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    La fiscalía de los hermanos Marx

    Sr. Director:

    Si alguna vez Raúl Ronzoni ha acertado en tino y precisión (en realidad, lo hace muy a menudo) ha sido en su columna del 15 de junio pasado: La fiscalía de los hermanos Marx. Una perfecta descripción del lamentable estado en que se halla eso que denominamos Fiscalía General de la Nación.

    El hecho es real y la descripción que hace Ronzoni es tan dura y filosa como irrefutable. No funciona bien y es un auténtico caos. Sin perjuicio de que haya actuaciones aisladas de buena calidad.

    Ante semejante constatación, la única actitud razonable es intentar hallar las causas o los motivos de tan deplorable situación, que contrasta fuertemente con la del Poder Judicial. Que tiene sus deficiencias, ya lo sabemos. Que no provienen de la institución, sino que son exógenas: las carencias presupuestales y el descenso de nivel de los estudios universitarios. Pero que puede exhibir niveles de calidad y dignidad de importancia. Con una tradición más que honrosa y merecedora de elogios y agradecimiento de toda la sociedad uruguaya.

    Está integrado por hombres y mujeres que en nada se diferencian de quienes integran la Fiscalía. Son los mismos ciudadanos uruguayos, son los mismos egresados universitarios. Generalmente, de muy buen nivel académico. Siendo así, ¿cuál puede ser el motivo de la diferencia de resultados en los funcionamientos de ambas instituciones?

    Yo creo entender lo que ha sucedido, que lo vi venir cuando asistimos a la importación de un sistema que ha funcionado muy bien en otros países, pero que, me lo imaginaba, no lo haría en el nuestro. Y como no puedo superar la precisión y la elegancia del texto que me enseñó el fundamento de aquel presentimiento, creo que debo cederle la palabra.

    Se habla de una institución como si su realidad consistiese solo en su funcionamiento definido por la ley. O, dicho de otra forma, como si en el funcionamiento real de una institución interviniese solamente lo que la ley dice sobre ella. Y, por lo pronto, sucede que una institución funciona encajada entre las otras, limitada y sustentada por ellas. Pero, además —y esto es lo que empieza a ser interesante—, cada institución y su conjunto o Estado funciona, a su vez, en combinación indisoluble con el resto de las actividades sociales distintas del Estado. Distintas, pero no separadas ni separables. La vida colectiva es un sistema de funciones, cada una de las cuales se apoya en las demás y las supone. Esto equivale a decir que una institución no empieza ni termina realmente en su propio perfil jurídico, sino que empieza y termina, se apoya, regula y nutre en otras fuerzas sociales.

    La fórmula de Horacio, Leges sine moribus vanae (las leyes son nulas sin las costumbres), es uno de los grandes principios sociológicos. Solo aguarda ser liberada de la vaguedad con que hasta ahora se la ha entendido, mediante una teoría sobre los complementos extralegales que cada ley necesita.

    Así palpamos la condición de intransferible aneja a toda auténtica institución. Al querer tomarla de donde ha surgido para injertarla en nuestro país, ¿por dónde la cortamos? ¿Dónde empieza y dónde acaba esa realidad que el lenguaje, con su mágico poder de esculpir fantasmas, nos presenta enteriza y aislada bajo el nombre suelto de “tribunado” o “Parlamento” o “libertad de prensa”? (O de Fiscalía General, agrego yo). Ninguna de estas cosas termina en una línea precisable, sino que su realidad se prolonga en toda la vida colectiva donde se originó y de donde recibe sus inexcusables complementos, su vigor y su correctivo. Quien quiera trasplantar una institución de un pueblo a otro tendrá que traerse con ella a la rastra aquel pueblo entero y verdadero.

    Poco puedo agregar a las palabras del maestro José Ortega y Gasset (de Historia como sistema y del imperio romano). Solo quiero recordar que similares sabias enseñanzas, poco atendidas en la actualidad, nos brindaba Von Hayek cuando nos hablaba de la fatal arrogancia y del racionalismo constructivista y acotar que las instituciones suelen ser como plantas de invernadero Oo como la flora de nuestras quebradas del norte: crecen y se desarrollan muy bien en su ambiente original, no siempre logran hacerlo, ni con la misma vitalidad, cuando son objeto de un trasplante.

    Seguramente, el generalísimo Francisco Franco no conocía demasiado de esas lecturas. Pero su natural sensatez y astucia lo conducían por el mismo sendero. Cuentan que cierta vez alguno de sus adulones le sugirió que debía dejarse de dar vueltas con los aspirantes a la Corona, don Juan y don Juan Carlos, y asumir él mismo como rey. La respuesta fue sabia: “Esas cosas llevan tiempo…”.

    Enrique Sayagués Areco