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    La esencial ética del comportamiento

    N° 1831 - 03 al 09 de Setiembre de 2015

    No eran obsecuentes. En el pasado, los docentes se plantaban frente al poder con la misma firmeza y buenos modales con los que dictaban sus clases. Con esas armas obtenían lo que querían, tanto para sus necesidades profesionales como para la escuela o el liceo. Alguien podrá decir que es parte de la prehistoria y que todo cambió. Tal vez. También la cordura y la moral de los dirigentes. Con el transcurso de los años se fue degradando la calidad de la educación y la ética del comportamiento se transformó en un vertedero.

    La declaración de servicios esenciales para la enseñanza, histórica en términos absolutos, pero además por ser de un gobierno de izquierda, desató frenéticas pasiones entre quienes consideraban una obligación que “su gobierno”, el de “su partido”, les admitiera cualquier desborde y que miles de alumnos quedaran sin clase, muchos sin comida, y padres y madres desamparados ante la ausencia de ese hogar complementario en horas de trabajo.

    ¿Derecho de huelga? Claro que sí. ¿Manifestaciones por mejores salarios y condiciones laborales? También. ¿Protestas contra la declaración de esencialidad? Comprensibles. ¿Cacerolazos? No parece tan natural. Lo deplorable, con esencialidad o sin ella, es el durísimo tono gestual y verbal insertado en las protestas. Como antes con el sindicato del INAU, volvió a quedar al desnudo la vulgaridad, la mala educación, la ordinariez y la violencia al margen de la ética del comportamiento, ahora de quienes más que otros deben demostrarla bajo cualquier circunstancia.

    Debido a su formación académica y a su lugar en la sociedad, junto a los padres, como formadores de las nuevas generaciones, tienen la obligación indiscutible de comportamientos éticos. Pero ese monstruo que anida en todos los seres humanos se impuso al razonamiento y a la sensatez y los despojó de dignidad personal y profesional. ¿Qué podemos esperar de ellos en el aula?

    Fue elocuente Juan Pedro Mir, director de Educación, cuando señaló que si bien los reclamos y los conflictos no son nuevos, en esta ocasión la conflictividad resultó “exacerbada”.

    “¡Nos cagaste, Tabaré!”, “Gobierno progresista, decreto pachequista”, “¡Dictadores, dictadores!”, “¡Hijos de puta!” o “¡Nos garcharon!”, fueron algunas expresiones —aunque hubo más duras y ordinarias, en particular contra la ministra de Educación, María Julia Muñoz— para rechazar la esencialidad y repudiar al gobierno. El jueves 27 pasaron a los hechos: durante la multitudinaria marcha por el Centro, varios cobardes con el rostro cubierto tiraron botellas y prendieron fuego carteles. No eran barras bravas, pero se comportaron como tales.

    En Florida, durante los actos patrios, Vázquez intentó dialogar directamente, pero su buena intención fue tapada con insultos de los energúmenos. También le lanzaron reproches políticos basados en que la esencialidad es “contra quienes te votamos”. Lo que hizo el presidente fue en defensa del derecho de los alumnos y de los ciudadanos. Por el contrario, ese reproche es pariente de sangre del fascismo. Algo parecido le ocurrió al vicepresidente Raúl Sendic cuando pretendió hablar con los manifestantes a la puertas del Palacio Legislativo.

    La ética del comportamiento se demuestra con el ejemplo. Esas expresiones y acciones, en cambio, son un mensaje para los alumnos —la amplia mayoría hijos de trabajadores que no pueden pagar institutos privados— de que se pueden obtener mejores resultados con insultos y violencia antes que mediante el diálogo o manifestaciones pacíficas.

    Con esos antecedentes, ¿cómo exigir un comportamiento adecuado de padres o alumnos que golpean a docentes porque no obtienen las notas que esperaban o fueron sancionados? ¿Es posible que con esas actitudes maestros y profesores tengan autoridad moral para convencer a sus alumnos sobre la importancia del diálogo y la no violencia? ¿Cómo cambiar por ese camino los hábitos agresivos de los alumnos de escuelas y liceos marginales? ¿Podemos esperar que padres y alumnos respeten la tarea de los docentes si tienen ese doble discurso sobre lo que es correcto e incorrecto?

    ¿Qué ha ocurrido en la sociedad uruguaya desde que los antiguos docentes demostraban con su ejemplo cuál debe ser la ética del comportamiento? Un derrumbe progresivo en todos los terrenos, especialmente en la educación formal y la calidad docente. Se han perdido valores esenciales. Hoy da lo mismo una puteada que el razonamiento; vale igual la opinión de efímeras estrellas de TV ufanas de no haber leído un libro, que los temas de fondo y los buenos modales; se prefiere leer informes sobre cómo extender un orgasmo o chismear en Twitter que estudiar los planes de la educación; se desprecian la ley, el orden y las instituciones, y el principio de autoridad cayó a un barranco.

    Hace poco el cardenal Daniel Sturla formuló una advertencia y llamó a la reflexión: “Lo que importa es salvar a los chicos, porque si no caen en lo que ya sabemos: la deserción escolar y liceal. Y eso trae aparejada la droga, la esquina y la cerveza”. No lo dijo, pero también son presa fácil del delito y de la convicción de que con violencia todo se consigue.

    Claro que importa salvarlos, pero de repente es tarde.