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    El segundo gran problema nacional

    El más importante y grave problema nacional —he insistido en este tema desde el inicio mismo de este espacio, hace prácticamente nueve años— es el pesado lastre que representan los valores dominantes en la sociedad: frenos implacables de cualquier proceso de reformas y, por ende, de cualquier mejora.

    El segundo gran problema nacional es el exceso de ideología y la monumental incapacidad de gestión demostrada por los partidos en el poder durante los últimos tres lustros. Pero el primer problema no se limita a ciertos grupos políticos y la sociedad uruguaya, como la latinoamericana en general, está saturada de ideología.

    Sin embargo, como toda tesis tiene su antítesis, en la práctica, es decir en eso que solemos llamar vida cotidiana, vemos con total claridad que los mismos corifeos políticos y sindicales que levantan el puño en señal de lucha, apelan al famoso “pueblo” del cuento chino y hacen gárgaras con gastados eslóganes ideológicos, suelen viajar a Miami para comprar electrodomésticos a precio de ganga y se esmeran en desviar dineros públicos para la propia cuenta bancaria.

    Son verdaderos saqueadores seriales del Estado.

    Dentro de esta perspectiva se debe entender el ímpetu estatista y el rechazo por la gestión privada de muchas funciones. Y aquí es importante tener en cuenta que no solo los partidos socialistas son enemigos de cualquier intento de privatizar los monopolios estatales. También dentro de los llamados partidos fundacionales, el “ataque” al volumen del aparato estatal que esas medidas implica despierta oposición. Y es que el culto al Estado grande (que no es lo mismo que el Estado fuerte o, menos aún, que el Estado eficiente…), es decir, el Estado omnipresente, ha sido emblemático en los últimos cien años de historia nacional.

    También las iniciativas para firmar acuerdos de libre comercio despiertan la feroz oposición de la izquierda uruguaya, la cual ve dichos acuerdos como “una traición a los intereses populares” y una “entrega de la dignidad nacional”.

    En consecuencia, de las canillas uruguayas sale agua envenenada pero cien por ciento nacional y burbujeante de dignidad. Siguiendo la misma huella, en el país se pagan sobreprecios por combustibles monopolizados por un ente quebrado por un vicepresidente que no es lo que asegura ser: un inmoral que cuenta con el permiso social para dar lecciones de moral.

    A esta sobrecarga de ideología en la sociedad uruguaya se suma, como se ha adelantado, una fuerte sobrecarga de incapacidad gestora. Elíjase un tema cualquiera (transporte, limpieza pública, seguridad, educación, tráfico, planificación urbana…) y se comprobará inmediatamente que las autoridades son patéticamente incompetentes para gestionarlo. No saben arreglar los problemas existentes al mismo tiempo que generan problemas nuevos.

    Dicho lo dicho, es menester aclarar que la ideología en cuestión es modelo berreta, pues está formada por frases huecas, por eslóganes gastados y por esquemas desmantelados de contenido. Se repiten tres o cuatro bobadas sin sentido ni coherencia y ninguno de los discursantes pasaría una prueba elemental a la hora de explicar qué es lo que intenta decir. Y esto es válido del actual presidente al ex presidente, pasando por todos los eslabones intermedios e inferiores hasta llegar a los ascensoristas del Palacio.

    Esta combinación de atraso mental e incompetencia profesional, no obstante, es solamente posible gracias al apoyo consecuente de la mayoría de la población, la cual una elección sí y la otra también le da el voto a este equipo de políticos y funcionarios certificadamente fracasados.

    La conclusión adecuada es antiquísima, pues proviene del más temprano refranero castellano, ese que hunde sus raíces en la sabiduría popular de la rocosa meseta y florece en las páginas de los cantares de gesta: la culpa no es del chancho sino de quien le rasca el lomo.