N° 1806 - 05 al 11 de Marzo de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl ex presidente José Mujica y la presidenta argentina, Cristina Fernández, parecen compartir ADN: frases huecas, mentiras y medias verdades, discursos populacheros, asistencialismo y, fundamentalmente, irrespeto institucional. No importa lo que realmente opine uno del otro. Depende de sus intereses coyunturales; hasta negocian cuándo y cómo enfrentarse.
La estrategia es la misma: atacar al sistema judicial o modificarlo para su interés. Parten de una suerte de germen totalitario para justificarse o descalificar a la última garantía desde que existe el Estado constitucional. Revolucionarios en serio, los franceses de 1789 establecieron en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano que toda sociedad en que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni garantizada la división de poderes, carece de Constitución. Para ellos es letra muerta; frena sus apetencias, ilegalidades y desbordes.
En los últimos días el travestismo de Mujica y Fernández se ha hecho más evidente; ambas cabecitas, las de siempre, las del “todo vale”, volvieron a quedar al desnudo.
Arrinconada por una andanada de sospechas y denuncias, con su hijo Máximo investigado, pedidos de procesamiento para su vicepresidente y una multitudinaria manifestación popular en apoyo al fiscal Alberto Nisman, asesinado o suicidado, Fernández arremetió contra lo que calificó como “el Partido Judicial”. En su habitual delirio sostuvo que es “opositor y destituyente”; un “nuevo ariete contra los gobiernos populares” que hace alianza con el poder económico “intentando desestabilizar al Poder Ejecutivo”.
Pocas diferencias con Mujica. Veamos el razonamiento del uruguayo en el diario argentino “Perfil”: “La Justicia, esa señora que ponen (desde el siglo XV) con una venda en los ojos y una balanza en las manos (…), eso no existe, porque la Justicia refleja el peso de las clases que dominan en una sociedad”. También abogó por reformas constitucionales que reflejen lo que piensan las clases (sus votantes) que hoy son mayoritarias porque “los instrumentos jurídicos están sometidos a la historia y la historia es una lucha de clases”.
No voy a referirme a ese argumento. Alcanza la elocuencia con que lo hizo hace dos semanas el director de Búsqueda, Claudio Paolillo. (*)
Lo importante de cara al futuro es que en su discurso de asunción Tabaré Vázquez marcó el territorio y las diferencias con Mujica: “Dentro de la Constitución y la ley, todo, fuera de ellas, nada”, dijo. Y, además, optó para el Ministerio Público (fiscales) por un servicio descentralizado.
De cualquier manera es necesario recordarles a los corderos —esos que no tienen una, sino varias vendas sobre los ojos y un desestabilizador “¡mande jefe!”— que en democracia la Justicia es la que garantiza la protección de sus derechos y libertades. El 14 de marzo de 1985, hace ahora 30 años, Mujica y sus compañeros fueron liberados por la recuperada democracia que votó la amnistía para los presos políticos. La Justicia es —aunque se discrepe con leyes y sentencias, y pese a sus errores— el último reducto, el escudo protector y la garantía final, y su independencia se apoya en la dependencia a la ley, no en la dependencia política, como lo señaló Vázquez.
El nuevo presidente no diría, como Mujica, que “el Poder Judicial se ha llevado puesto (a prepo, sin razón) tres veces al Poder Legislativo” en referencia a las sentencias de la Corte que declararon inconstitucionales la ley de liquidación de Pluna, la “ley de caducidad” y la ley que creaba el Impuesto a la Concentración de Inmuebles Rurales. Lo mismo había expresado sobre la inconstitucionalidad de la ley que pretendía retacear los aumentos a los judiciales. No se llevó puesto a nadie. Lo que hizo fue enmendar barbaridades constitucionales impulsadas por él y votadas por obsecuentes legisladores que pretendieron “llevarse puesta” a la Constitución por ignorantes y obcecados.
Será difícil. Porque acodado en su extraña mezcla de anarco-blanco-guerrillero-peronista-publicista, Mujica amenaza con subirse a las cuchillas y complicarle la vida a Vázquez. Ya le advirtió que tiene un alto porcentaje de legisladores y que no va a cejar en sus objetivos. “Lo voy a respaldar pero no como un soldado”, destacó el sábado 28 en “El País”. La misma preocupación de hace 60 años: tener el poder como sea y ahora la presidencia ad-hoc desde su banca. Aunque Vázquez diga que cuenta con él, para complicarlo y menoscabar las decisiones del Poder Judicial y su presupuesto, alcanza con que Mujica siga en sus trece.
Razón le asistía a Mujica cuando dijo que los enfrentamientos armados del pasado terminarán “cuando nos muramos todos”. En un sentido diferente, aunque también referido a su muerte, lo reiteró ahora durante una despedida: “Mi agradecimiento por estos años. Tienen un amigo que no piensa jubilarse y que va a terminar su actividad militante el día que lo entierren o que lo prendan fuego. Pero mientras tanto se lo tendrán que bancar”. Es el curso natural de la vida.
Mientras tanto instalará en las entrañas del gobierno su caballo de Troya. Lo tendremos que bancar todos: los ciudadanos, la oposición y especialmente la serenidad y sensatez del presidente Vázquez.
Confiemos en que no entierre ni le prenda fuego a las instituciones.
(*) “La clase a la que pertenezco” (Búsqueda, Nº 1.804)