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    El hombre, la política y el cambio

    Sr. Director:

    El cambio es la tónica. En todos lados. ¿Acaso hay alguien que se confiese conservador, contrario a cambiar?

    Es un fenómeno muy curioso. De hecho, no siempre ha sido así en la historia de la humanidad. Los reclamos por cambio van unidos, claro está, a la insatisfacción, más o menos precisa.

    Sin embargo, es un hecho, que la humanidad —con todos sus problemas— nunca ha vivido tan bien como ahora.

    Muchas veces los reclamos de cambio son por innovaciones en clave de futuro. Pero muchas otras (¿más?) son de tipo retro, teñidos de nostalgia. Como añorando un pasado mejor (¿en el que acaso no nos quejábamos?)

    Junto con la estridencia colectiva de los reclamos por cambios, es común encontrar una fuerte resistencia personal a cambiar, unida a cierta indiferencia por la política (supuesta herramienta para el cambio exigido). Nada más contradictorio. Ni más corriente.

    ¿Y cuáles son los cambios que se suelen pretender? Sacando momentos especiales —como los vividos aquí entre 1973 y 1984, cuando perdimos la libertad y la democracia—, los planteos hacen al bienestar y, sobre todo últimamente, a pretendidos derechos que nos garanticen aspectos (siempre nuevos) de ese bienestar.

    ¿Sobre la base de qué exigimos? Por lo general no se plantea el cambio en virtud de aspiraciones de avance o mejora, lo que sería la ambición normal de cualquier persona. No. Los reclamos siempre se plantean como justicia.

    ¿Qué justicia sería esa?

    Tengamos presente que los reclamos de cambio rara vez toman en cuenta la realidad. Como que mi exigencia es, por definición, superior a la realidad y es esta la que debe adaptarse a aquella.

    Por eso nunca se llega a la satisfacción. La insatisfacción es el estado de ánimo corriente. De ahí que la realidad, social y política, sea de reclamo permanente.

    Nadie parece preguntarse si la democracia es un sistema creado para generar satisfacción constante y si tiene con qué hacerlo. Algo más absurdo aún ocurre frente al Estado: todos lo critican por inútil, al tiempo de esperar todo de él.

    No siempre ha sido así.

    ¿Por qué estamos en esta situación? ¿Qué lo explica?

    ¿La incapacidad de los políticos? Es matemáticamente difícil que todos los políticos sean unos incapaces, en todos los países y en todos los tiempos.

    ¿Las estructuras? Es otro Leit motiv. Pero ¿qué estructuras? ¿Qué las hace injustas? El marxismo patentó esta idea, con su determinismo, dando título de ciencia a la vida de estructuras que condicionan al hombre. Así le fue.

    En definitiva: ¿las respuestas están fuera de nosotros (los políticos, los sistemas…) o acaso están dentro?

    El tema es más filosófico que político. Los políticos, con políticas, jamás enderezarán la cosa.

    El hombre contemporáneo quiere, pero no cree. Quiere más y mejor, pero no tiene ni el tiempo, ni la inquietud ni las ganas de reflexionar. De pensar qué es y para qué es. Quiere satisfacciones y, al no tener un sentido en la vida, ninguna lo llenará por mucho tiempo. Aun si le dieran todo lo que pide: ¿qué haría con ello? ¿Un ser humano mejor, pleno, siquiera más feliz?

    Como dicen los franceses, el hombre contemporáneo se sent mal dans sa peau.

    Eso no lo van a corregir ni la democracia ni la política. El hombre golpeando esas puertas con la virulencia que vemos a diario solo conseguirá echarlas abajo.

    Los políticos lúcidos, que saben esto, no se animan a decírselo a la gente (gente = votantes).

    Tiene que ser tarea de los responsables en la sociedad civil: los pensadores, la Iglesia, los medios…

    De lo contrario, seguiremos con esta combinación mezcla de tela de Penélope y piedra de Sísifo.

    Ignacio De Posadas