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    El ego de Amodio abrió Pandora

    N° 1828 - 13 al 19 de Agosto de 2015

    Cualquier exiliado que desde 1973 haya tramitado en España la nacionalidad para evitar ser expulsado conoce esas penurias. Controles muy severos hasta la muerte en 1975 del dictador Francisco Franco, menos rigurosos luego, pero siempre exigentes. Para la ciudadanía y consecuentemente para el pasaporte español hay varios filtros y se requiere una diversidad de documentos: partida de nacimiento, pasaporte del país de origen, antecedentes judiciales, certificado de trabajo, contrato de alquiler o propiedad, constancia de tener asistencia sanitaria, etc.

    Muchos perseguidos por la dictadura quedaban por el camino mientras Walter Salvador Correa Barboza, el uruguayo de fantasía nacido en la inexistente ciudad uruguaya de “Valparaíso”, como dice su documento, no tuvo inconvenientes. Fue el disfraz de Héctor Amodio Pérez para los trámites en los que estaba obligado a decir la verdad. No fue así.

    La semana pasada llegó a Uruguay con un pasaporte expedido en España en 2006 a nombre de Correa Barboza. En las últimas décadas regresó en tres ocasiones, la primera en 1981 con su primer pasaporte español, y la última, antes de ahora, en 1994.

    Aunque en otros testimonios dijo que fue el coronel Ramón Trabal quien en 1973 le dio pasaporte y cédula de identidad falsos a nombre de Correa Barboza, en el juzgado declaró que se los dio el general Esteban Cristi para que huyera oculto por haber colaborado con los militares. Dijo que debió mantener esa identidad porque estaba condenado a muerte por sus ex compañeros. ¿Cuando vino en 1981 y en las otras ocasiones posteriores, ya no temía por su vida?

    El viernes 7, cuando llegó a Carrasco, la Dirección de Inteligencia le informó a la jueza de la Ciudad de la Costa, Marcela Vargas, que el pasaporte presentaba anomalías en el nombre del titular. Tanto Vargas como la fiscal Silvia Mascaro entendieron que el documento era auténtico y no podían objetarlo. La directora de Migración, la abogada Myriam Coitinho, le advirtió a la jueza que el pasaporte no era válido y que si pretendía viajar debía tramitar otro. Por eso se le incautó.

    Es indiscutible que para obtenerlo utilizó los documentos falsos que le entregaron los militares. Verbigracia: estafó al gobierno español para lograr su objetivo. Había sido procesado y encarcelado en Uruguay en agosto de 1970 por “atentado a la Constitución” y “asociación para delinquir”. Se fugó de la cárcel de Punta Carretas en setiembre de 1971 y fue recapturado en mayo de 1972. Todo en democracia. Con el antecedente judicial de 1970 jamás hubiera podido obtener un certificado de buena conducta ni regularizar su situación en España. Pudo por la falsa identidad.

    La fiscal Mascaro lo justificó. Consideró que “por circunstancias de la vida” se vio obligado a tener una doble identidad y que no tuvo conciencia ni voluntad de delinquir porque no tenía más documentación que la de Correa Barboza. Vargas coincidió y señaló que si bien su identidad es diferente a la del pasaporte, durante sus 42 años de vida en España ese nombre es válido “producto del trato, fama y tiempo” transcurridos allí y que no tuvo voluntad de burlar la fe pública. Muy interesante.

    El Código Penal, en el capítulo de los delitos contra la fe pública, establece en el artículo 243 (Falsificación ideológica por un particular): “El que, con motivo del otorgamiento o formalización de un documento público, ante un funcionario público, prestare una declaración falsa sobre su identidad o estado, o cualquiera otra circunstancia de hecho, será castigado con tres a veinticuatro meses de prisión”. Es lo que sucedió.

    ¿Cualquier persona, uruguaya o no, que argumente sin pruebas estar condenada a muerte o que su integridad física, salud o alimentación corre riesgos puede presentar como válido un pasaporte falso o con un nombre falso y no viola la ley?

    A fines de junio, la ex jueza de la Ciudad de la Costa, Adriana Graziuso, a pedido del fiscal Fernando Valerio, ordenó el procesamiento con prisión por ese mismo delito de dos ciudadanos sirios que vivían en Brasil. Eran refugiados que huyeron de la guerra y el hambre. Habían ingresado con un niño por el Chuy con pasaportes adulterados y se dirigían a Alemania.

    ¿Por qué se metió Amodio en este lío luego de permanecer 42 años escondido como Correa Barboza y bajo su peluca? Dice que fue para enfrentar a sus detractores y contar su versión en el libro “Palabra de Amodio. La otra historia de los tupamaros”. El ego nubla los sentidos.

    La filosofía tanguera dice que “la fama es puro cuento” y Amodio no le prestó atención. La suya es una historia tan marquetinera como la que pretende rebatir, ambas preñadas de medias verdades y de un salpicón de mentiras que nos empachan desde hace décadas.

    A los 78 años este extraño personaje abrió la Caja de Pandora sin que nadie lo obligara. Ahora tiene que apechugar las consecuencias y enfrentar otras denuncias. Mientras, se desahoga insultando a los periodistas al responder a sus preguntas levantando el dedo medio de la mano.

    Los Ministerios del Interior de Uruguay y España analizan ahora los aspectos legales sobre la obtención de la nacionalidad y del pasaporte. Está latente el riesgo de que cuando regrese a España los pierda. No sería lo peor. También puede perder los beneficios sociales (asistencia médica gratuita y jubilación) que Correa Barboza obtuvo fraudulentamente para Amodio Pérez.

    Pero, como la suya, esa es también otra historia.