha dado y se da, dentro de la comodidad de una democracia en semifunciones —una que todavía cuenta con el derecho al sufragio— Palamidessi nos recuerda que esta “otra parte que no va a poder entender los problemas que enfrenta” será convocada a votar.
No existe nada más simple que esto: una enseñanza inadecuada y permisiva logra conformar una sociedad seudodemocrática de votantes que, al haberse incapacitado no solo para entender los problemas, sino para dilucidar las reales causas de sus problemas… votará a quienes les continúen contando cuentos ilusos.
Pero la problemática de la buena educación, sin embargo, tiene raíces más profundas que las de una enseñanza curricular inadecuada para las necesidades del país. La educación en el gusto por aprender su acuna en el hogar, desde su madre, o es harto difícil que pueda comenzar a hacerse realidad cuando el niño entra en el local escolar. Por esta razón —también fácil de comprender— las ideologías y los líderes facilistas que no se exijan, ni exijan un mínimo de responsabilidad parental en desarrollar el gusto por aprender, ni un mínimo de esfuerzo por adquirir la enseñanza curricular son los verdaderos culpables de que tantos menores en Uruguay (60% de los adolescentes no terminan secundaria) se vayan transformando en ciudadanos incapacitados para poder comprender “el cambio climático, la violencia, y los problemas económicos”.
De estos ciudadanos es de quienes se alimentan las otras máquinas antidemocráticas, las que ilusamente les dicen que ellos son “progresistas, y que se las saben todas” con el único fin de que estos jóvenes les regalen su soberanía intelectual.
Poco podrán hacer por la enseñanza curricular los legisladores demócratas, desde el gobierno, si las progenitoras uruguayas no se dedican a ser madres, también demócratas, y se ocupan en inspirar a sus hijos el gusto por aprender —primera obligación ciudadana dentro de una verdadera democracia, la no-tendenciosa.
Docente aún atenta