N° 1802 - 05 al 11 de Febrero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl presidente José Mujica se guarda poco. Rara vez planifica y suele olvidar —o lo hace a propósito— que es el presidente de todos. Su compulsión verbal, en la que mezcla calenturas con melodrama y sensiblería, le impide analizar el contenido y la consecuencia de sus dichos. Busca quedar bien con unos y pegarles a otros. Para el caso de esta columna, agrede para defenderse y reniega y les da la espalda a quienes lo defendieron en su peor momento: cuando estaba en un pozo como rehén de la dictadura y solo podía hablar con las hormigas.
En ese mismo momento, la Comisión Internacional de Juristas (CIJ) levantó un escudo en protección para Uruguay. Fundada en 1952, esta ONG con sede en Ginebra jugó un papel fundamental con sus gestiones y acciones velando por los derechos humanos, en busca de terminar con el totalitarismo y recuperar el imperio de la ley. Tiene estatuto consultivo ante la ONU, el Consejo Europeo, la Unión Africana y dependencias de la Organización de Estados Americanos (OEA). Y lo hizo valer.
Cuando un organismo con esa autoridad cuestiona en un informe la “inacción” (pasividad, ineficacia, gandulería) de un gobierno para aclarar violaciones a los derechos humanos durante una dictadura, lo menos que debe hacer un presidente es prestarle respetuosa atención sin ironizar ni descalificar. Si no tuvo ganas, coraje o los militares le torcieron el brazo, que lo admita o se calle. En cambio, reiteró su habitual “intención deprecatoria, devaluatoria”, como la define genéricamente el ex presidente Luis A. Lacalle el domingo 1º en “El País”.
Las críticas surgieron de un informe de la CIJ al cual se refirió el abogado uruguayo Wilder Tyler, su secretario general. Se apoya en “la forma como sus autoridades han abordado —sobre todo en el último período de gobierno— los dilemas del pasado reciente y han permitido que un importante grado de impunidad prevalezca en el país hasta este momento”. En declaraciones a “El Observador”, Tyler amplió sus cuestionamientos a fallos de la Suprema Corte de Justicia sobre la “ley de caducidad” y a expresiones contra el Serpaj del ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro.
¿Cómo se defendió Mujica? Con su cantinflismo deprecatorio: “Yo no quiero pelearme con las organizaciones de derechos (humanos). Existe la necesidad de saber qué pasó. Pero no puedo agarrar a los militares de hoy, que nada tienen que ver (varios procesados y condenados eran ‘de hoy’), ponerlos en una bolsa y tratarlos de la misma manera. La comisión de juristas está allá con buenos sueldos. Que vengan acá. Acá está la puerta abierta. ¿Qué hacemos con protestas y papelitos internacionales si los que tienen la verdad se la callan? ¿Cuál es la solución? ¿Cuál es el mecanismo?”, regurgitó. Y ante el profeta, casi todos boca abajo.
Mujica admite la falta de colaboración militar, justifica el silencio cómplice de sus subordinados y disfraza el mecanismo de averiguación. Pero como vive en un rancho, cultivó flores, tiene un VW del 87, una perra renga y dona parte de su salario, se considera con la autoridad moral de cuestionar el salario y el trabajo de Tyler y de sus 60 colegas de todo el mundo que integran la CIJ. Como si se tratara de una pelea barriobajera, los desafía a que vengan a Uruguay a obtener información de los militares a quienes él, Fernández Huidobro y otros adláteres cobijan y ascienden.
Conocí a Tyler hace varias décadas. Siempre ha trabajado en esta área. Desde antes de la salida de la dictadura estuvo vinculado en Uruguay al Serpaj, luego al Ilesur, más tarde pasó a Amnistía Internacional en Inglaterra y terminó en la CIJ.
El desprecio a la CIJ y a Tyler no es el único centro de esta cuestión. Porque ese trabajo lo inició el abogado Alejandro Artucio. Fue el primer uruguayo en trabajar en la CIJ. Exiliado luego de haber estado preso por defender a “subversivos”, como lo hicieron sus colegas Carlos Martínez Moreno, Edgardo Carvalho, Adela Reta, María Elena Martínez, Saúl Kogan o Hugo Batalla, entre otros. Al salir del penal recaló en Chile y Francia, y finalmente llegó a la CIJ. Fue el responsable de las relaciones de ese organismo con Iberoamérica, el Caribe, Portugal y Nueva Guinea.
Regresó a Uruguay en 1986 y en el primer gobierno de Tabaré Vázquez fue designado embajador ante las Naciones Unidas. Más tarde, Vázquez lo designó embajador ante los organismos políticos con sede en Ginebra.
Lo anterior no tiene la pretensión de una síntesis histórica, sino recordar el trabajo de la CIJ, cuyos integrantes, ironiza el humilde Mujica, ganan “buenos sueldos” y se limitan a escribir “papelitos internacionales” que para nada sirven.
Considerando la vocación del presidente por los dichos camperos, no viene mal recordar un verso del Martín Fierro, cuando alude a la personalidad del Viejo Vizcacha: “Si ensartaba algún asao, /¡pobre!, ¡como si lo viese!/ poco antes de que estuviese/ primero lo maldecía/ luego después lo escupía/ para que naides comiese!”.
O tal vez, por ser más directo, destacar el aserto del filósofo liberal británico Edmund Burke: “Muchas veces les mordemos la mano a aquellos que nos alimentan”.