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    El escalón más bajo

    N° 1817 - 28 de Mayo al 03 de Junio de 2015

    Con la sombra del horror de la Segunda Guerra Mundial, en 1947 se fundó la Asociación Médica Mundial que al año siguiente actualizó el juramento de Hipócrates, el médico de la antigua Grecia que sembró los principios éticos. En el texto, el médico se compromete, entre otras cosas, a ejercer su profesión “a conciencia y dignamente” y a “mantener por todos los medios a (su) alcance, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica”.

    En su esencia, es similar al Código de Ética Médica aprobado el año pasado por el Sindicato Médico del Uruguay (SMU) y a todos los códigos profesionales de cualquier sociedad civilizada. Son principios invariables: el médico debe mantener en alto la dignidad, la conciencia, el honor, la nobleza y la honestidad.

    Nos entregamos a ellos como a ningún otro profesional. En sus manos depositamos dos de nuestros bienes más preciados: la salud y la vida. Los consultamos para aliviar nuestro dolor, equilibrar nuestra psiquis, recibir a nuestros hijos, prolongar nuestra existencia y les hacemos confesiones como a nadie. Son esenciales el aprendizaje científico, la deontología y una conducta ética.

    Desde que se utilizan cadáveres para el estudio de la anatomía se han producido intensos debates bioéticos y éticos. Nadie discute que los cuerpos muertos deben gozar del más absoluto respeto. Es básico para la sociedad y para la vida de relación incorporar esos principios desde la educación familiar y continuarlos en primaria, secundaria y la universidad.

    Cuando el 29 de abril ocho internos a punto de obtener el título de médico (una carrera que pagamos con nuestros impuestos) lo festejaron con bebidas alcohólicas en su lugar de trabajo (que también mantenemos los ciudadanos) y otro interno robó un cadáver y lo trasladó a ese festejo, es porque se llega al escalón más bajo. El más cercano al sótano. Un nivel de irrespeto, insensibilidad y desprecio pocas veces visto.

    Sustrajo el cadáver de la emergencia del Hospital de Clínicas y, como a un monigote, un despojo en lo material y en la consideración, lo trasladó al recinto donde el resto festejaba con música y alcohol. Dice la investigación de la Facultad de Medicina que sus compañeros reaccionaron rechazándolo y que el cadáver fue rápidamente retirado. Quizá.

    No interesa si el lapso fue o no breve, sino que desnudó el creciente deterioro en la formación universitaria que abarca a todas las carreras y muchas veces se traslada al ejercicio de la profesión. Cuando obtengan el título nos atenderán, harán diagnósticos y prescribirán medicamentos.

    Para bien o para mal, estaremos en sus manos.

    Cuando “El Observador” lo hizo público, algunos representantes gremiales y universitarios lo repudiaron. Pero también algunos señalaron —en lo que interpreto como una excusa corporativa— que fue un hecho aislado. Nunca lo sabremos. Nadie confiesa esas cosas aunque, como me dijeron por separado varios médicos so pena de citarlos, desde siempre son habituales tanto las bromas macabras con cadáveres como beber alcohol durante algunas guardias.

    Prueba añadida de la degradación es que algunos estudiantes publiquen en redes sociales fotografías de intervenciones quirúrgicas en las que participan (esa creciente e incurable epidemia de fama personal) sin autorización de los pacientes. Por todos estos hechos pueden ser demandados civilmente y, en algún caso, también el Estado.

    En la página web de la Facultad, el decano Fernando Tomasina se manifestó “profundamente dolido y a la vez enojado”. Admitió que “podríamos pensar que hemos equivocado procedimientos docentes o quizá que no hemos sabido transmitir los valores humanistas que deben guiar nuestro actuar en sociedad”. Recordó que “la responsabilidad que ha depositado la sociedad en nosotros no podemos mancillarla”. Una oportunidad histórica para sentar un precedente sancionatorio.

    Pero el Consejo de la Facultad (Tomasina, cinco docentes, tres estudiantes y tres egresados) suspendió por 45 días en la calidad de estudiante a siete internos por beber alcohol. Nada más porque se opusieron a la presencia del cadáver, según el dictamen. Sin embargo, el rechazo no se tradujo en denuncia, como hubiera correspondido.

    ¿Compañerismo? Silencio cómplice por encima de la ética y de los pacientes.

    Quien trasladó el cadáver fue suspendido por tiempo indefinido y continúa su sumario. También fueron sumariados dos médicos responsables de esa guardia.

    Los estudiantes pudieron incurrir en el delito de “vilipendio de cadáveres o cenizas” del artículo 307 del Código Penal, agravado por la sustracción del cadáver. Castiga con seis meses de prisión a cuatro años de penitenciaría a “el que vilipendiare un cadáver o sus cenizas, de cualquier manera, con palabras o hechos”. Para que quede claro, “vilipendiar” es, según el diccionario, denostar, menospreciar, denigrar, desprestigiar, mancillar, agraviar o despreciar “de cualquier manera”. Pero no hubo investigación judicial.

    ¿Por qué no intervinieron de oficio el juzgado o la fiscalía penal de turno? ¿A qué se debe que las autoridades universitarias no hagan la denuncia?

    Hace poco, el presidente Tabaré Vázquez le anunció al SMU que el Estado dispondrá de U$S 100 millones para la reestructura del Hospital de Clínicas. Un nuevo intento de varios.

    De cualquier manera, no es solo dinero lo que se necesita. Como admitió el decano Tomasina, es imprescindible invertir en la transmisión de valores humanistas y éticos, y en sancionar con más energía, sin intereses corporativos, partidarios o gremiales.

    Hay que barajar, dar de nuevo y que nadie marque las cartas.