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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Qué nos pasa?...Lenin y Gramsci. Como dice Guillermo Sicardi en su columna de la última edición de Búsqueda, “la Suiza de América ha muerto. Y sólo un milagro la hará resucitar”.
En principio, muchas son las cotidianas constataciones que nos inducen a darle la razón al columnista.
Un alumno abofetea a su maestra. Viene la madre a la escuela…¿para disculparse? No, para propinar otra bofetada.
Un delincuente huye de la escena del crimen. El policía debería reprimir. Si lo hace arriesga su vida o su salud por un sueldo de subsistencia y si lo hiere o lo mata, quedará indagado, detenido, tal vez hasta sea procesado. Si toma con vida al criminal, vendrán la falta de pruebas y las libertades condicionales, las anticipadas y una cantidad de etcéteras. Si el asesino es menor, será devuelto al “seno familiar” y si es pobre, no será culpado porque la responsabilidad recae sobre la sociedad.
Un cuartel es tomado por asalto…¿por el ejército de una potencia enemiga? No, por un par de delincuentes comunes. Ocurre que los militares están dotados de fusiles, pero sin municiones. Es que podrían matar a alguien y el oficial al mando resultaría responsable de violar derechos humanos. El arresto a rigor también es violatorio. La cadena de mando está rota.
Un niño ejecuta su pataleta a vista y paciencia de sus mayores. La palmada está prohibida y la penitencia desaconsejada. Violan los derechos del menor.
El sacerdote todavía administra sacramentos: casa y bautiza. Pero eso de que el que se porta bien va al cielo y el que muere en pecado se quema vivo por toda la eternidad en el fuego del infierno, eso que sirvió para que durante tanto tiempo no poca gente se sometiera a ciertos patrones de conducta aceptables, es hoy un macanazo en el que ya casi nadie cree.
Una persona tiene éxito en su empresa y se enriquece. Tiene más que lo que necesita. Es una buena oportunidad para apropiarse de algo de lo que le sobra. Después de todo, se estará propendiendo a una mejor distribución de la riqueza. No se lo debe emular, ni admirarlo; por el contrario, el robo a un ricachón está legitimado.
El himno nacional solemne, operístico y décimonónico es interpretado en clave de murga… un género musical y teatral satírico.
“El día que Artigas se emborrachó hizo cualquier cagada” dice el “Cuarteto de nos”. Es que ahora los próceres no son los que se levantaron contra la tiranía absolutista en procura de nuestra libertad. ¿Es que no hay más próceres? No, ahora hay otros próceres, sólo que al revés. Ellos son los que se levantaron contra la democracia y pretendieron tomar el poder absoluto segando vidas en cruentos asaltos, secuestrando y robando. Llegan a la Presidencia, al Senado, son ministros y hasta tienen pretensiones de ser Premio Nóbel…de la paz (¿?).
Si este fenómeno pudiera ser evaluado por Lenin y Gramsci redivivos, seguramente dirían: en Uruguay logramos destruir el aparato burocrático militar de la burguesía y aniquilar su superestructura ético-jurídica. Triunfó la revolución. Seguramente Gramsci le acotaría a su camarada ruso que el triunfo no vino de la mano de la insurrección armada leninista, la que fue derrotada en el campo de batalla, sino como consecuencia de una estrategia gramsciniana: la destrucción de la cultura hegemónica. Ese poder que toda sociedad debe ejercer para funcionar como tal y que como dice Michel Foucault está compuesto por una sumatoria de “mecanismos infinitesimales”, cada uno con su propia arquitectura, con su propia historia; ese poder que se ejerce en los cuarteles, desde luego, pero también y sobre todo en las familias, en las escuelas, en las iglesias, en los actos patrióticos; ese poder fue aniquilado partícula por partícula al desmantelar la cultura que lo sostenía. Cuando se enfrentó al Estado con las armas, el poder militar creció e invadió esferas que no le correspondían. Fueron los sucesivos embates culturales los que a la postre se las arreglaron para dejar a los fusiles sin municiones. Pero también nos dejaron una patria con próceres falsos, a las iglesias sin el temor de Dios, a la niñez carente de límites y sin respeto por sus padres y al individuo desconociendo la jerarquía de los que saben más o de los que demostraron ser poseedores de mejores capacidades.
Siguiendo la imaginaria escena con nuestros invitados resucitados, ambos coincidirían en que, una vez consolidada la revolución triunfante, el paso siguiente sería la construcción de la sociedad fraterna e igualitaria comunista, correspondiendo empezar por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Algún ministro de Economía contemporáneo podría explicarles que, en realidad, en la construcción del comunismo también estamos adelantados. Después de todo, si por comunismo entendemos al capitalismo de Estado que tuvo lugar en la URSS desde 1917 a 1991, advirtamos que en Uruguay, además de una extendidísima administración central y municipal, ya están en manos de empresas estatales entre otras actividades: la industria petrolera, la generación de energía eléctrica, las comunicaciones, el agua corriente, los ferrocarriles y la mayor parte de los seguros y del sistema bancario.
Algún presidente reciente podría decirles a nuestros invitados que además tenemos el secreto para que no nos pase como en la URSS, en donde los déficits de producción acumulados hicieron colapsar el sistema. El secreto consiste en no aniquilar al capitalismo. Dejar que una parte de la economía siga regida por el mercado, el afán de lucro, la iniciativa y la propiedad privadas. Es un sector que banca reformas tributarias y ajustes fiscales, tarifazos y capitalizaciones de empresas públicas. En Uruguay le pusimos el mango a la pelota. Podemos trasladar todas las ineficiencias del comunismo a los precios que fijan nuestros monopolios estatales y a los impuestos que aumentan sin cesar. Y como nunca se termina del todo el dinero de los demás, tampoco se termina el socialismo real. Cuando notamos que la burguesía nacional se encuentra demasiado aporreada y necesitamos inversiones, llamamos al imperialismo, con el que tampoco es bueno estar peleados del todo. Ellos vienen con sus multinacionales, cada una de ellas con 1.500 o 2.000 palos gringos, les hacemos una zona franca a medida para que no paguen impuestos y, mientras tanto, seguimos ganando las elecciones diciéndole a la gente que en Uruguay paga más el que tiene más.
Lo que no entenderían ni Lenin, ni Stalin, ni Mao, ni Gramsci, ni Fidel, ni el Che, y mucho menos Pol Pot, como tampoco ninguno de los tres integrantes de la dinastía Kim Jong, que reina en el comunismo coreano y en general ninguno de los líderes comunistas que componen el procerato de los integrantes del gobernante plenario del Frente Amplio, sería cómo con una revolución triunfante es posible que:
· La marginalidad haya generado guetos de insurrección antisocial, en donde se desafía a la autoridad policial armada a guerra, se incendian buses y ambulancias, se destrozan taxis, se agrede a la gente y hasta a los propios médicos que vienen al barrio a curar enfermos.
· Un partido de fútbol termine en guerras campales que vandalizan el estadio primero y nuestras principales avenidas después.
· El festejo de un aniversario de una entidad deportiva concluya con la invasión de hordas salvajes que la emprenden contra los bienes y la integridad física de los vecinos de la zona de Parque Batlle y de la rambla de Pocitos.
· De los barrios marginales surjan adolescentes capaces de matar torturando por venganza o agredir hasta la muerte a dos ancianas para robarles un TV usado de menos de 50 pesos de valor de reventa.
· Cómo un asesino que mata de 20 puñaladas a una joven, a los dos años está viviendo pegado a la familia de la víctima.
· Y acá también iría un largo etcétera que por el espacio es menester evitar.
Seguramente Lenin ensayaría una explicación y ella radicaría en el “carácter de clase” de la revolución uruguaya. Pese a estar lleno de leninistas, el plenario del Frente Amplio está muy lejos de ser un soviet de obreros, campesinos y soldados. Está copado de cabo a rabo por pequeño burgueses (ingenuos idealistas algunos y otros simplemente resentidos), que en el camino de la revolución han confundido las consignas propias de la permanente agitación política, tan necesaria para conseguir la destrucción del poder burgués, con los principios que deben regir el ejercicio del poder desde una óptica leninista. Desde ella, los derechos humanos son una consigna para la lucha y no permanecen con su irrestricta vigencia una vez que se toma el poder. Pese a su extrema ideologización, en el plenario del Frente Amplio hay más “compañeros de ruta” (popútchiks) que leninistas de ley, para quienes las mismas vacilaciones que explicarían la falta de decisión para terminar definitivamente con las estructuras capitalistas, son la que impiden que se ejerza un poder omnímodo que aniquile rápidamente toda insurrección antisocial.
La consecuencia de esta mezcla a mitad de camino, huérfana ya de vigencia y destino, es la disfunción de la democracia liberal y del capitalismo, administrados ambos por quienes sueñan con su imaginaria sustitución, sin decidirse nunca a llevarla a cabo. Lo que queda no es un mejor capitalismo. Por el contrario, es un capitalismo con impuestos que gravan el desarrollo económico y el afán de superación. Es un capitalismo que, en agonía permanente, lucha por subsistir en medio de una hegemonía cultural adversa, que prioriza la improductividad y la mediocridad y castiga la necesaria acumulación, la propiedad, las legítimas ambiciones de progreso, la jerarquía, el orden, el respeto, la excelencia. Lejos de ser de índole superior, la cultura hegemónica sobreviniente permite que gane terreno una verdadera “incultura” que propicia y subsidia la marginalidad y el ser eminentemente antisocial. No parece imposible superar este torpe tropezón cultural, a pesar de que una militancia obsecuente y machacona lleve décadas imponiéndolo. Ya no somos la Suiza de América, pero no puede estar tan fuera de nuestro alcance el milagro de volver a serlo.
Juan Pedro Arocena
CI 1.246.439-7