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    La épica del flash y los pequeños desencuentros

    LQQD, un homenaje agridulce a Eduardo Darnauchans

    Cosa complicada y gelatinosa el género homenaje-tributo-gala-ceremonia. Por más que se le busque la vuelta, siempre hay peros y objeciones. Desde el Oscar a los Florencio, nadie está a salvo. Un año después de los tributos a Eduardo Mateo (en el Sodre) y a Alfredo Zitarrosa (en el Estadio Centenario), el martes 2 las gestoras culturales Mariana Gerosa e Isabel de la Fuente plasmaron en el escenario del Solís la oportuna iniciativa de recordar al Darno, 10 años después de su muerte, ocurrida el 7 de marzo de 2007.

    En lo estrictamente musical, fue una noche para el mejor recuerdo del millar de darnófilos que agotaron la sala. El cuarteto instrumental estuvo a la altura del repertorio y del homenajeado. A ambos flancos de la impecable bajista Shyra Panzardo, los guitarristas Bernardo Aguerre y Carlos da Silveira fueron uno solo, como siempre, como en buena parte de la obra del Darno. El primero sosteniendo la escenografía acústica con sobriedad y solidez rítmica y armónica. El segundo siempre atento para hacer posible el diálogo y cuando llega el momento soltar sus inconfundibles y muy inspirados solos. Y Gustavo Etchenique demostró que si no es el mejor baterista en actividad en Uruguay, está cerca. Trata sus parches y platos con la sensibilidad de un pianista y logra de ellos los sonidos más amables. Un deleite verlo con Rossana Taddei encarnando el dúo Minimal Mambo para una soberbia versión de Sin perder el tiempo, luego de No existe y antes de Final, canción que cerró la noche.

    Taddei es una artista total que además de volcar su notable talento vocal, se entrega a la música como una bailarina para sobrevolar el escenario como un hada que todo lo transforma en música. Samantha Navarro sorprendió con Buenas noches, tema que abrió el concierto, y LQQD (Lo que queda demostrado), la que le dio nombre. En ambas, y especialmente en la segunda, impuso un enérgico, vigoroso y muy acertado temple rockero a la interpretación. Fernando Cabrera, quizá de los cantantes presentes el que más vida y obra compartió con el Darno, se despachó con cuatro joyitas de su repertorio: Épica —que en su homenaje Cabrera canta Mateo y Darnauchans (2015) contó que es una especie de prima hermana de Agua—, Mariposa, Miente (con su coautor, Eduardo Larbanois sacando maravillas de las seis cuerdas) y El instrumento, en una notable versión alternativa, especialmente por su tour de force rítmico. Tabaré Rivero conectó muy bien con la energía que pedía Blues de los pequeños desencuentros y se floreó con su bluseada Cecilia. Walter Bordoni fue atravesado como un rayo por la impronta del Darno y emocionó con la enorme autenticidad de sus versiones de Un transeúnte y Balada para una mujer flaca. Otro que recibió el calor del público fue Dino, con sus honestas lecturas de la amarga Madrugada filipina y Cápsulas, una canción tan angustiante como inmensa. Flash, una de las más bellas canciones ya no solo del Darno, sino de la música uruguaya entera, reverberó con la luz que merece en la gola tanguera de su compinche Eduardo Rivero, otro de sus íntimos que lo engalanaron. Rubén Olivera detuvo el tiempo con su delicadísima sucesión de Canción 2 de San Gregorio, Nieblas y Neblinas, Canción del tiempo y el espacio y Canción de trasnoche. La suite estremeció y enmudeció al millar de presentes.

    La pantalla proyectó una muy disfrutable y bien editada selección de reportajes. No se puede decir lo mismo de la tertulia montada en un costado del escenario, en la que la periodista Mirtha Vila condujo una serie de charlas con poetas (Atilio Pérez da Cunha, “Macunaíma”, y Nacho Suárez), y amigos del Darno (Nelson Díaz y Gustavo Ibarra). Lamentablemente no se dijo nada digno de la ocasión, se explicaron demasiadas obviedades, se malnarraron antianécdotas dichas con pobre dicción, que se fueron deshilachando antes del remate, se recitaron poemas dedicados a terceros, que poco que ver tenían con la ocasión, y se cometieron furcios varios como una confusión de nombre de pila —Néstor en vez de Nelson— que evidenció negligencia en la preparación de la mesa, que además se llevó una cuarta parte de las tres horas que duró la velada. Afortunadamente, la vibrante y emotiva carta escrita para la ocasión por Washington Benavides y leída con devoción por su hijo Pablo, puso las cosas en su lugar.

    Este tipo de homenajes necesita de una puesta en escena con un criterio teatral y de una edición en las intervenciones orales que permitan descartar lo superfluo y concentrar la energía en lo artístico, en este caso la música y la palabra. Es necesario quitar todo lo que está en el medio para que la canción y la poesía brillen con su luz. Quedó demostrado.